Es curioso como mientras en los meses de verano la gran mayoría de los aficionados al fútbol disfrutan de su periodo vacacional, los equipos inician el –posiblemente- periodo más duro de trabajo de cada temporada. Lo cual, permítanme la licencia y cierto tono de demagogia, no deja de tener hasta cierto punto de justicia poética: Los privilegiados del balompié sometidos a dobles y hasta triples sesiones de trabajo mientras que el aficionado medio, con una pizca de suerte, apura su caña o refresco tumbado en una hamaca. Los pajaritos disparando a las escopetas, que dijo en su día Valdano.

El periodo de pretemporada trae implícitas consigo una serie de características que nos llevan a la pregunta que inicia este texto. Desde el punto de vista psicológico, es un periodo particularmente rico en matices, y particularmente complejo de gestionar para cualquier entrenador junto a su cuerpo técnico. Hablamos de un periodo de ajustes a todos los niveles (técnico-táctico, físico, psicológico) en el que realmente parece que cada uno de los agentes implicados en el devenir de un equipo viven su propia realidad. Los dirigentes tratan de generar (o regenerar) la ilusión, los jugadores  y técnicos recién incorporados a la disciplina de un equipo (independientemente de su categoría u objetivos) tratan de adaptarse a su nueva realidad no solo dentro del campo sino a su nueva vida (por ejemplo, llegar a una nueva ciudad implica un necesario periodo de adaptación). Desde el punto de vista de los entrenadores, las cuestiones a analizar se disparan. El noventa y nueve por ciento de los misters del mundo dirán que enfatizan en la construcción del modelo de juego pero ¿tengo en cuenta en mi planificación qué resultados se van produciendo? ¿Debo preocuparme por repartir minutos entre todos los miembros de la plantilla o buscar con más ahínco un once que me da garantías de cara al primer partido de competición oficial?  Las cuestiones tienden a infinito, pero todas ellas tienen en común un elemento. La interpretación que se haga de sus respuestas influirá psicológicamente en el devenir del propio proceso de preparación. En unos casos, podrían llevar a un exceso de estrés que influya negativamente en el rendimiento. En otros, excesos de confianza en base a resultados en partidos de preparación, o incluso el fenómeno conocido como “falsa confianza” definido por Chema Buceta. Pensemos por ejemplo en la pretemporada que está firmando el Real Madrid (digámoslo también, algo opacada mediáticamente por todo el ruido que han traído consigo otros asuntos como el fichaje de Neymar o la declaración ante el juez de Cristiano Ronaldo). Esta misma noche, los merengues se juegan su primer título de la temporada frente al Manchester United, y los antecedentes inmediatos son los que son. ¿Puede ser un síntoma de “mala pretemporada” que el Madrid no haya conseguido doblegar en tiempo reglamentario a ninguno de sus cuatro rivales o es parte de su curva de rendimiento? ¿Eran esas victorias el objetivo más importante en esos partidos? ¿Podría significar todo ello un teaser respecto a cuál será su rendimiento este año? ¿Cuál es el baremo para medir que una pretemporada ha sido positiva o negativa?

 

Desde el punto de vista psicológico, la pretemporada es un periodo rico en matices, y particularmente complejo de gestionar para cualquier entrenador

 

El resultado de esta noche seguramente influirá en la percepción de ese proceso, así como el que se produzca tras la disputa de la Supercopa de España, pero posiblemente las respuestas más fiables a todas esas preguntas llegarán cuando empiecen a acumularse los primeros resultados de la temporada, las clasificaciones, los goles o las polémicas. Eso sí, lo más probable es que a esas alturas estaremos ocupados debatiendo sobre todo ello como para acordarnos de la pretemporada.

De hecho, casi no nos acordaremos de aquella caña o aquel refresco tumbados en una hamaca.