El ‘Euro Celta’ de los Mostovoi, Catanha, Gustavo López y compañía había pasado hacía tiempo a mejor vida. El club vivía en horas bajas y el fantasma de la Segunda División B merodeaba por el césped de Balaídos en la 08-09. En la jornada 40 del campeonato, Celta y Alavés se medían en plena lucha por no descender. Los nervios, la presión y la incertidumbre eran evidentes. Un gol del rival te dejaba más fuera que dentro y solo un milagro podría revertir la situación en las dos últimas fechas. En esas estaban gallegos y vascos cuando a falta de diez minutos para que el árbitro señalara el camino de las duchas el marcador aún no se había movido.

Mientras el celeste se iba destiñendo para convertirse en el más feo de los grises, apareció esa luz al final del túnel que dicen ver los que ya se perciben más cerca del otro mundo. Esa luz vino desde el pueblo de Moaña en forma de un chaval de 21 años que solo había vestido una vez anteriormente la camiseta del primer equipo. Media hora sobre el césped le fue suficiente para meter dos goles, uno para abrir la lata en el 80 y el otro para dejarle claro al Alavés quien debía quedarse en Segunda poniendo el 2-1 en el 89, solo un minuto después de ver cómo los albiazules igualaban el encuentro. Tras el pitido final había nacido una estrella en Balaídos. Salió a hombros, como solo lo hacen los toreros en sus mejores tardes sobre el ruedo, y así se inició una historia de amor entre afición y jugador. Ni su Erasmus en la ciudad de los Beatles, ni su Séneca en Sevilla pudieron despedazar ese romance pese a darse un tiempo para reencontrarse más adelante en el camino.

En el verano de 2013 Iago Aspas hizo las maletas para probar nuevas aventuras lejos de la tierra que le había visto crecer y madurar futbolísticamente. Pese a pintar como un paso de gigante en su evolución como jugador, aquella decisión se convirtió en un duro bache. Un año en Anfield Road fue suficiente para dar por concluida su etapa en el Liverpool con un pobre bagaje de cero goles en 14 encuentros disputados en la Premier League. La vía de escape para huir de Inglaterra fue una cesión al Sevilla, aunque tampoco resultó un movimiento positivo porque semana tras semana veía como Carlos Bacca y Kevin Gameiro le pasaban siempre por delante como primera opción para Unai Emery en la punta del ataque sevillista.

Llegó un nuevo verano, el de 2015, y Iago Aspas, ese chico que se había echado a las espaldas al Celta de Vigo para devolverlo y mantenerlo en Primera División, veía como su fútbol se iba devaluando paulatinamente sin encontrar su sitio adecuado. Se fue de Vigo a Liverpool para saltar a un grande. No hubo éxito. Quizá la mejor opción sería jugar en uno de los importantes del fútbol español, el fútbol que él conocía. Pero Sevilla tampoco fue su lugar. Entonces, la puerta de Balaídos volvió a abrirse de par en par para un Aspas que, seguramente, entendió que aunque volver a casa después de haberse independizado pueda parecer un paso atrás, hay ocasiones en las que significa recular para seguir avanzando. Y pronto descubriría que ese iba a ser exactamente su caso.

El día que se hizo oficial la vuelta de Iago Aspas a la que siempre fue su casa, el Celta de Vigo anunció su fichaje rememorando el primer momento glorioso que el delantero celeste brindó a su afición para evitar lo que hubiera podido ser un trágico descenso a Segunda B: “Seis años y seis días después de aquella mágica irrupción en el Celta, de aquel inolvidable debut con dos goles al Alavés que sellaron la permanencia, el canterano vuelve a su hogar”. Su hogar le acogía de nuevo con la esperanza de que su prometedora estrella volviera a regalar espectáculo en Balaídos.

Su fútbol de barrio es de los que no engañan a nadie, un libro abierto sobre el césped. Corre, ataca, defiende, la busca, la pide, incluso la exige

En su vuelta a la que nunca dejó de ser su casa, Iago Aspas no solo se reencontró con su gente, ni incluso con su mejor versión en el campo, porque el Aspas de estos dos últimos años y medio es, sin duda, muy superior a lo que ya se había visto en Balaídos antes de su marcha. Da igual si con Nolito y Orellana flanqueándole, si toca compartir punta con Maxi Gómez o si debe jugar a pierna cambiada con Pione Sisto en la otra línea de cal atosigando al lateral. El delantero y buque insignia del Celta de Vigo es una amenaza constante allá por donde se mueva. Y así lo atestiguan los técnicos que han podido disfrutar de su fútbol desde su vuelta a Balaídos. “Es muy versátil. Cuando inicia la jugada, la continúa más rápido que cuando venía. Entre nuestra defensa tenemos que estar muy pendientes de la situación”, explicaba Eduardo Berizzo en la previa de un encuentro del Sevilla ante sus expupilos. Tras la marcha del ‘Toto’ al Sánchez Pizjuán, y desde sus primeros días en el banquillo de Balaídos, Juan Carlos Unzué también tenía claro que contar con el ’10’ celeste en sus filas le podía proporcionar muchas variables en el ataque. “Lo veo jugando dentro y fuera, dependiendo de lo que entendamos que es mejor para cada partido”, explicaba el entrenador navarro durante su primera pretemporada a los mandos del Celta de Vigo.

Iago Aspas entiende el juego con la libertad para buscar el momento exacto para aparecer por un costado o por otro. A él le da igual si partir arrinconado en la banda diestra o hacerlo desde el centro. Coge el balón y se dedica a desarbolar medias, defensas o un ejército de artillería entero si se lo propusiera. Como si se viera por las calles de Moaña, su fútbol de barrio es de los que no engañan a nadie, un libro abierto sobre el césped. Corre, ataca, defiende, la busca, la pide, incluso la exige, porque es de esos que no se achantan cuando toca dar un paso al frente, de los que se dejan el alma en cada acción a lo largo de los 90 minutos.

Con él, y gracias a él, volvió el ‘Euro Celta’ de inicios de siglo. Se quedó a las puertas de la primera final europea de la historia del club tras quedar apeado de la Europa League en unas semifinales donde el juego lo puso el Celta y el United la experiencia. “Hemos sido mejores que ellos y no ha podido ser. Hemos atrincherado en su casa al Manchester United, que ha estado pegando balones arriba con jugadores de 40, 50 o 120 millones. Les hemos quitado el balón un grupo de amigos y chavales jóvenes que se han dejado todo para llegar hasta aquí. Pero estoy seguro de que volveremos. Yo voy a luchar para intentar volver. Hace poco estábamos en Segunda”. Si en su día pensó que Liverpool o Sevilla podían darle algo más de lo vivido en Vigo, esa amarga -al fin y al cabo- noche en Old Trafford se demostró que estaba estaba equivocado. A Iago Aspas nada le sienta mejor que el celeste que se viste a orillas de las Rías Baixas y en ningún lugar podría estar mejor que en Balaídos. Su fútbol solo se entiende con la camiseta del Celta.