“Somos campeones del mundo, no nos interesa el fútbol de toque”. Así, sin más. Con esta contundencia, el entrenador Marcelo Lippi despachó las críticas recibidas por haber utilizado un sistema de juego muy defensivo en el Mundial que la selección italiana ganó en el año 2006. Entonces muchos levantaron su voz, heridos e indignados por haber escuchado unas palabras que despreciaban el fútbol de ataque, el fútbol vistoso y alegre. No obstante, como sucede en todos los grandes debates de la vida, hubo otro gran grupo que se posicionó a favor del técnico transalpino. De haber estado vivo todavía, también lo hubiera hecho Helenio Herrera, un tipo que llegó a asegurar que en el fútbol no hay magia, hay pasión y lucha”.

Nacido en 1910 en Buenos Aires, El Mago emigró hacia Marruecos junto a su familia, de raíces sevillanas, cuando tan solo tenía nueve años. Allí, siendo todavía un niño, vivió un episodio que le ayudó a forjar su carácter trabajador e incansable: contrajo difteria y estuvo muy cerca de la muerte, pero con su lucha y con sus ganas de vivir logró superar la enfermedad.

Unos años después, HH consiguió convertirse en un defensa de cierto renombre que hizo carrera en el fútbol francés. No fue nunca un gran futbolista, pero en 1942 saboreó la gloria al levantar la Copa con el Red Star, un equipo humilde del norte de París. Herrera acabó sus días como futbolista en el Puteaux, donde en la temporada 44-45 ejerció como jugador-entrenador.

Aquello fue el preludio de lo que estaba por venir: una etapa de incontables éxitos como técnico. Más tarde, Herrera pasó por el Stade Français, por el equipo técnico de la selección francesa, por el Real Valladolid y por el Atlético de Madrid. En los cuatro años que dirigió al conjunto colchonero, El Mago consiguió sus primeros títulos como entrenador -dos Ligas seguidas, las de los cursos 49-50 y 50-51- y dejó un recuerdo imborrable entre sus futbolistas.

“Antes de los partidos fuera de casa saltaba primero al campo para que le chillasen a él”

“Fue un monstruo: nos daba palizas entrenando hasta tres horas diarias, pero el domingo nos comíamos a quien hiciera falta”, rememoraba unos años más tarde Alfonso Aparicio, un mítico zaguero de aquel equipo que dominó el fútbol español de finales de los años 40. En la misma línea, el delantero Adrián Escudero, autor de 167 goles con la elástica rojiblanca, destacaba: También era un psicólogo: antes de los partidos fuera de casa saltaba primero al campo para que le chillasen a él, así para cuando entrábamos nosotros el público ya estaba cansado”.

Y es que, sin duda, Herrera fue un entrenador extremadamente peculiar y extravagante. Suyas son frases tan célebres como nunca he conocido el fracaso”; ganaremos sin bajar del autocar”; no me considero ni argentino ni francés, me considero mundial”; o “una vez un periodista me preguntó por qué dirijo solo a equipos grandes, pues porque los chicos no pueden pagarme”. Pim, pam. Como dijo hace unos años el alemán Oliver Kahn, “aquí lo único que importa son las victorias y el dinero”. Y así nos va.

Después de entrenar al Club Deportivo Málaga, al Deportivo de la Coruña, al Sevilla y al Os Belenenses portugués, HH aterrizó en el Camp Nou en 1958. Al mando de grandes estrellas de la época como Ladislao Kubala -con quien mantenía una relación no muy buena: “Yo nunca he tenido diferencias con ningún jugador, incluidos Di Stéfano y Kubala. Claro, siempre y cuando hagan lo que yo digo”-, Zoltán Czibor, Sándor Kocsis o Luis Suárez, el técnico guio al conjunto culé a la consecución de dos Ligas, una Copa y una Copa de Ferias.

La relación entre El Mago y el Barcelona se rompió el 1 de mayo de 1960, justo después de las semifinales de la Copa de Europa entre el Real Madrid y el conjunto catalán. Herrera, provocador como de costumbre, había avanzado que sería su equipo el que alcanzaría la final continental, pero finalmente los madrileños se acabaron imponiendo por 3-1 y 1-3. Aquellas dos duras derrotas irritaron a una gran parte de la afición culé y precipitaron la salida de un Herrera que por aquel entonces ya tenía un precontrato firmado con el Inter de Milán.

“Para construir un equipo necesitaba un gran centrocampista, y Suárez era el mejor de todos”

HH llegó a Milán en 1960 para hacerse cargo del conjunto ‘nerazzurro’. Pero en el Giuseppe Meazza, el entrenador se sentía incompleto. “Para construir un equipo necesitaba un gran centrocampista, y Suárez era el mejor de todos”, reconoció unos años más tarde el propio Herrera, que acabó convenciendo al presidente del Inter, Angelo Moratti, para que incorporara al que, hasta el momento, es el único español que ha conseguido ganar el Balón de Oro.

Según cuenta el periodista Alfredo Relaño en 366 historias del fútbol mundial que deberías saber, la operación no fue nada fácil, porque los italianos tuvieron que abonar 25 millones de pesetas de la época –“una oferta realmente escandalosa”, “una cifra sin precedentes”-, pero finalmente Moratti le regaló a El Mago lo que necesitaba para completar su obra maestra: “Un interior cerebral, con una rara precisión para el pase largo, que ejecutaba de una forma muy personal, y bastante capacidad de gol. Uno de los fenómenos de la época”.

Y es que, efectivamente, Luis Suárez era la pieza que le faltaba al entrenador para terminar de ensamblar un puzle en el que ya había grandes figuras del fútbol italiano de la época como Giacinto Facchetti, Angelo Domenghini, Tarcisio Burginch, Aristide Guarneri, Mario Corso, Sandro Mazzola y Armando Picchi, el legendario capitán de aquel equipo ‘nerazzurro’. Junto a ellos, también destacaban el brasileño Jair da Costa y Joaquín Peiró, un delantero madrileño por el que el Torino pagó 15 millones de pesetas antes de traspasarlo al Inter.

A todo este arsenal futbolístico, HH le añadió su particular idea de juego. Con el convencimiento de quien sabe que “lo peor es fallar con ideas ajenas”, el técnico se inspiró en el sistema ultradefensivo que Karl Rappan utilizaba a finales de los años 30 con la selección de Suiza e implantó el catenaccio. Con todo, El Mago se sacó del sombrero un Inter compacto, efectivo y resolutivo, que se construía de atrás hacia adelante y que se basaba en un sistema defensivo prácticamente impenetrable y en la disciplina, la exigencia y el sacrificio. “Quien no lo ha dado todo, no ha dado nada”, repetía Herrera, aquel entrenador que creía en el trabajo por encima de todo lo demás: “No sé si soy el mejor del mundo, pero sé que hago todo para serlo”.

Con el catenaccio y el esfuerzo innegociable como grandes puntos de partida, Herrera se convirtió en el entrenador más exitoso de la historia del Inter. En total, conquistó tres scudettos, una Copa… y dos Copas de Europa y dos Intercontinentales en tan solo dos años.

Después del abrumador dominio de la Península Ibérica en los primeros años de la Copa de Europa -cinco campeonatos para el Real Madrid y dos para el Benfica-, Italia se fue abriendo paso en el continente. El primer equipo italiano en triunfar fue el Milan de Nereo Rocco, que en la final de 1963 se impuso a un Benfica que probó por vez primera las consecuencias de la maldición lanzada por Béla Guttman, un técnico austrohúngaro que condujo a los lisboetas a los títulos de 1961 y 1962 y que después fue incomprensiblemente despedido.

Envidiosos de sus conciudadanos, los futbolistas del Inter levantaron las dos siguientes Copas de Europa. Primero, frente al Real Madrid de Alfredo Di Stéfano en el Prater de Viena; después, frente al Benfica de Eusébio en San Siro. El conjunto ‘nerazzurro’ estuvo cerca de volver a ganar el título en los dos años siguientes, pero en 1966 fue eliminado por el conjunto merengue en semifinales y en 1967 sucumbió en la final ante el Celtic de Glasgow, en lo que fue la poética destrucción del catenaccio, según relató Santiago Segurola en el #Panenka43.

Con la marcha de HH, el Inter se vio abocado a una especie de desierto deportivo

Ciertamente, tras aquella dura derrota, Il Grande Inter, aquel equipo prácticamente imbatible que había conseguido construir Helenio Herrera, entró en decadencia y el entrenador dejó la entidad al término de la temporada siguiente. Con su marcha, el club se vio abocado a una especie de desierto deportivo del que no salió definitivamente hasta el curso 09-10, cuando José Mourinho, el técnico moderno más parecido a HH, llevó al equipo a la consecución de un histórico triplete: Champions League, Serie A y Copa italiana.

De hecho, a pesar de que después de la final del Mundial’70 que Italia perdió contra la canarinha de Pelé por un inapelable 4-1 afirmó que “el catenaccio no tiene ninguna posibilidad de subsistir”, los planteamientos y los conceptos de Herrera, que más tarde pasó por la Roma y el Rimini y volvió a entrenar al Inter y al Barcelona, aún siguen vigentes en el fútbol actual.

Éste es precisamente el gran mérito de El Mago: continuar estando presente en el mundo del balompié. Y es que los genios se van, pero su legado persiste. Como también lo hace el de Johan Cruyff, el holandés que le birló al Inter la Copa de Europa de 1972 y que insistía en que “los italianos no te pueden ganar, pero tú puedes perder contra ellos”.

No es fácil contradecir al ‘14’, pero lo cierto es que, con Helenio Herrera en el banquillo del Giuseppe Meazza, el Inter se hizo un hueco entre los más grandes. Acostumbrado a ser como un pez a contracorriente, El Mago dedicó su vida a aquello que más le gustaba: el fútbol. Y cuando el día 9 de noviembre de 1997 cerró sus ojos para siempre lo hizo tranquilo, consciente de que el sacrificio había valido la pena y de que ya formaba parte de la historia de este deporte.