Corría el minuto 94 de partido. Empate a uno en el electrónico y una pena máxima a favor de Egipto. Si entraba, la selección volvía a jugar un Mundial 28 años después de hacerlo en Italia’90. Toda la responsabilidad recaía sobre la estrella nacional, Mohamed Salah. La felicidad de los casi 100 millones de egipcios, a once metros de distancia. Enfrente, el congoleño Barel Muoko podía arruinar la ilusión de todo un país y darle una última oportunidad a Uganda para superar a Egipto en el camino hacia tierras rusas. Antes de la carrera, mirada a un estadio expectante. Uno, dos, tres, y hasta seis pasos con los ojos centrados únicamente en el balón. Un golpeo fuerte y seco a la izquierda del arquero, y un billete en dirección al tercer Mundial de su historia. En el otro extremo del césped, en la soledad que acompaña al hombre que viste de manera diferente, se vieron las lágrimas inundando la cara del guardián de la portería egipcia. 155 partidos internacionales después llegó la gran oportunidad de su carrera. 22 años de espera desde aquel lejano 25 de marzo de 1996, el día de su debut con la selección nacional ante Corea del Sur.

A Essam El-Hadary le pilló demasiado temprano el último Mundial que disputó Egipto, apenas tenía 17 años y aún no había escalado hasta el fútbol profesional, aunque probablemente sea el único de los componentes de la actual selección que recuerda lo que sucedió aquel verano en Italia. Dos empates ante Holanda e Irlanda y una derrota contra Inglaterra les eliminaron prematuramente de aquella Copa del Mundo. 56 años antes, también en tierras transalpinas, Egipto estaba entre los participantes del segundo Mundial de la historia y su curso por el campeonato tampoco fue longevo tras caer contra Hungría en octavos de final.

El próximo verano, a Egipto le llega la tercera oportunidad de verse entre las afortunadas y el veterano guardameta contará ya con 45 ‘primaveras’ a sus espaldas en la cita mundialista. Todos los récords de longevidad quedarán destrozados por Essam El-Hadary si, finalmente y como se espera, forma parte de los 23 seleccionados de Héctor Cúper para viajar a Rusia. Atrás quedará la leyenda de Faryd Mondragón y su participación en el pasado Mundial de Brasil. Con 43 años José Pekerman le cedió los últimos minutos en el encuentro ante Japón para convertirle en el hombre más viejo en participar en una Copa del Mundo. El registro de Peter Shilton en Italia’90, siendo el futbolista más mayor en portar el brazalete de capitán en una cita mundialista, también se prepara para caer en el olvido. ¿La diferencia? Mondragón y Shilton ya sabían lo que era jugar una Copa del Mundo cuando establecieron esas marcas. El-Hadary, en cambio, está llamado a escribir su nombre en la historia de la mayor competición futbolística del planeta sin saber lo que se siente al representar a su propio país en un Mundial.

Desde que debutara profesionalmente en 1993 en el Damietta SC, el club de su ciudad natal, Essam El-Hadary se ha convertido en una referencia futbolística en su país. Con 23 años llegó a una de las porterías más exigentes del fútbol egipcio. En el Al Ahly vivió sus mejores años bajo palos y fue donde más títulos conquistó: ocho ligas, tres Champions League africanas y cuatro supercopas egipcias. Sumándose en ese mismo periodo dos Copas África con la selección nacional -2006 y 2008-. Casi nada. A partir de 2008 su carrera se convirtió en un vaivén de equipos, ciudades y países. Probó suerte en Europa en su paso por el Sion suizo. Regresó un año después con una Copa suiza bajo el brazo para vestir la camiseta del Ismaily y, más tarde, la del Zamalek. Entonces, le atrajo la idea de irse al Al Merreik de Sudán durante un curso. Después de su segunda breve aventura extranjera llegó al Al Ittihad. Se fue al Wadi Degla y finalmente, tras un corto regreso al Ismaily, fichó por el Al Taawon de Arabia Saudí, su actual equipo. Esta tercera experiencia lejos de su país podría significar el último viaje para cualquier futbolista, aunque tratándose del bueno de El-Hadary sería muy osado poner la mano en el fuego. Más aún cuando se prepara para debutar en un Mundial a su edad. La suya es la ilusión de un joven encarnada en el cuerpo de un cuarentón curtido en mil batallas sobre el verde.