“Hay cosas que no puedes controlar. Una persona decide su propio camino. Cuando crece, llega un momento que no puedes decirle lo que tiene que hacer. Sencillamente no puedes vivir la vida por él”. Alf Friday, transportista de una empresa de lavandería, y su mujer, Sheila, siempre sintieron que remaban a contracorriente con su hijo. Robin fue un espíritu libre incapaz de amoldarse a lo que los otros esperaban de él. Se casó con una mujer negra cuando tenía 16 años, algo impensable en la Inglaterra de los 70 que le tocó vivir. Nunca vistió como el resto de jugadores, aunque su aspecto recordaba al de George Best, con ese flequillo tan inglés y unas patillas hasta la barbilla. Friday vestía unas botas de cocodrilo, unos tejanos gastados y una camiseta de Deep Purple, aunque siempre fue muy de Janis Joplin. Dejó los estudios a los 15 años, la misma edad con la empezó a familiarizarse con el speed y el crack. En su entorno de clase trabajadora no había grandes pretensiones más allá de ver ganar a su equipo junto a una buena cerveza. Era un individualista temerario y siempre hacía lo que le venía en gana; pronto lo haría con el balón.

“Mamá, tuve un sueño, estaba en el césped de Wembley”, le soltó a su madre. Y se puso manos a la obra. Robin sufría asma pero el más rápido cuando jugaba con los suyos. Despertó el interés del Queens’s Park Rangers. Más tarde, como cadete, pasó por el Chelsea, pero no tardó en incorporarse al Hayes, un equipo de la cuarta inglesa. Sostiene su entorno que Robin escogió este equipo porque su pub favorito quedaba muy cerca. Para él no había diferencias, así que a menudo jugaba completamente borracho. El 6 de febrero de 1974 firmaba por el Reading. “Eres un auténtico bastardo fuera del campo. Ahora imagina como sería si fueras un buen chico”, le espetó el técnico Charlien Hurley el primer día. “Pero entonces quizás no sería el mismo jugador”, respondió Friday. Y quizás estaba en lo cierto, Robin era un futbolista descomunal con un espíritu superlativo: posicionalmente caótico pero con una visión de juego espléndida. Nunca se tuvo por uno más. “Dadme el balón y veré qué puedo hacer”, les decía a sus compañeros. “En el campo odio a todos los rivales. No me importan un carajo. La gente cree que soy un lunático, pero soy un ganador”. Robin era uno de esos jugadores que enredan partidos. Una vez celebró un gol haciendo el signo de la V, el insulto más grave para los ingleses. En otra, besó a un policía en la boca tras marcar. Pese a todo, era un tipo honesto que saltaba al campo sin espinilleras. Un ídolo para la afición, que lo tenía por un héroe de la clase trabajadora.

 

“Mire, entrenador -apostilló Friday-, tengo la mitad de su edad y he vivido dos veces su vida”

 

Hurley no perdía la esperanza de domar a ese futbolista que parecía haber nacido para ser estrella del pop. “Oye, Friday, si sigues con nosotros tres o cuatro años, jugarás con Inglaterra”, le soltó. “¿Cuántos años tiene usted”, contestó Friday. “Pues tengo muchos, muchos años. ¿Por qué?”, dijo un Hurley desconcertado. “¿Por qué? Mire, entrenador -apostilló Friday-, tengo la mitad de su edad y he vivido dos veces su vida”. El verano siguiente Robin no se presentó con el equipo porque estaba en una comuna hippie en Cornualles. Y tras su paso por el Reading fichó por el Cardiff City, donde fue escogido el mejor jugador de la historia de la entidad.

El 22 de diciembre de 1990 falleció con 38 años víctima de una sobredosis de heroína, tras meses rodeado de camellos, vagabundos y mujeres. Su entierro fue multitudinario, pero mucho más silencioso de lo que seguramente Friday hubiese deseado. “Era un chico muy solitario en el fondo de su corazón”, aseguró el periodista irlandés Eamon Dunphy.