*Foto: AP (vía Yahoo)

El 14 de mayo de 1995, en Anfield y ante el Liverpool, el Blackburn Rovers perdía un partido pero ganaba una leyenda. Gracias al empate de un impotente Manchester United en Upton Park, esa derrota se escribía en la memoria azul y blanca como el epílogo feliz de una temporada para la historia, como el inicio de la fiesta en una ciudad que hacía un alto en su depresión postindustrial para la salir a la calle, contenta de volver a estar en el mapa. Aquel recuerdo, ligado siempre a nombres y apellidos como Alan Shearer, Graeme Le Saux, Chris Sutton, Tim Sherwood o Tim Flowers, sin olvidar la mano del legendario Kenny Dalglish desde el banquillo, hace que hoy resulte mucho más doloroso aceptar el descenso de los Rovers a la League One. El único campeón de la historia de la Premier League que se ha descolgado de la élite. El primero que cae al tercer escalón del sistema profesional del fútbol inglés.

Hasta que apareció el Leicester en escena para obrar el milagro la temporada pasada, un éxito que se ha comparado al del Blackburn en 1995, el equipo de Ewood Park era el único equipo de perfil medio que integraba la lista de campeones de la Premier League (Manchester Utd, Manchester City, Arsenal, Chelsea y, desde el año pasado, Leicester). Así pues, tras aquel éxito mayúsculo, el río fue volviendo a su cauce, y aunque logró asentarse en la máxima categoría -a la que había accedido dos campañas antes de lograr el título, tras 26 años de ausencia-, no pudo eludir el descenso al final de la década de los 90. Fueron dos años en la entonces Division One que acabaron devolviéndolo a la Premier, donde se asentaría para adquirir definitivamente la personalidad que muchos aficionados inconscientemente aún le atribuyen: la de equipo peleón de media tabla.

Hasta que empezaron los problemas de verdad.

Fue en noviembre de 2010 cuando la compañía india de carne de aves de corral Venky’s compró el club por 43 millones de libras. Se terminaba la etapa iniciada por Jack Walker, el empresario local fallecido en 2000 que llevó al club de su ciudad al título, y empezaba una era llena de incertidumbre en la que la nueva propiedad no ha dejado de acumular errores en la toma de decisiones deportivas, fruto de la ignorancia y del desconocimiento tanto de las dinámicas del fútbol inglés como de los ritmos del propio equipo, que se encontraba en una situación aparentemente tranquila cuando fue destituido Sam Allardyce, el hombre que llevaba dos temporadas dando estabilidad al equipo en la élite. Esa primera decisión precipitada -Venky’s llevaba solo un mes al mando- inauguró una inestabilidad que casi ya nunca ha podido abandonar la entidad. A Allardyce lo sustituyó su segundo, el escocés Steve Kean, un entrenador sin experiencia como técnico principal y cuyo agente había contribuido a la compra del club por parte de la empresa india. Aunque acabó asegurando la permanencia en sus primeros meses a cargo del equipo, no podría cubrir el objetivo en la 2011-2012. Once años después, los Rovers caían a segunda, un lugar del que ya jamás volverían. Y todo ello, con la propiedad defendiendo al entrenador a capa y espada pese al clamor popular que pedía su cabeza -ese ha sido, precisamente, otro de los desajustes que la propiedad extranjera ha causado en el Blackburn: nunca ha habido buena sintonía ni comunicación con la masa social-. ¿Y cuándo dejaría Kean definitivamente el club? A contratiempo, en septiembre de 2012, con la temporada recién estrenada y planificada. Desde entonces, con la excepción de la etapa de Gary Bowyer, los fracasos en los banquillos se han ido sucediendo: Henning Berg solo duró 57 días y Michael Appleton, 67. La marcha hace unos meses de Owen Coyle, que fue sustituido por Tony Mowbray -séptimo entrenador en siete campañas, incapaz de mantener al equipo en la Championship- es la última muestra del fracaso constante en la planificación futbolística. Fracasos de los que también tienen la culpa sus desastrosos movimientos en el mercado de fichajes, un escenario en el que ha vendido a jugadores de talento (Jordan Rhodes, Tom Carney) a cambio de un dinero que no ha utilizado para renovar un vestuario que ahora amenaza con quedarse casi vacío.

La debacle futbolística de la era Venky’s también ha ido acompañada del caos económico. No solo han sido incapaces los gestores del Blackburn Rovers de sanear las deudas, sino que estas han aumentado, desde los 10-20 millones de libras cuando el club fue adquirido en 2010 hasta superar hoy la barrera de los 100 millones. Pero incluso con la amenaza latente de la suspensión de pagos en el horizonte, el peor síntoma de todos no está en los despachos. Tampoco en el césped. Es el estado de ánimo de la grada. Hoy parece que sus fieles, los mismos que en Anfield hace 22 años vivían la mejor tarde de sus vidas, están empezando definitivamente a perder la fe. El Blackburn Rovers ha sido el peor equipo de la temporada en la Championship en cuanto a asistencia proporcional a su estadio (39%), llegando a marcar récords negativos históricos, como el registro de menos de 10.000 espectadores en un encuentro ante el Brighton disputado en diciembre, su peor dato de asistencia liguera en casa desde 1991. El futuro que le depara a los Rovers, por lo tanto, además de ser económicamente y deportivamente incierto, estará marcado por la protesta creciente de una base de aficionados que se siente estafada, engañada y utilizada. Y que teme, además, quedar olvidada.