Destinado a una vida dentro de una fábrica de procesado de carne y salchichas, en un momento concreto de su vida, a Chris Waddle le asaltó la duda de cómo dar un giro copernicano a su rutinaria existencia. “Cuando estaba trabajando en la factoría, solía ver ‘Match Of The Day’. En aquella época, los Spurs estaban en boga, y tenían un equipo tremendamente excitante, donde jugaba mi jugador favorito, Glenn Hoddle”. Aquel programa inflamó las ansias de Waddle por mostrar al mundo la picaresca que años de partidos callejeros pueden desarrollar en un lugareño de Tyne and Wear.

Curtido en la cantera del Tow Law Town, los primeros intentos serios por hacerse profesional llegaron con el Coventry y el Sunderland, que no supieron atisbar el potencial de un mago del balón que parecía abocado a no poder demostrar sus aptitudes balompédicas. Al menos, hasta que el Newcastle United le echó el ojo y lo cazó.

Fue en comandita con otro joven talento como Peter Beardsley como las Urracas consiguieron el ascenso a la First Division en la temporada 1983/84. Aquel también fue el último año en el equipo de una leyenda viviente como Kevin Keegan, uno de los mentores de un Waddle que llamaba la atención por su desparpajo subiendo la banda derecha. De zancada de saltador de altura, enfatizada por su casi metro noventa, ofrecía un surtido de recursos técnicos nada habituales por esos lares.

De cambio de ritmo electrizante y una habilidad innata para conducir el balón cosido a la bota, su siguiente peaje le llevó al equipo de su ídolo, Glenn Hoddle. Aunque con quien formó una sociedad para el recuerdo fue al lado de Paul Gascoigne en la temporada 1988/89, la única en la que coincidieron. Entre ambos dieron vida a la dupla de centrocampistas británicos menos británicos que se recuerda de las Islas. Quizá la temporada del equipo no se puede contemplar como un éxito en resultados; sin embargo, resulta inolvidable el mosaico de galopadas desplegadas entre ambos bajo la retina del aficionado de los Spurs en aquel año; el último de Waddle con el equipo, y en el que volvió a dejar clara su innata facilidad para ver puerta, pero también sus duelos de bajos fondos con Kenny Sansom, durante varios años su mayor dolor de cabeza: Diría que el mejor defensor con el que me he enfrentado en Inglaterra fue probablemente Kenny Sansom, en el Arsenal. Nunca le gustó jugar contra gente que solo quería competir contra él, gente como Franz Carr. Prefería enfrentarse a jugadores con algo de habilidad, por lo que yo siempre le iba bien”.

En su llegada a la treintena, la vitrina de Waddle aún estaba vacía de títulos. Para un jugador de su ambición, corría el peligro de convertirse en otro de esos tantos talentos solistas, sin un equipo donde poder ganar copas. Y para enmendarlo, fue rumbo a Marsella, donde el empresario Bernard Tapie se anticipaba una década a la era de los jeques futboleros.

En sus tres años en Francia, el problema curricular fue resuelto con creces: ganó siempre la liga y formó parte del ‘trío mágico’, junto a Abedí Pelé y Jean Pierre Papin. Con el primero de ellos, Waddle estableció una entendimiento sobre el césped basado en arrancar de la derecha hacia el centro, como un abrecartas de hoja fina rajando la zaga rival, mientras Pelé siempre buscaba salir por su espalda como un ciclón al acecho. Nunca hubo una conexión anglo-africana de tal dimensión, y será difícil volverla a ver.

Especialmente brillante fue la temporada 1991/92, la misma en que Papin volvía a pasar por cuarta vez consecutiva de la veintena de goles. De hecho, con Waddle pegado al costado derecho, Papin cosechó 80 goles en los tres años que jugaron juntos. La telepatía desarrollada entre ambos quedó definida en un modelo de jugada: Waddle arrancando de repente, cual Alberto Tomba sorteando obstáculos en la nieve, al mismo tiempo que Papin buscaba el hueco al palo contrario, esperando el primer recorte hacia adentro del inglés, seguido ipso facto de su mortífero centro-volea.

En Francia, el carisma de Waddle caló hondo, hasta el punto de ser rebautizado como ‘Le Clown’. De personalidad bufonesca, toda su elegancia con el cuero quedaba soterrada bajo su típico arsenal de payasadas. Como cuando hacia el conejo con las manos, o intentaba hipnotizar a la cámara de televisión antes de sacar de banda. Más delirante era cuando eternizaba su clásica jugada esperando el primer movimiento del defensa antes de desbordar por su lado contrario. Pero para bromas, las del destino: un año después de que Papin y Waddle abandonaran Marsella, el equipo se hacía con la ansiada Copa de Europa.

El retorno de Waddle a las Islas vino definido por el jugador que se sabe cerca de su ocaso, pero aún le quedan tres o cuatro años de fútbol en las piernas. De aquella, su carrera estaba estigmatizada por dos fracasos que le persiguieron como una mala sombra. La primera, la final de la Copa de Europa perdida en la 1990/91 ante el Estrella Roja de Prosinecki, Savicevic y compañía.

La otra llaga en su memoria proviene del Mundial de Italia’90. En su reencuentro con Gascoigne, dentro de un centro del campo vigorizado por David Platt, Inglaterra estaba ofreciendo el juego más atractivo de todos. Una remozada Pérfida Albion que ocupaba la cancha al son de una melodía inagotable de paredes, cambios de ritmo y arranques sorpresa. Pero su futbol alegre y desenfadado se topó en semifinales con su archirrival, la Alemania de Matthäus. El trabajo de contención bávaro acabaría llevando a una escena final de ésas que definen trayectorias enteras: Waddle en la tanda de penaltis ante la obligación de seguir dando oxígeno al combinado inglés. El desenlace es tan sabido como la dureza del momento. Ante el desplome de Waddle, Matthäus acabaría yendo a consolar a su rival. Aquella estampa también simbolizó el fin de la última gran selección británica que se recuerda. Una en la que Waddle dejó rubricados algunos de los momentos por los que siempre será recordado como uno de los extremos más maravillosamente anómalos que han pisado un campo de futbol.