Corría el minuto 69 de partido en San Paolo cuando Leroy Sané avanzaba con el cuero atado a los pies y con la vista puesta en Pepe Reina. Apareció Elseid Hysaj para frenar el ataque citizen y ambos cayeron al suelo trastabillándose mutuamente. El balón quedó muerto en tierra de nadie y salió el de siempre al rescate para convertir la salvadora acción del lateral del Nápoles en una sentencia para los de Sarri. Sergio Agüero se plantó en el área rival y colocó el balón donde siempre lo hace para escribir su nombre en los anales de la historia del Manchester City. 178 veces ha gritado gol desde su llegada a Mánchester, más que nadie en los 123 años de vida del club.

Para encontrarnos con el primer hombre que fue capaz de anotar 177 goles como citizen antes de que llegase un bajito argentino para dejar esa marca en segundo plano debemos viajar siete décadas atrás. De ese tipo no hay vídeos, celebraciones ni anécdotas. Por aquel entonces el City no era uno de los todopoderosos de Inglaterra, los billetes no le salían de los bolsillos y con suerte levantaban algún título cuando el curso llegaba a su fin. Eran tiempos diferentes en casa de los citizens, pero Maine Road, del mismo modo que actualmente el Etihad Stadium tiene a Agüero, en los años 30 se rendía a los pies de otro héroe vestido de azul celeste. Ese futbolista se llamaba Eric Brook y nació un 27 de noviembre de 1907 en la pequeña ciudad de Mexborough, en el condado de Yorkshire.

Sufrió un accidente de tráfico que le causaría una fractura de cráneo por la que los médicos le aconsejaron no volver a rematar un balón con la cabeza

A diferencia de su sucesor en el trono, Eric Brook no era un delantero centro como el Kun. Él vivía cerca de la cal izquierda del ataque. Y desde ahí, con la finura, la elegancia y la delicadeza que le alababan los que le vieron jugar, se dedicaba a dibujar diagonales sobre el césped buscando la meta enemiga. No requería de una velocidad endiablada para acercarse al balcón del área, con su habilidad, un parsimonioso trote era más que suficiente para lograr su cometido e instalarse frente la portería rival. Tampoco necesariamente buscaba ser él quien finalizase la jugada, pues no tenía ese nervio y egoísmo característico del ariete. Si tocaba cederla a un compañero para que otro fuera el premiado no había ningún problema. Su estilo quedó grabado en la memoria de la afición del Manchester City, que le considera uno de los futbolistas más importantes que ha pasado por la entidad. Sus méritos quizá ahora se vean escasos, pero la situación del club durante su estancia poco o nada tenía que ver con la actual.

Brook inició su carrera en el Barsnley de la Second Division en 1925. Después de tres años, y mediante un traspaso de 6.000 libras, el futbolista de Mexborough cambiaba el Oakley Stadium por un Maine Road que volvería a ver a su equipo en la First Division tras un par de temporadas en la categoría de plata del fútbol inglés. Entonces, empezaron a llegar los éxitos a Mánchester. En 1934 los Sky Blues levantaron la segunda FA Cup de su historia. Y tres cursos después llegaría a las vitrinas mancunianas otro preciado trofeo: el de campeón de la liga inglesa -el primero para el Manchester City-.

Por esos triunfos, por sus 493 partidos en el club y por tantos goles que festejó, Eric Brook dejó una huella imborrable que podría haber sido aún más alargada de no haber tenido un accidente que le apartó prematuramente del fútbol profesional. A inicios de la 1939/40, en la que iba a ser su duodécima temporada en Maine Road, fue convocado para un partido con la selección inglesa -jugó 18 encuentros y anotó 10 tantos- en Leeds. Tras perder el tren que le iba a llevar a la ciudad, se subió al coche con su compañero Sam Barkas para hacer el viaje por carretera y sufrieron un accidente de tráfico que a Eric Brook le causaría una fractura de cráneo por la que los médicos le aconsejaron no volver a rematar un balón con la cabeza. De esta manera tan inesperada se acababa la historia de amor entre el Manchester City y el que ha sido su máximo goleador durante casi ocho décadas. Después de dejar el fútbol pasó por diferentes empleos, desde conductor de bus hasta propietario de un bar, y con 57 años se consumió su vida en su casa al sur de la ciudad de Mánchester.