“Quiero a ese jugador, cueste lo que cueste, ese argentino tiene que jugar en el Madrid”. Sí, esta frase salió de la boca de Santiago Bernabéu hace más de medio siglo cuando Alfredo di Stéfano aún regateaba por las Américas. Aunque, no tanto tiempo atrás, tampoco extrañaría imaginar a Florentino Pérez repetir una a una esas palabras -cambiando la nacionalidad, si es debido- para reunir al máximo número de estrellas en la nave blanca. Quizá, la mayor similitud entre los dos presidentes que mayor legado han dejado en el Real Madrid sea esa, la de mover tierra, mar y aire para conseguir sus diversos objetivos en el mercado para dotar al club de una plantilla envidiable a ojos del resto del planeta futbolístico.

En 1953, la historia del Real Madrid daría un cambio radical del que parecía que nunca volvería a salir. Tras un largo verano de discusión, confrontación y polémica entre los dos mejores clubes del país, Alfredo di Stéfano vestiría finalmente de blanco para iniciar la que fue la primera etapa gloriosa de la entidad en Europa. 47 años después, y de nuevo con el Barcelona como principal perjudicado, Florentino Pérez sorprendía ganando las elecciones del club y presentando a Luis Figo con el ’10’ a la espalda. Esos fueron los puntos de partida de uno y otro para iniciar sendas revoluciones en el fútbol.

A don Alfredo le acompañaron en los años posteriores algunos de los mejores futbolistas del mundo. Llegaron los cañonazos de Férenc Puskás, José Santamaría y su fuerza descomunal, la elegancia de Raymond Kopa y la alegría que destilaba el fútbol de Didí. Junto a ellos, y gracias a ellos, el Real Madrid pudo levantar año tras año las primeras cinco ediciones de la Copa de Europa. Medio siglo después, sin tanto éxito en el palmarés, Florentino Pérez reavivó aquel Madrid de leyenda agrupando en un mismo once al mencionado Figo con Ronaldo, Zinédine Zidane y David Beckham.

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El pasado lunes 23 de julio se presentaba en el palco del Santiago Bernabéu un ucraniano de 19 años trajeado de arriba abajo como si se tratase del día de su graduación escolar. “Voy a poder compartir mi pasión por el fútbol con los mejores jugadores, entrenadores y resto del staff, que me ayudarán a mejorar como jugador y como persona”. Estas eran las primeras palabras de Andriy Lunin como futbolista del Real Madrid. Desde la inexperiencia, el joven guardameta ucraniano asumía ya en su primer día como integrante de la plantilla su condición de fichaje con vistas a largo plazo. Visto el historial de negociaciones de Florentino Pérez a lo largo de sus 15 años como máximo mandatario blanco, podría tratarse de un rara avis, pero la historia ha cambiado.

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Después de abandonar su cargo a inicios de 2006, Florentino Pérez regresó al mandato del Real Madrid tras el convulso trienio de Ramón Calderón al frente de la entidad. En su segunda etapa, copió el mismo plan de ruta que había seguido en su primer ciclo en el Paseo de la Castellana; con más motivos si cabe, por el aplastante domino del Barcelona de Pep Guardiola. En los primeros meses se presentó por todo lo alto a Cristiano Ronaldo, Kaká y Karim Benzema. Y en los siguientes cursos fueron llegando otras estrellas como Gareth Bale, en 2013, o Toni Kroos y James Rodríguez, que deslumbraron en el Mundial de Brasil en 2014. Tras el dispendio que le costó sacar al colombiano del Stade Louis II, cerró el grifo de las macrooperaciones.

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Ni culebrones, ni cierres de mercado agónicos, ni enrevesadas negociaciones con vendedores que se atrincheran en banda esperando a que los billetes sigan cayendo. A Florentino Pérez ya no le ilusionan como antes estas historias veraniegas. “Vamos a apostar firmemente por el talento de los jóvenes que desean ser algún día los mejores del mundo. Por eso, el Real Madrid está fortaleciendo intensamente el proceso de búsqueda de estos jugadores jóvenes”, así de claro lo dejó el presidente del Real Madrid en la presentación de Vinicius. Por ello, quizá, es tiempo de fijarse en proyectos de futuro, chavales de poco renombre que quieran vestir de blanco para comerse el mundo. Como es el caso de Andriy Lunin, recién llegado a la ‘Casa Blanca’  procedente del Zorya Luhansk de su país, donde ya se había adjudicado la titularidad y le había valido para convertirse en un fijo de las convocatorias de Andriy Shevchenko con el combinado nacional de Ucrania.

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En un mercado de fichajes cada vez más irracional y alocado, precisamente uno de los primeros mandamases que pusieron en marcha esta conducta, ha sabido frenar la locura a tiempo. “Sabemos muy bien que el escenario del fútbol internacional se ha transformado de una manera vertiginosa y debemos adaptarnos y afrontar esta nueva realidad”, explicó también en la presentación de Vinicius. Se acabaron las operaciones de cientos de millones de euros y la competencia en un negocio en el que jeques, multimillonarios e, incluso, Estados se han asentado a base de carterazos y derroche de dinero.

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Pese al cambio en la política de fichajes que se ha visto en los últimos tiempos por el Santiago Bernabéu, el futuro de Andriy Lunin en el club todavía no está definido. Con el ucraniano podría suceder un caso parecido al que se dio con los fichajes de Marco Asensio o Jesús Vallejo, que previo paso a asentarse en la primera plantilla del Real Madrid tuvieron que esperar un año cedidos -en el Espanyol y Zaragoza, respectivamente- para entrar en los planes de Zinédine Zidane. En ese sentido, y viendo la sobrepoblación de guardametas que hay actualmente en las filas del Real Madrid, sumándose al interés por Thibaut Courtois -ya saben, la cabra (casi) siempre tira al monte-, la solución podría pasar por una cesión o por coger minutos de rodaje en el Castilla. Y es que el caso de Andriy Lunin es el paradigma de lo que le está ocurriendo al Real Madrid cuando se acerca el mercado de fichajes: fichar jóvenes promesas, fichar chicos con hambre de títulos y fichar al menor precio posible.