Recordaba Segurola en su último artículo, publicado este domingo pasado en La Vanguardia, que los porteros del Barça acostumbran a ser “personajes sufrientes, sospechosos, poco reconocidos”. Una realidad muchas otras veces expuesta, sí, pero que conviene tener siempre a mano, como un encendedor, porque nunca sabes cuando la vas a necesitar de nuevo. En la misma línea, Ramon Besa confesaba hace poco en el podcast Boleyn Sound que su mejor recuerdo como cronista en un estadio de fútbol es el de la final de Champions de París (2006), porque esa noche, entre otras cosas, pudo asistir en primera persona al emocionante encumbramiento de un héroe anónimo, Víctor Valdés.

Da vértigo comprobar cómo de rápido ha castigado el paso del tiempo a Valdés, que a diferencia de Xavi o Puyol, por elegir a otros dos referentes retirados del barcelonismo moderno, se ha ido apagando en los confines de la memoria culé precipitadamente, como una canción mediocre. Ya nadie parece acordarse que el mayor legado que el guardameta catalán dejó en Barcelona, mucho más notable que todos los títulos que recogió con Guardiola como entrenador, fue demostrar que para ser considerado el mejor portero del mundo por el Camp Nou primero habías tenido que ser considerado como el peor portero del mundo por ese mismo estadio. No había (o no encontró) otra forma de conseguirlo.

 

No hay figura en un terreno de juego que se acerque más peligrosamente a la condición de poeta que la del portero, siempre flotando en ese hueco que queda entre el mérito y el elogio

 

Marc-André ter Stegen -cuyo nombre más fascinante me parece cuantas más veces lo leo, creo que por esa ‘t’ minúscula de su apellido, que te pilla desprevenido- no ha alcanzado todavía ese primer escalón a ojos de sus aficionados, y tampoco se puede decir que le haya castigado tanto la crítica como en su día hizo con Valdés. Pero sí le ha tocado vivir algunas adversidades. Ciertos capítulos amargos que, curiosamente, muy poco tienen que ver con el deber de dejar la portería a cero domingo tras domingo. Hace cosa de dos años, este chico de expresión frígida y flequillo relamido empezó a reparar en que sus aficionados hablaban más de él cuando fallaba con los pies que cuando acertaba con las manos. Viejos tics de un club que tiene sus propios códigos para ubicarse en el mapa.

El hallazgo, sin embargo, ayudó a Ter Stegen a comprender en qué clase de congregación religiosa se había metido, así como a comenzar a masticar el nuevo desafío que lo acechaba; para triunfar allí, tendría que aprender a recostarse en la sombra. Sin compañía.

Porque eso es lo que les pide el Barça a sus guardametas. Que estén, pero que no se noten. Que no exterioricen sus desgracias. Ni siquiera sus éxitos. La última jornada sirve de ejemplo. Cuesta encontrar en Google una imagen de Ter Stegen ante el Leganés en alta resolución, por mucho que, con permiso del bigoleador Suárez, fuera el mejor de los jugadores que alineó Valverde en Butarque. De hecho, el alemán, a parte de ser el arquero del conjunto menos goleado de España con diferencia, sostiene a estas alturas del curso una racha descomunal: ha detenido 19 balones de los últimos 20 que le han disparado en liga. Una barbaridad de la que, por suerte, apenas hay noticias.

Cesare Pavese, que entrenó la soledad durante toda su vida, como si fuera una vocación, sostenía que escribir poesía era como hacer el amor: “nunca se sabrá si la propia alegría es compartida”. En ese sentido, no hay figura en un terreno de juego que se acerque más peligrosamente a la condición de poeta que la del portero, siempre flotando en ese hueco que queda entre el mérito y el elogio.

Definido el contexto, sobra decir que el dorsal que luce Ter Stegen en su camiseta no se corresponde con el peso mediático que tiene en el relato azulgrana. Es más bien algo protocolario. Puro formalismo. Tal vez un truco para despistar al contrario. Porque para ser el número uno del Barça, en realidad, tienes que ser el diez. Así de raro es esto del fútbol.