El peso de la maldición volvió a caer sobre la selección argentina, incapaz de celebrar un título después de disputar la tercera final en dos años. Nunca en tan poco tiempo a la Albiceleste se le escurrió tanta gloria. Nunca con un futbolista en sus filas tan acostumbrado a recogerla. Mundial-Copa América-Copa América. Tres combates agónicos que quedarán para la historia negra de un país que para recordarse campeón tiene que ponerse las gafas de lejos.

Messi será eterno en esta cruel hazaña y quedará atrapado en un cuadro nítido, sin elementos de distracción ni personajes secundarios. Él y sus lágrimas. Él y la derrota. Él y nadie más, el resto está a salvo. Ni entrenadores, ni compañeros ni rivales tienen cabida en el lienzo. El fracaso es suyo y con ello decide cargar hasta el resto de sus días. “La selección se terminó para mí”. Aceptar el sufrimiento siempre es mejor que negarlo.

¿Sentiste alguna vez lo que es, tener el corazón roto?,
¿Sentiste a los asuntos pendientes volver, hasta volverte muy loco?…

Puede que Argentina mereciera alguno de estos tres títulos. Puede que incluso mereciera los tres. Y puede que, con el tiempo, a algunos de sus internacionales se les recuerde con el honor de quienes lo dieron todo en el intento. Pero no, este discurso no sirve para Leo. A Messi no se le puede juzgar con los argumentos con los que se alivia el Atlético de Madrid. Hace tiempo que renunció a ellos. De hecho, nunca los consideró. Porque su carrera solo se entiende desde las alturas, la cima, la excelencia. Y el peso de ser el mejor equivale, justamente, a no poder dejar de serlo ni un solo día, ni un solo partido, ni un solo segundo de un partido. Su versión nacional no pudo con su versión azulgrana. Dos vidas. Un mundo. Una mochila cargada de reproches y en ocasiones insultos que ha decidido llevarse del vestuario de la Albiceleste para que no explote y provoque una carnicería aun mayor.

…si resulta que sí, sí podrás entender, lo que me pasa a mí esta noche;
ella no va a volver y la pena me empieza a crecer adentro…

Parece una obviedad, y de hecho lo es, pero Messi ha sido lo mejor de Argentina en la última década. También en las finales perdidas in extremis, ejerciendo de moderador en esta terapia de esquizofrénicos que viene siendo el juego de la Albiceleste. Para muchos argentinos, sin embargo, la obviedad es que no ha valido la pena ni siquiera disfrutarlo. Messi es esa relación eléctrica, pasional e irracional, que no acaba ni en boda ni en hijos. De la herida de la ruptura -o del desamor por incomparecencia, llámenlo como quieran- solo supuran reproches: “ojalá no te hubiera conocido nunca”. Una pérdida de tiempo: eso es a lo que equivale para muchos argentinos haber tenido al mejor futbolista de este siglo en sus filas.

…no me lastimes con tus crímenes perfectos,
mientras la gente indiferente se da cuenta…

Porque sí, porque Leo dejó plantado en el altar a su país enviando la tarta nupcial al cielo de Nueva Jersey. Un penalti lleno de rabia y dolor. Un error garrafal. Una cabeza caliente y un pecho frío. Un llanto de impotencia. El enésimo instante de frustración que, esta vez, puede ser el último. Messi siempre quiso hacer feliz a su pareja. Pero ya no quiere causar más daños ni crear más falsas esperanzas. Argentina tendrá una nueva oportunidad de redimirse en el Mundial de Rusia. Para entonces, hará un cuarto de siglo que no saborea la gloria. Y para entonces, quién sabe, Messi seguirá felizmente casado en Barcelona y con el Barcelona, con una pintura en el salón que le recordará aquella dulce condena en la que se desfondó en balde. No sabemos si estará más aliviado o si se sentirá culpable. Lo más probable es que siga preguntándose qué falló para que la relación con su país natal no terminara con descendencia. Maradona crió a un hijo de pelo dorado, engreído e inmortal. A Messi le dijeron que tenía los mismos genes que Diego. Pero hoy le diagnostican impotencia.

Me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor,
la moneda cayó por el lado de la soledad (otra vez)