A veces es difícil predecir como se conoce a la gente. Yo a él lo conocí una tarde de hace cuatro años en un vídeo de Youtube, en lo que considero actualmente una noticia positiva. Positiva porque la actividad no me obligó a quitarme el pijama ese día. Y positiva porque, lejos de un campo de futbol, un vídeo de internet era el sitio más seguro para ver a ese hombre. Entonces aún no lo sabía, pero cuando ves a un tipo tocar el balón tan bien, algo tiene que esconder. En 2011 se juntó en Carrington una de las mayores reuniones de talento que ha visto el Manchester United en su historia. “La clase de 2011 podrían ser los próximos ‘Busby babes’”, titulaba The Independent. En aquel grupo estaban, entre otros, Jesse Lingard o Paul Pogba. El protagonista de esto, sin embargo, es otro. Se llama Ravel Morrison y le diferenciaba una cosa del resto: era el mejor de todos.

Aquel equipo de reservas del United ganó toda competición que afrontó con una incontestable autoridad. Brilló especialmente su triunfo en la FA Youth Cup, donde endosaron un 4-1 en la vuelta de la final al Sheffield United. La plantilla se orquestaba alrededor de una pareja de interiores explosiva: Pogba y Morrison. Este último, con el ’10’ en la espalda, era un auténtico diablo. Ravel Morrison se balanceaba en el alambre entre el interior y el mediapunta. Un enganche que se movía con una belleza insolente y, a pesar de su electricidad de movimiento, no se permitía el lujo de despegar en exceso el pie del balón. Generaba cosas con demasiada facilidad, y se guardaba tiempo aún para presentar buenos registros goleadores a final de año. Jugaba con sus marcadores, a los que solo les quedaba mirar al suelo y taparse la vista con las manos y sentir un frío en la espalda, como cuando descubres que no vaciaste la lavadora hace tres días.

 

En aquel grupo estaban, entre otros, Jesse Lingard o Paul Pogba. El protagonista de esto, sin embargo, es otro. Se llama Ravel Morrison y le diferenciaba una cosa del resto: era el mejor de todos

Driblaba a un rival, por dentro se reía, y a su marcador solo le quedaba mirar con nostalgia, o envidia, o ganas de partirle las piernas. Pero no podían, o quizás no se atrevían. Ravel pasó su infancia en Denton, un suburbio de Manchester donde es sencillo ir con quien no se debe. El caso es que Morrison no trató ni de cuidar ese aspecto. Si llamativas eran sus actuaciones dentro del campo, no pasaban menos desapercibidas sus actividades lejos de él. Con 16 años fue identificado dentro de un coche lleno de armas y drogas. Al mismo tiempo, había recibido una advertencia de los cuerpos de seguridad por agredir a su madre. A la policía de Greater Manchester no les sonaba raro el apellido Morrison, y sus profesores del colegio estaban poco menos que desesperados.

Al final mucha gente confía su suerte en la fe y puede que una gran suerte de Ravel fue que el United no retirara la que tenían depositada en él, que no era poca. El mediapunta les daba motivos sobre el terreno de juego para creer en los finales felices. Año tras año, los entrenadores de la cantera ‘red devil’ invertían horas y diseñaban planes para enderezar la cabeza del joven. La opinión sobre sus capacidades futbolísticas estaba fuera de toda duda. Alex Ferguson aseguraba que era el jugador de más talento que había pasado nunca por la academia del club. Solo esto provocó que los esfuerzos del club para pulir este diamante fueran infinitos. O casi.

Ravel se exhibió en la célebre final de la FA Youth Cup que encumbró aquella generación. Marcó dos de los cuatro goles del equipo en el partido de vuelta y dio esperanzas a todo el país por creer tener en posesión uno de los jóvenes con más proyección del continente. Pero Morrison iba a lo suyo. Justo después de aquel partido, tuvo otro episodio con su novia del cual se le declaró sospechoso de acoso. Finalmente salió con una multa de 600 libras en una sentencia que afirma que el jugador arrojó el teléfono de su pareja por la ventana tras una discusión. Para añadir más, poco antes de este periplo, evitó de milagro entrar en prisión por intimidación de un testigo. Algunos de los intentos para motivar al jugador y hacerle centrar únicamente el fútbol pasaron por incluirlo en la dinámica del primer equipo. Al cabo de unos días, los futbolistas del United denunciaron que faltaban objetos en su vestuario, y se rumoreó que Ravel había robado el reloj de nada más y nada menos que Rio Ferdinand, auténtico pilar del plantel. Hace menos de un mes, Ferdinand dijo esto sobre él: “Ravel Morrison es el mejor jugador joven que he visto en mi vida. Nadie estaba tan cómodo en un campo de futbol como él. Ni Joe Cole, ni Paul Scholes. Tipos como Pogba, Januzaj o Lingard simplemente lo admiraban”.

Alex Ferguson, Mike Phelan y prácticamente todo hombre de futbol de Carrington, perdieron la paciencia definitivamente con el jugador. El club había tomado una decisión: deshacerse de uno de los mayores talentos que han formado. En junio de 2012, Ravel Morrison finalizaba contrato. En la misma situación estaba su compañero en la medular, Paul Pogba. Al francés se le propuso la renovación, pero su agente exigió unas demandas salariales que Ferguson consideró excesivas. Entonces el escocés apostó por el retorno de Scholes de su jubilación, y las puertas de Pogba se cerraron. Meses más tarde, Sir Alex firmaría al también joven Wilfried Zaha con un contrato superior al que pedía Pogba. Ahí queda la historia. En el caso de Ravel Morrison, Ferguson recurrió a un viejo amigo.

LA CAÍDA

“Fergie me habló de este talento. Esto fue suficiente para mi”, declaró Sam Allardyce, entonces técnico del West Ham. El United envió al jugador lejos de Manchester, esperando que alejarse de sus malas influencias le ayudara a centrar la cabeza. “Si puedes arreglar a este niño, Sam, tendrás uno de los mejores jugadores que se pueden tener”. Así se lo soltó Ferguson a Allardyce, consciente de lo que dejaba ir. El West Ham pagó 650.000 libras para ficharlo en enero de 2012 y, para que ganara minutos, lo mandó cedido a Birmingham. Su actitud no mejoró mucho, aunque demostró calidad de sobra para tener minutos en segunda división. El año siguiente el West Ham lo recuperó para la primera plantilla.

En los Hammers, Ravel vivió sus mejores momentos en el máximo nivel profesional. Para el recuerdo quedan goles como el slalom en White Hart Lane de un chaval de apenas 20 años. Sam Allardyce lo definió como “un genio” y Roy Hodgson admitió que le seguía atentamente. Maravillaba en cada entrenamiento con la sub-21 inglesa y el Fulham se llegó a interesar por él. El West Ham rechazó y manifestó su intención de firmar un nuevo contrato con la reciente estrella. Pero con el paso de las jornadas su rendimiento disminuyó el equipo se hundió en la tabla. Los londinenses pasaron a luchar por evitar el descenso, y Allardyce decidió mandarlo a segunda de nuevo para asegurarle minutos. Fue cedido al QPR. Volvió a ser importante y jugó una parte destacada en el ascenso de los Rangers a Premier League. Aunque fue suplente en el partido decisivo, el West Ham parecía su destino de nuevo. Hasta que Ravel fue de nuevo Ravel.

 

Tras su cesión al QPR, el West Ham parecía su destino de nuevo. Hasta que Ravel fue de nuevo Ravel

 

Aquel verano, Morrison cruzó otra frontera y dejó las multas judiciales para pasar a los calabozos. El futbolista cumplió una breve pena en la prisión de Strangeways por dos cargos de agresión a su madre y su exnovia. En ocasiones, la peor noticia es que no pase nada. Y eso fue lo de Ravel Morrison: nada cambió del joven delincuente tras pasar una temporada lejos de los suburbios que lo vieron crecer. ‘Big Sam’ perdió su fe en el.

“No es un tema sobre su calidad futbolística, es de saber llevar una vida disciplinada”, exclamó Sam Allardyce. Nunca más volvió a contar para el West Ham. Pasó la temporada en Cardiff, aún arrastrando problemas con la justicia, y su rendimiento fue prácticamente inexistente. Apenas aportó a los galeses, mientras su equipo se acercaba a plazas europeas en la Premier League. Las cosas iban bien para Allardyce, y no necesitaba la ayuda de un proyecto de estrella con peligrosa tendencia al desperdicio, así que el club se abrió a dejarlo marchar libre.

EL FUTURO NO ES ITALIANO

Desde enero de 2015, Ravel Morrison era propiedad de la Lazio. Afrontó esta extraña aventura con cualquier cosa excepto cabeza. Contaba entre poco y nada para el conjunto romano dado su poco interés en adaptarse a la cultura italiana y su poca relación con el país. El agente del jugador le buscó un retorno al futbol inglés, y de momento varios medios de comunicación han informado que el muchacho está entrenando con el Wigan, club que dirige Warren Joyce, su entrenador en las categorías inferiores del United. Hace cuatro años, el periodista Dan Taylor publicó el siguiente fragmento en The Guardian: “Solo se espera que no llegue el día en el que sea ese hombre de cualquier pub que cuenta a alguien lo que debería haber sido en el fútbol. Con 23 años, aún puede estar a tiempo de muchas cosas.

Ravel no ha estado del todo de suerte: nada lo ha roto más que lo que se ha hecho a si mismo. Esto siempre va mal, básicamente no te permite culpar a alguien de tus miserias. El periodista Manuel Jabois definía el pasado marzo en El País “la cultura del juguete roto” en los tabloides ingleses como “una rutina devoradora que, como toda industria, exige cada vez peajes más tremendos”. Así se define, en parte, el futbol inglés a día de hoy: insensible al valor del dinero, impaciente por determinar el fracaso e insaciable de nuevos récords, nuevas cifras, nuevos juguetes. Ese tremendismo llega hoy a su enésima cima con Paul Pogba y la inversión de 105 millones de euros. Y, al final, por un tipo que no era ni el mejor en su equipo de juveniles.