Álvaro entró en aquella discoteca de Palma de Mallorca, miró una vez a su alrededor, miró dos veces a su alrededor, y después, tras comprenderlo todo, puso palabras a lo que todos sus amigos pensábamos entre escalofríos desde que habíamos puesto un pie en esa ciudad: “Aquí todas las tías están buenas, aquí no hay gordas”. Primero afirmó con frialdad, en un alarde de calma. Enunció. Incluso informó. Después abandonó el sosiego y exclamó, casi con indignación, furioso: “¡Ni una gorda! ¡En esta ciudad no hay ni una gorda!”. Finalmente, Álvaro combinó exclamación e interrogación, impotente: “¿¡Pero dónde están las gordas!?”. Y pienso hoy que ya entonces, en esas frases de Álvaro, estaba asomando el Murcia, lógicamente; que el Murcia le estaba rebosando al poner palabras a lo que en esa discoteca de Primera División comprobábamos todos con incredulidad. Y pienso hoy que ya entonces sus palabras eran las de un humano nacido y desarrollado en una categoría de gordas, nacido y desarrollado en Segunda, que al fin y al cabo es la categoría del Murcia, la categoría de Álvaro, mi categoría. Y pienso hoy que mi categoría natural no depende en absoluto de la categoría eventual de mi equipo, que puede encontrarse en Primera, puede encontrarse en Segunda B, puede encontrarse en Tercera, pero que será siempre un equipo tendente a las gordas (¡nunca a las gordísimas!), y por tanto será siempre un equipo de Segunda.

Yo nací y me asignaron una categoría. Con Álvaro pasó lo mismo, él no pudo escoger. En su momento, los dos erguimos la cabeza por primera vez, logramos abrir los ojos y ya la Segunda estaba ahí, incluso sin estar. ¿Posible anotación en la partida de nacimiento, tal vez? Luis María Valero Martínez, de Segunda. Una raíz muy profunda, que nacía ya de las historias de tus superiores en la jerarquía familiar. “En La Condomina no gana nadie en Segunda”, te exageraban, pero tu mente infantil era incapaz de procesar esa hipérbole, y realmente asumías que el Murcia, en las clásicas tardes de domingo de calor homicida, lo había ganado todo siempre. Siempre. Hombres extraños venían a La Condomina para intentar llevarse algo, pero naturalmente no se llevaban nunca nada. Mis primeros recuerdos de fútbol son recuerdos de equipos perdiendo en La Condomina de las más variopintas maneras, perdiendo incluso cuando en realidad empataban. Imagen deformada, adaptada a una percepción fuera de toda duda: somos gente importante en esta categoría, somos gente que no pierde nunca en su estadio, es imposible que alguien se atreva a quitarnos puntos en este estadio. El Murcia era la Segunda; la mejor Segunda.

 

Pude ratificar, orgulloso, que no somos gran cosa. Pero en nuestra categoría solo nos vale ganar

 

Pero ha habido oportunidades para la confusión sobre cuál era realmente nuestro lugar: ya superada la fase onírica de la infancia se insinuó pronto el Grupo III de Segunda B, realmente se postuló valiente en mi adolescencia de mediados de los 90 para convertirse en mi categoría. Viajes a L’Hospitalet, a Lliria, a Alzira, en los que no habría resultado tan difícil establecerse y mimetizarse. Cantinas que desprendían aroma a un hogar acogedor. El respeto de los nativos, el “ahí viene el Murcia” desde la deferencia. Pero siempre un recordatorio de nuestros mayores: “Súbete el cuello cuando vengamos a Alzira, nene, que somos el Murcia”. Y yo: sí, sí, me subo el cuello. Y no, no, yo en Alzira no me establezco. De Segunda sin saber realmente lo que era la Segunda, así me sentía yo. De Segunda porque todos me decían: cuando estamos en Segunda B, algo indeterminado tira de nosotros hacia arriba, y cuando estamos en Primera, algo que tampoco se sabe bien qué es tira de nosotros hacia abajo, de tal manera que siempre y en todo momento estamos en Segunda o camino de Segunda. Es decir, yo estuve en el campo del Alzira y, aunque me encontraba absolutamente estático en mi asiento, yo estaba realmente en movimiento (subiendo). Es decir, yo estuve en el Bernabéu y, aunque me encontraba estático en mi asiento, yo estaba realmente en movimiento (bajando).

A mí me gusta la Segunda porque a todo lo disfrutado junto al Murcia le pongo el sello de esa categoría. Cada caminata hasta La Condomina, cada desplazamiento fuera de casa o cada charla con los amigos sobre la posible alineación del domingo es pertinentemente clasi cada y archivada en el departamento ‘Segunda División’ de mi cerebro, independientemente de la categoría real en la que se encontrara el Murcia. No sé exactamente lo que ha pasado todos estos años, pero tengo la convicción de que todo ha pasado en Segunda, a pesar de que yo no supe plenamente lo que era la Segunda hasta el año 2000, cuando ascendimos en el último partido del play-off en Granada. Yo tenía 16 años, y viví ese partido tirado en el suelo de un chalé infinito de un amigo en una urbanización de la pedanía murciana de La Alberca. Las malas lenguas de clase decían que esa casa había sido incluso “declarada ilegal”. Demasiado grande para ser legal, y sí, sí, doy credibilidad a esa teoría. El día que retornábamos a Segunda después de seis temporadas, yo jugué al billar a tres bandas (antes del partido), yo jugué al Trivial Pursuit (antes del partido), yo jugué con un perro blanco (antes del partido), pero cuando miré el reloj y supe que el partido había comenzado en Los Cármenes, detuve todas esas acciones relacionadas con la diversión y simplemente me lancé al suelo.

Qué desagradable sorpresa supuso para mi amigo y anfitrión, Javier, comprobar que yo era capaz de pasar en el más breve instante de una actitud abierta a una actitud completamente cerrada; de una postura erguida y predispuesta a la diversión, a otra postura en la que yacía completamente cerrado a todo lo que él y esa mansión pudieran ofrecerme. Javier me propuso muchas posibilidades distintas a la de quedarme en el suelo, me ofreció ver el partido por la televisión o escucharlo por la radio, juntos, en alguno de sus sofás presuntamente ilegales. Pero yo no quise saber nada de esas propuestas y le urgí sin palabras pero con todo tipo de señales a que dejara de juzgarme y de proponer, pues ninguno de sus planes me interesaba. En ese suelo verdaderamente cómodo para lo que cabe esperar de un suelo permanecí durante un periodo de incalculable duración, hasta que la madre de Javier emergió de alguna habitación misteriosa de aquella casa inabarcable, vino a mi también misteriosa habitación y me dijo: “El Murcia ha subido”. Así pues, yo entré en Segunda de labios de esa mujer que tan cariñosa era pero que tan mal cocinaba, desparramado en el suelo de una casa gigantesca en una pedanía de Murcia, boca abajo, sin moverme, en silencio, y finalmente solo, porque Javier no aprobó mi manera de vivir ese partido y en consecuencia decidió marcharse y dejarme en aquella estancia. De hecho, la amistad con Javier nunca volvió a ser la misma, y jamás regresé a esa casa.

Desde ese 25 de junio del año 2000, mi relación con la Segunda fue más directa, más cercana. Logramos intimar, y pude ratificar con el mayor de los orgullos uno de los pocos principios que definen al Murcia: no somos gran cosa, pero en Segunda, en nuestra categoría, sólo nos vale ganar. Puede sonar simple, lo sé, pero en el fondo es de lo poco que tenemos claro tras más de 100 años de historia. Todo lo demás se tambalea. No tenemos trofeos, no tenemos onces históricos, nuestro mayor hito es permanecer tres temporadas seguidas en Primera División, pero en un Lugo-Real Murcia en Segunda, cuidado: prohibido perder tiempo al hacer un cambio, prohibido conservar un empate. Algo tan aparentemente insignificante como eso es nuestro principal patrimonio. Cierta grandeza, o al menos una pequeña grandeza sectorial. Grandes, en nuestro nicho. Grandes, en nuestro bar, acaparando la atención de todos si es que decidimos ponernos en pie y contar alguna batallita. En Primera clavamos la mirada en el suelo, pero en Segunda le sostendríamos la mirada hasta a las chicas de Palma de Mallorca.

Y sí, sí, presumo de esa pertenencia, aunque ahora mismo estemos desterrados en el Grupo Caña y Tapa de Segunda B. Mientras escribo estas líneas, me llega una propuesta del Morata: “Vámonos a Marbella. Salida a las 10, y a las 14 allí. Luego tras el partido regresamos a las 19, y a las 23 en Murcia”. Se trata de la modalidad de viaje clásica en el Morata, el viaje-relámpago que yo ya he bautizado como ‘ir, mear en una acera y volver’. Ante una propuesta de viaje similar hace un tiempo, le pregunté al Morata si no le apetecía más viajar con tiempo el día de antes y hacer noche en la ciudad en la que el Murcia jugaría al día siguiente. Nunca olvidaré su respuesta: “No. ¿Ir el día de antes? No. ¿Comer tranquilamente en un restaurante antes del partido? No. Yo quiero ir, estar muriéndome por dentro, mear en una acera y volver”. Si alguna vez os preguntáis qué está siendo del Murcia, ya sabéis: somos de Segunda, y sospecho que siempre lo seremos, aunque actualmente estamos meando aceras un poco más abajo, en un lugar donde tampoco se está mal del todo y donde, por fortuna, hay muchas gordas.

 


Este texto está extraído del interior del #Panenka62, un número que todavía puedes conseguir aquí.