No había en la Tierra nadie más feliz que él cuando, pasadas las 11 de la noche, apareció en la zona mixta de un Camp Nou que aún temblaba por la hazaña que acababa de presenciar. Con la indisimulada sonrisa de un niño que sabe que acaba de pertrechar una travesura, sabedor de haber entrado por la puerta grande en la historia del Futbol Club Barcelona, Sergi Roberto descubrió ante la prensa un detalle de la celebración de la diana con la que consiguió el 6-1 que permitió a los culés remontar una eliminatoria que ya es eterna.

En medio del desatado éxtasis colectivo y de un griterío ensordecedor, Rafinha se acercó al de Reus para despertarle de la catarsis y devolverle a la tierra. “Sergi, esto no es un sueño. Esto es real”, le gritó el brasileño. Tras quince años en el club de sus amores, el canterano ni siquiera podría haberse imaginado un final tan poético como el que el fútbol, siempre tan caprichoso, le tenía preparado para la noche de ayer en el mejor de sus sueños. Él, un tipo criado en La Masia, humilde y sencillo como ninguno, siempre relegado a un segundo plano y alejado de los focos; había sido el encargado de cerrar la última gran noche de la historia del Barcelona. Porque el partido del 8 de marzo de 2017 es uno de los que se recordaran durante años en el Camp Nou. No importó que en la ida el PSG se hubiera impuesto con un 4-0 casi insultante. Tampoco que ningún equipo hubiera podido remontar ese resultado en competición europea. Para nada. Es más, si a alguien le pesó el resultado del Parque de los Príncipes fue al conjunto de Unai Emery. Y es que, debido al planteamiento ultradefensivo del técnico vasco, en el Camp Nou, la sensación era que la remontada terminaría consumándose tarde o temprano.

Sin embargo, la ilusión se derrumbó de golpe en el minuto 62, cuando Edinson Cavani consiguió el 3-1 con un tanto que pareció enterrar las esperanzas del Barcelona. “Lo hemos intentado con todas nuestras fuerzas, pero nos hemos hundido en la orilla”, pensaron entonces los hinchas culés. No contaban con que dos locos, un Marc-André ter Stegen infranqueable y un Neymar inconmensurable, habían decidido mantener con vida a los de Luis Enrique hasta el clímax final.

Llegó entonces el minuto 94. Con dos goles entre el 88’ y el 90’, el genial delantero brasileño, que se doctoró sobre el césped de un Camp Nou que quizás ahora añora, había situado al Barça a un solo gol de consumar una gesta épica. Y, en la última jugada del encuentro, regateó y centró el balón al corazón del área, donde lo recogió un Sergi Roberto que remató aquel esférico con la fuerza de 100.000 personas para hacer posible lo imposible.

 

“Fue un instante de felicidad pura”

 

Cuando estalló el delirio, Santi Garcés se hizo un hueco entre la multitud para captar la grandeza de un momento realmente inigualable con su cámara. Aquel día, el mexicano, un fotógrafo freelance que trabaja con el departamento de marketing del Barça y que hace 18 años que está establecido en la ciudad condal, había acudido al estadio “convencido de que iba a haber una remontada”. “Tenía bastantes esperanzas, así que en la segunda parte me coloqué detrás de la portería del PSG para estar cerca de la grada de animación. Pensé que, si llegaba a haber una celebración, los jugadores se acercarían y podría tener una buena foto”, recuerda Garcés.

Desde allí, desde detrás del arco defendido por Kevin Trapp, el fotógrafo vio como Leo Messi anotaba el 3-0 desde el punto de penalti y como, después del “bajón” del 3-1 de Cavani, Neymar se echaba el equipo a las espaldas para conseguir el 4-1 y el 5-1. Y, desde allí, también vivió el tanto decisivo de Sergi Roberto. “Estaba a unos 15 o 20 metros de la portería, pero ni siquiera sabía quién había marcado porque el gol en sí no lo vi. Escuché la euforia y pensé ‘no puede ser, ha caído el gol. ¿Qué está pasando? ¿A dónde voy? ¿Qué hago? ¿Cómo reacciono? ¿Qué intento cubrir?'”, empieza Garcés, que vivió aquel gol con la cámara en la mano y con una expresión que revela la magnitud del instante. Y continúa: “Fue un shock. Entonces vi que todo el mundo corría hacia el córner, pero que Leo Messi se iba hacia el otro lado. En una fracción de segundo, me levanté y tomé la decisión de seguirle. Si hubiera echado a correr dos o tres segundos más tarde no hubiera podido pasar porque ya habría habido demasiada gente. Con todo, cuando Messi se paró yo me puse en el medio. Lo único que intentaba era no salirme del centro y poder disparar desde allí”.

Mundo Deportivo/Pere Puntí

El mexicano podría haberse fijado en Sergi Roberto y en el ejército de compañeros que le hizo desaparecer de la superficie del Camp Nou, pero optó por salir del paisaje y hacer algo distinto a los demás. Se encomendó a su instinto y empezó a caminar entre lágrimas, sonrisas y abrazos hasta llegar ante Leo Messi, que estaba celebrando la victoria como si fuera un aficionado más. Y Santi Garcés estaba ahí, como si fuera un pintor que tenía ante sí la posibilidad de inmortalizar una realidad tan extraordinaria como inexplicable. “En ese momento yo era consciente de tres cosas: una, que estaba en un lugar privilegiado; dos, que estaba viviendo la euforia en primera persona; y tres, que allí no había más fotógrafos”, admite. Y, mientras sonríe orgulloso, añade: “Me di cuenta al momento de que tenía un fotón. Me cambió la expresión, incluso levanté el brazo celebrándolo. Fue como un gol, en aquel momento me di cuenta de que había marcado el gol de mi vida”.

Ciertamente, la imagen es excepcionalmente perfecta. “Se alinearon los astros. Haciendo un símil, hacer esta fotografía es tan complicado como lo que hizo Sergi Roberto al meter el gol…”, subraya el mexicano. En este sentido, resulta interesante recuperar un artículo, titulado “El Messías, óleo de Santi Garcés” y publicado en vozpópuli, en el que Fermín de la Calle rememora lo que le dijo una vez Miguel Ángel Morenatti, un reconocido fotoperiodista deportivo: “En el fondo, el fotógrafo no es tan distinto al deportista al que retrata porque debe estar en el sitio adecuado en el momento justo y debe tener el talento suficiente para resolver en una décima de segundo”. “No habrá crónica que resuma mejor lo pasado ayer, ni lo ocurrido en los últimos 15 años en el Camp Nou que este fresco de Santi. No habrá Balón de Oro que ilustre mejor a las generaciones venideras sobre la dimensión de Messi que esta foto: El Messías. Bendito Messi, bendito fotoperiodismo”, sentenciaba hace un año De la Calle, maravillado por la obra de Garcés. Razón no le falta, ya que la imagen es tan desmesuradamente magnífica que resume la inefable carrera de Messi y su comunión con un Camp Nou que lo adora y lo admira de forma apasionada e incondicional. En definitiva, sucede lo mismo que con las fotografías de Diego Armando Maradona en México’86 o de Michael Jordan en la cancha de los Utah Jazz: es una instantánea tan increíble que sirve para reflejar la figura de un futbolista increíble y que estará eternamente unida a la noche del 6-1.

Pero es que, además, la fotografía aún plasma otra realidad de aquel instante en el que el mundo pareció detenerse. “No sale nadie con el teléfono en la mano. La gente, que hoy en día siempre quiere fotografiar cualquier tontería, se olvidó de retratarlo. Fue un instante de felicidad pura. Estaban viviendo realmente la euforia del momento”, subraya Garcés, que se pasa la entrevista con el teléfono en la mano, mostrando otras instantáneas brutales de aquella noche mágica. La de Leo Messi, la escogida de entre la cincuentena que hizo en apenas unos segundos, se convirtió en un fenómeno viral que dio la vuelta al mundo y que colapsó las redes sociales. Es imposible saber si aquella foto fue lo que hizo ver a Neymar, que había sido el protagonista indiscutible del duelo, que nunca triunfaría en el Barça mientras estuviera el astro argentino; pero lo que es innegable es que es la instantánea que acompañará eternamente el 6-1 contra el Paris Saint-Germain del 8 de marzo de 2017. “Visto con perspectiva, fue un guion de película, un guion perfecto. Fue una locura, una locura total. Era una delicia, miraras donde miraras veías a gente feliz y sonriente”, concluye Santi Garcés, el autor de la foto de la remontada.

FC Barcelona/Santiago Garcés

En el centro de la imagen del fotógrafo mexicano, con una mano sujetándose la gorra y la otra tocando a Messi, aparece Alejandro Serra. “Es un fotón. Es una foto 10. Muestra el momento oportuno, un momento irrepetible. La tengo enmarcada en casa”, reconoce emocionado. Y es que Alejandro, el segundo entrenador del equipo amateur B del Valldoreix, fue uno de los que, a pesar de la contundencia del 4-0 de la ida, no dudó en acercarse al feudo culé. “Que vengan al Camp Nou, porque si se pierden la remontada estarán jodidos”, había asegurado Piqué tras caer en el Parque de los Príncipes. Y Alejandro, acérrimo hincha del club y miembro de la Penya Almogàvers, no falló a la cita y ocupó su asiento en la grada de animación.

“Recuerdo que llegué bastante justo porque venía de jugar un partido de una liga de fútbol nocturna con mis amigos. Me supo bastante mal perderme la previa, pero llegué allí con todas las ganas de ver un partido de Champions épico y con la esperanza de que el Barça diera la cara y peleara”, afirma ahora. Sin embargo, aunque no puede -ni quiere- esconder su amor por el cuadro azulgrana, admite que “realmente no pensaba que fuera posible remontar”. Todo cambió cuando arrancó el encuentro: “Salimos tan enchufados que sí que empecé a creérmelo. Después del tercero ya sí que estábamos completamente convencidos de que se podía sacar adelante, de que podíamos remontar la eliminatoria. Es que era un subidón detrás de otro”.

Y entonces, tras superar el mazazo del 3-1, llegó el clímax final. “Todos estábamos animando a muerte, con mucha adrenalina. Teníamos la sensación de que iba a pasar algo”, recuerda con la voz entrecortada. Y pasó, porque Sergi Roberto cazó el centro de Neymar y provocó la locura en el Camp Nou: “Nos caíamos uno encima del otro, y un amigo mío se puso a llorar… Fue un momento súper emotivo”. “Vi como Messi se estaba acercando y me puse a correr. Me subí a un banco y quedé delante de Messi. Le cogí del pecho, de la camiseta. Hubo contacto visual, nos miramos cara a cara. Él gritó celebrando el gol y me cogió la gorra. Después me la devolvió, y justo entonces fue el momento de la foto. Yo salgo aguantándome la gorra porque es que no me creía lo que acababa de pasar. Fue brutal”, admite Alejandro, que por un instante se convirtió en el refugio mental del Messi más humano. Superado, como todos, por una situación inconcebible, el ‘10’, el mejor futbolista de la historia, necesitó la conexión con unos ojos ajenos para tener la certeza de que lo que estaba viviendo era real.

 

“No sé ni cómo explicarlo. Era un sueño, era una cosa irreal”

 

Desde el otro lado del Camp Nou, Adrià Farrès vio el tanto de Sergi Roberto y rompió a llorar a lágrima viva, dejándose llevar por la emoción del momento. “Abracé, reí, lloré… hice las tres cosas a la vez. El Barça ha hecho historia, y yo estaba allí”, afirmaba el día después, el día de su dieciseisavo cumpleaños, ante las cámaras de La Sexta. Y, un año más tarde, Adrià, que asistió al Camp Nou junto a su padre, continúa pensando lo mismo de aquella noche histórica: “No sé ni cómo contarlo. Era un sueño, era una cosa irreal e inolvidable que recordaré para siempre”. La suya, es la imagen más pura y auténtica de la remontada. Es el reflejo más exacto de la alegría desbordada e incontenible que provocó el milagro. Porque Adrià, un chico que juega al baloncesto pero que cuando disfruta de lo lindo es cuando ve fútbol, encarna a la perfección el nuevo perfil de culé: el del que no ha convivido con las penurias del pasado y con las urgencias de un equipo que no tenía un palmarés a la altura de la institución que era. La última generación de hinchas azulgranas nació futbolísticamente con el tanto de Andrés Iniesta contra el Chelsea en Stamford Bridge –“fue una pasada”, destaca Adrià, que por aquel entonces tenía tan solo ocho años- y, al contrario que sus padres, afronta los encuentros del Barça con seguridad y con optimismo, con la tranquilidad de saberse un club grande y respetado en Europa. “El 1-0 lo celebré con mi padre. Él me dijo: ‘Eh, tranquilo que aún queda mucho'”, recuerda con una sonrisa. Y continúa: “Con el 3-1 lo pasé un poco mal. Lo veía más difícil, pero yo seguí confiando en la remontada. ‘¿Por qué no?’, pensaba”.

Evidentemente, el 8 de marzo de 2017 no todo fueron lágrimas de alegría en el Camp Nou. En la parte alta del estadio culé, los aficionados del PSG vieron, como sus futbolistas, los mismos que unas semanas antes habían doblegado al Barcelona de Leo Messi como si fuera una hoja de papel, eran avasallados por una fuerza imparable. Uno de ellos, Julián Teman, un parisino que preside el Paris Saint-Germain Fan Club Madrid, había viajado desde la capital española para ver en directo la clasificación de su equipo para los cuartos de final. “Pensaba que íbamos a pasar, pero salió todo mal”, lamenta Julián, justo antes de señalar que “el PSG es muy joven y no tiene la experiencia del Barcelona, del Real Madrid o de estos equipos que saben jugar tan bien estas eliminatorias. Ellos saben jugar una final de Champions League, y nosotros no sabemos jugar ni unos octavos de final… Siempre confiamos en nuestro equipo, pero cuando hay el Barça o el Madrid enfrente no es como cuando nos enfrentamos al Marsella en Francia”.

Resignados y atónitos, los hinchas parisinos asistieron a una exhibición del conjunto local. “El Barça fue mucho mejor que el PSG, poco a poco nos mataron”, admite Julián. Con todo, lo peor llegó a partir del minuto 88, cuando Neymar aprovechó el miedo del Paris Saint-Germain, que tan solo tocó cuatro veces el balón en el último tramo del choque, para enfundarse el traje de héroe y comandar al Barcelona hasta la conquista de una proeza única. “Fue fatal, el golpe fue muy duro y muy rápido. A mí me gusta el PSG desde que soy pequeño, porque vivía enfrente del Parque de los Príncipes. Por más que gane o que pierda, nunca dejaré este equipo, pero después de aquel partido en el Camp Nou ya nada es lo mismo. Antes pensaba que el PSG era mágico, pero no puedo decir que es mágico desde que perdimos por 6-1 tras ganar por 4-0 en casa”, concluye emocionado.

Una de las personas que vivió aquel encuentro decisivo entre el Barcelona y el Paris Saint-Germain de una forma más peculiar fue Marc Muniesa. El actual jugador del Girona, que hasta el pasado verano defendía la camiseta del Stoke City de la Premier League, vio en directo como el PSG aplastaba a los culés en el Parque de los Príncipes en el duelo de ida de la eliminatoria. El de la vuelta, sin embargo, no lo pudo ver ni por televisión porque aquel miércoles su equipo visitaba el Etihad Stadium para enfrentarse al Manchester City en un partido de la liga inglesa que había quedado aplazado anteriormente y que arrancó 15 minutos más tarde que el del Camp Nou. “Estaba jodido porque no jugaba y porque me perdía el encuentro del Barça”, reconoce Muniesa, que formó parte de la disciplina del conjunto azulgrana desde los diez años hasta los 21 y que mantiene una gran amistad con Sergi Roberto.

La historia del central de Lloret de Mar es tan particular que merece ser reproducida tal y como la explicó el propio protagonista: “Justo antes de salir al campo miré rápidamente el móvil y vi que ya iban 1-0, que había marcado Suárez. Al descanso lo volví a mirar y vi que ya iban 2-0. Después volvimos al banquillo, pero teníamos un par de periodistas catalanes detrás nuestro que estaban siguiendo el partido, y nos dijeron que el Barça había marcado el 3-0. De repente, volvió a bajar Pol Gustems [uno de los dos periodistas] y me dijo que el PSG había hecho el 3-1. Entonces salí a calentar y coincidí con Nolito, que justo en ese momento también estaba haciendo ejercicios de calentamiento. Hablábamos del partido. ‘¿Te has enterado de que ha marcado el PSG? Ya está, ya se ha acabado la eliminatoria…’, creo que le dije. Y de repente, mientras calentábamos, vi que en el marcador ponían el 4-1 del Barça y dije ‘¡joder!’. Después, cuando ya casi no quedaba nada, Pol Gustems bajó corriendo y me dijo: ‘¡5-1, 5-1! ¡Queda el añadido, queda el añadido!’. En el banquillo estábamos mirando nuestro partido, que íbamos 0-0, y entonces escuché un grito desde atrás y dije: ‘Mierda, el Paris Saint-Germain ha hecho el segundo, seguro’. Giré la cabeza y vi como los dos periodistas alzaban los dedos diciendo que el Barça había hecho el sexto. Yo estaba flipando… En el marcador del Etihad también lo pusieron y se escuchó un murmullo en todo el estadio. Se acabó nuestro partido y nos fuimos al vestuario. Diez minutos más tarde bajaron del palco Marko Arnautovic y Xherdan Shaqiri, que estaban lesionados y no habían podido jugar, y me dijeron: ‘¡Ha marcado Sergi Roberto, ha marcado tu amigo! ¡Ha marcado el sexto gol!’. Yo sabía que habían pasado, pero no sabía quien había marcado. Cuando me lo dijeron cogí el móvil y dije: ‘No, no me lo creo…’. Tenía no sé cuantos mensajes, como si yo hubiera hecho el gol. Miré en el Twitter y vi que sí, que había sido él. Estaba flipando, muy feliz y muy emocionado por él. Después lo felicité por todos los grupos de WhatsApp que tenemos en común y por privado. Es un gol que le cambió la vida, que le dio muchísima confianza y que estará en la historia del fútbol para toda la vida”.

Después del encuentro contra el Manchester City, cuando llegó a su casa, Muniesa pudo ver, por fin, el partido entero entre el Barça y el Paris Saint-Germain en la televisión. “Fue un cúmulo de nervios, pero estuvo bien porque nosotros empatamos en el Etihad y el Barça consiguió pasar de ronda”, asegura el exfutbolista azulgrana, antes de volver a deshacerse en elogios ante la figura de uno de sus mejores amigos: “Todos los que hemos crecido con él estábamos muy felices. Con Sergi hemos vivido años muy buenos. Después hemos ido por caminos diferentes, pero hemos hecho la misma carrera hasta llegar a profesionales. Son muchos años juntos, y somos muy amigos”.

 

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“La pone Neymar. No, antes dribla. Se va, le pega con la zurda. La cuelga. Balón para Sergi Roberto… ¡Gooooooool! […] Gol de Sergi Roberto. Héroe para la eternidad. En una noche memorable, para conducir el Barça a la locura. ¿Y con qué voz canto yo ahora esto?  En el 95’, si no teníamos aire, si prácticamente se había ido todo al traste con el gol de Cavani… Pero apareció el Barça, el mejor Barça de la historia, el equipo que después de ganarlo todo, absolutamente todo, no se rindió y siguió teniendo hambre. ¿Quién dijo que el Barça no podía hacerlo? ¿Quién dudó de este equipo? ¿Quién no se atrevió a soñar? Que salga y se suba al carro, porque el Barça, con Sergi Roberto, apelando al espíritu de Bakero en Kaiserslautern, con el empuje y la fe de Iniesta en Stamford Bridge, nos regala otro gol para la eternidad. Ojo que el balón sigue en juego. La saca la defensa del Barça… Se acabó. Esto no es un sueño, pellízcate culé.”

El periodista de la Cadena Ser Lluís Flaquer cogió aire, buscó el silencio en medio del caos para intentar trazar un discurso y, finalmente, con la voz rota por la emoción del momento, narró de esta forma el sexto gol del Barcelona contra el Paris Saint-Germain: el de Sergi Roberto, el que consumaba la culminación de lo que realmente parecía “una misión imposible”. “Fue muy bestia. En el minuto 80, mirabas el reloj y decías: ‘Necesitamos tres goles más, es imposible…’. Es lo más bestia que he vivido y que viviré en un campo de fútbol. Como narrador, haber podido explicar el 6-1 de Sergi Roberto es una cosa que no olvidaré nunca y que me guardo para toda la vida. Son siete minutos y medio de esos que tienes guardados en tu biblioteca personal para que no se pierdan nunca. Lo que sucedió aquella noche fue una locura”, afirma.

 

“Es lo más bestia que he vivido y que viviré en un campo de fútbol”

 

Como tantos otros, Flaquer entró en el Camp Nou “pensando que la remontada era imposible”. “Con el 4-0 de la ida, viendo la diferencia que había habido entre el PSG y el Barça… Aunque en el fondo sí que tienes una pequeña esperanza, que es a lo que te intentas agarrar como narrador para vendérselo a la gente que te escucha. No saldrás vendiendo pesimismo…”, empieza el periodista. Y prosigue: “El que redactó el guion de la remontada, aparte de ser un travieso por la resolución final, escribió un inicio ideal. Primera llegada del Barça, gol. Antes del descanso, 2-0. Aunque sigue siendo complicadísimo, afrontas la segunda parte con una esperanza mucho más grande. Como más cerca estás del milagro, más cerca lo ves”.

Con todo, cuando el Barcelona tan solo estaba a un tanto de equilibrar la eliminatoria, apareció Edinson Cavani para anotar el 3-1 y dejar helado a todo el Camp Nou: “Fue el bajón absoluto. Prácticamente significaba cerrar la persiana porque era volver a empezar. Con el gol de Messi era un ‘tierra a la vista’, pero de repente se había hundido el barco. Aquel gol rompía el sueño y el cuento de hadas en mil pedazos. Aun así, después de unos minutos de drama, nos salió la vena de volver a soñar y tratamos de vender que aún creíamos un poquito en la remontada. Sin dar a entender que estábamos completamente convencidos de que acabaría pasando, pero intentando reenganchar al oyente a la posibilidad del milagro”.

Lo que llegó entonces, cuando ya agonizaban tanto el partido como las aspiraciones del Barça, fue “el clímax de la historia, la locura absoluta… un in crescendo brutal”. “Con el 4-1 te animas un poquito. Después llega el penalti de Neymar, y de repente se te abre un océano delante y el Camp Nou entra en efervescencia e implosiona”, remarca Flaquer, justo antes de tratar de explicar como vivió el instante culminante de aquella noche: “De repente me recorrió por dentro un escalofrío. Miré a mi alrededor y todo eran caras de incredulidad. Miré a la gradería, la gente se abrazaba con gente que ni conocía. Miré al césped y vi la desesperación del PSG. Es un momento inolvidable. Lo primero que intenté fue recuperar la voz. Ya había cantado seis tantos, y el último era un gol histórico que te exige un esfuerzo brutal. Estás viviendo un momento absolutamente emocionante y emotivo, pero tu sigues debiéndote a tus oyentes y tienes que tener la cabeza fría e intentar explicarles lo que pasa. Si yo este partido lo hubiera vivido en la etapa en que no narraba los partidos del Barça en el Camp Nou hubiera enloquecido, llorado, gritado… Me hubiera dejado la voz y hubiera abrazado a todo el mundo, pero en aquel momento yo a quien tenía que abrazarme era al micrófono”.

Igual que Lluís Flaquer, el periodista de El País Ramon Besa llegó al Camp Nou con la convicción de que el Barça estaba ya eliminado de la Champions League. De hecho, unas semanas antes, en la crónica del choque del Parque de los Príncipes, Besa hablaba de un equipo “catastrófico”, “desfigurado y sin respuestas de ningún tipo”, que “perdió incluso la condición de superviviente porque el remonte se adivina ahora mismo imposible en el Camp Nou”. “Más que mirar al PSG, miraba al Barcelona… y veía un equipo que se descosía mucho y que se fiaba mucho de un tridente que, en aquel momento, ya mostraba ciertos síntomas de agotamiento. No solo como fórmula, sino también por lo que significaba para el equipo. Los mediocentros y los defensas estaban muy cansados de hacer de camareros del tridente. Las expectativas eran muy pocas”, recuerda ahora el periodista.

Las esperanzas azulgranas aún fueron menores tras el 3-1 de Edinson Cavani, un tanto que fue el punto de inflexión del encuentro. “Mi percepción me dijo que se había acabado y me relajé, pero de repente el partido viró y, a partir de lo que fue capaz de generar Neymar, el Barça provocó el caos en el PSG y la euforia en el Camp Nou”, afirma. Y añade: “A partir del 4-1, el partido se encendió. Todo lo que había escrito hablando de la agonía culé lo borré y empecé a explicar otro episodio. Ya no daba el partido por perdido porque sabía que pasarían cosas, y cuando llegó el 5-1 creo que todos estábamos convencidos de que se remontaría, pero no sabíamos quién sería, ni cuándo sería, ni cómo sería. Esto fue lo más mágico de aquel partido”.

 

“Cuando llegó el 5-1 todos estábamos convencidos de que se remontaría, pero no sabíamos quién sería, ni cuándo, ni cómo. Esto fue lo más mágico de aquel partido”

 

Ciertamente, el encuentro fue del todo imprevisible. Fue “un contraste brutal de emociones y de estados de ánimo”. Fue “lo nunca visto”, tal y como aseguraba el propio Ramon Besa en el titular de la crónica con la que retrató el duelo más extraordinario que ha presenciado en los últimos tiempos desde su silla en la cabina de prensa del Camp Nou. En el texto, el periodista remarcaba que “al Barça se le puso cara de ganador desde que saltó al colorido y embravecido Camp Nou” y que “ni el más reputado de los guionistas podía haber diseñado un partido mejor para el Barça”. Y, mientras sonríe al recordar que estuvo a punto de perder todo el trabajo hecho porque el cargador de su portátil se rompió en la celebración del 6-1, amplía su razonamiento: “Nunca nadie ha hecho una película sobre fútbol porque tiene un carácter de aventura que lo hace imprevisible y que comporta que nunca sepas lo que puede ocurrir. Y eso es lo que hace que provoque tanta pasión y tanto entusiasmo. En el fondo, el fútbol nos devuelve a la infancia, a los partidos de los colegios. A los buenos, a los malos y al héroe. Esta mística es lo que lo hace especialmente atractivo. Este es el espíritu de este deporte”.

Se puede decir más alto, pero no más claro. Este es el espíritu de este deporte, esta es su verdadera esencia. Tras vivir “un carrusel de emociones, con momentos de gran alegría y momentos de gran tristeza”, Ramon Besa llegó a su casa sobre las 2 de la mañana. “Me di una ducha para relajarme y dije: ‘Hostia, lo que acabas de ver…'”, admite, rememorando el 8 de marzo de 2017. Otros se quedarán con el recuerdo de con quien vieron el partido, de qué comieron o de cómo les temblaron las piernas cuando regresaban a casa mientras digerían lo que acababan de ver. Otros se acordarán, quizás para siempre, de cómo insultaron a Arda Turan cuando perdió el balón en la última jugada o de que se dispusieron a ver el encuentro casi por compromiso, como un ejército de soldados que acude a presentar su rendición. Para la mayoría de nosotros, aquel partido se presentaba como un trámite porque la remontada parecía algo imposible y utópico. Hoy, echamos la vista atrás y tenemos que darle la razón al fútbol una vez más. Porque no, no hay medicina en el mundo capaz de hacer que, 365 días después, olvidemos lo que sentimos aquella noche y dejemos de emocionarnos con el que fue, sin duda, uno de los momentos más bellos de la historia de este deporte que tanto amamos.