El 42nd Street es un club bastante recomendable de Manchester si lo que quieres es volver a casa haciendo la croqueta o en camilla. Está situado en Deansgate, concurrida avenida del centro de la ciudad, y lo fundó en 1963 un tal George Best. El ‘Belfast boy’, pasando un sábado noche por allí, podría ver las nuevas generaciones decidiéndose entre la muerte o el morreo y decir: “esto tan bonito lo hice yo”. Pasé caminando por allí hace tres semanas a unas horas en las que ya es demasiado tarde para desconfiar de alguien. Volvía con un compañero cuando apareció una voz agonizante.

Había un tipo en el suelo, vestido con corbata e insinuando que en algún momento lejano de la noche destiló cierta elegancia, que hacía estiramientos. En su cuarto intento de comunicación desciframos que estaba reclinado bocarriba en la acera porqué se le subían los gemelos. A la quinta, que quería fuego. Mi compañero se lo sirvió con una eficacia lejana a la que mostró el damnificado para sacarse el paquete del bolsillo. En el proceso volcó su teléfono móvil en el suelo. Su carcasa tenía el escudo del Manchester City. Se lo devolví, aunque la pantalla estaba rota. “Qué coño importa si la carcasa está entera”, y rompió a reír, que por algo iba borracho.

 

“He estado bajo tratamiento mental en el Hospital The Priory Clinic los últimos años. Agradecería si a partir de ahora pudiera estar solo para vivir el resto de mi vida”

 

Le ayudamos a incorporarse mientras le hablamos de la goleada de su equipo en casa ante el Bournemouth aquel mismo día. Replicó sin que se entendiéramos nada. Ante la duda, apostamos por virar completamente de tema y hablamos de la victoria en el derbi de Manchester, solo una semana antes. El hombre se armó de valor para articular un discurso del que básicamente entendimos una pregunta final: “¿Sabéis quien fue el último tipo criado en Manchester que jugó el derbi para el City?”. No teníamos ni idea, tampoco de cómo llegó el tipo a eso. Pero él mismo lo apuntilló: “Fue Michael Johnson”.

Me emocionaría no ser el único que conoció a Michael Johnson en el Pro Evolution Soccer hará más o menos una década. Entonces era un centrocampista joven inglés que tenía mucha proyección y era realmente bueno para su edad. A pesar de ser natural de Manchester, Michael se formó en la cantera de Leeds, Excelsior holandés y Everton. El Manchester City lo reclutó en 2004 para sus categorías inferiores, y en 2006 ya estaba debutando con el primer equipo con 18 años de la mano de Stuart Pearce. Poco después, Sven-Goran Erikson lo llamaría “la siguiente gran estrella inglesa”, en el City lo comparaban con el mito Colin Bell y el club rechazó una oferta de 12 millones de libras del Liverpool en 2008.  Cuatro años más tarde, tuvo tres accidentes de coche por conducir bajo los efectos del alcohol, le multaron con 5.500 libras y le quitaron la licencia por tres años. Tampoco era difícil verle de fiesta por el centro de la ciudad. El mismo 2012, el Manchester City rescindía su contrato.

El de Michael Johnson fue un ocaso desmesuradamente vertiginoso, que quizás podría añadirse a la interminable lista de ascensos meteóricos que se autodestruyen al más mínimo brillo. Incluso tuvo una oportunidad de despegar de nuevo en una cesión al Leicester, por la que los ‘foxes’ pagaron un millón de libras, que terminó en meses debido a una lesión. Sin embargo, el capitulo final de la carrera de Johnson en el City intuyó que lo suyo era algo distinto. Michael estaba enfermo.: “He estado bajo tratamiento mental en el Hospital The Priory Clinic los últimos años. Agradecería si a partir de ahora pudiera estar solo para vivir el resto de mi vida”, sentenció en su nota de despedida. Tenía 24 años. Desde entonces, no ha jugado en ningún otro club profesional.

Las múltiples lesiones en su carrera y la gran responsabilidad que llegó a recaer sobre él le condujeron a una profunda depresión. Era la gran joya del City pre-jeque Mansour. Tenía poco más de 20 años, ganaba 25.000 libras a la semana y Mark Hughes, su entrenador en 2007, afirmaba sin dudar que sería un jugador habitual de la selección inglesa. El contexto fundió al chaval: “Es difícil de creer, supongo que es la forma en la que el fútbol ha ido”, declaró el propio jugador en una entrevista con Mark Ogden en The Telegraph. Desde que dejó el fútbol se dedicó con exclusividad a cuidarse, a recuperar su salud mental. A día de hoy, recuperado y consciente de lo que ha sido, reflexiona sobre lo que, para muchos, es difícil de entender.

wasted“La presión afecta a todo el mundo, pero cada uno la asimila de diferentes formas. Todos tenemos diferentes habilidades, ya sea en el fútbol o en cualquier trabajo, y yo no creo que tuviera las mejores para vivir con lo que me vino”, describió en la entrevista. La desmesurada exposición hacía la sociedad fragiliza brutalmente al futbolista. Sobre todo a un niño que durante toda su vida solo había dado patadas a un balón y que, en estas alturas, se da cuenta que esto acaba importando poco. “La gente de este mundo a veces olvida que somos humanos. Desafortunadamente, esto es una industria sobre ‘el más fuerte’. Hay gente a la que le funciona la presión, y otras personas más introvertidas que no lo podemos afrontar igual”.

Sus palabras hacía el Manchester City son de agradecimiento hacía gente del club, como Brian Marwood o Robin Sadler, y no guarda ningún reproche: “No culpo a nadie por lo que pasó. Fue como fue, no estaba bien, me metí en malas costumbres…  En cada momento de la vida, tomas las decisiones que crees que son las correctas”, declaró. Desde el inicio de sus problemas hasta hoy, Michael afirma que la aceptación del fútbol hacía los problemas mentales ha cambiado mucho: “La salud mental era un tema tabú entonces. No se sabía como afrontarlo, pero ahora la gente es más consciente. Si viviera la situación ahora, quizás sería diferente”.

18 de agosto de 2007. Esta fue última fecha en la que un ‘mancuniano’ jugó para el City en un derbi de Manchester. Michael Johnson disputó los 90 minutos de la victoria de su equipo contra el eterno rival, con un solitario gol del exjugador del Barça Geovanni Deiberson. “No estoy muy al tanto de los chavales del City. Lo último que escuché es que había unos españoles en la cantera que apuntaban bien”, reconoció Michael en The Telegraph. En 2015 dio un paso más en su vida. Se hizo propietario de un local en su natal Didsbury, suburbio de Manchester, para abrir el bar The George Charles. “Es emocionante y hay mucho estrés alrededor, pero bastante menos que en el fútbol, en mi opinión”, declaró poco antes de la inauguración. Lo financió él mismo y aún sigue funcionando. Y es que al final, en cada momento de la vida, tomas las decisiones que crees que son las correctas.