Todos tenemos nuestras debilidades. Un equipo de fútbol, una marca de cerveza y una película. Una canción, un libro y un lugar mágico desde donde ver cómo se pone el sol. Esta es nuestra carta de presentación ante el mundo, esto es lo que nos diferencia.

Pero a pesar de ello, también es cierto que hay algunas verdades que se consideran universales. Y aunque uno no conozca obras más bellas que las de Edward Hopper, es innegable que la pintura más famosa del planeta es La Gioconda, de Leonardo da Vinci. Junto a La Mona Lisa, entre las infinitas galerías del Museo del Louvre también destaca La libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix.

Y en un tercer plano, a la sombra de las obras de da Vinci y Delacroix, aparece La balsa de la medusa, de Théodore Géricault, una enorme pintura de 1819 que retrata la agónica resistencia de unos náufragos en las costas de Mauritania. En sí mismo, el cuadro es también una muestra de resistencia. Porque mientras La Mona Lisa y La libertad guiando al pueblo se llevan la mayor parte de los elogios, el cuadro de Géricault permanece impasible, disfrutando en silencio de su lugar en la historia de la misma manera que lo hace Edinson Cavani en la delantera del Paris Saint-Germain de Nasser Al-Khelaïfi, el Museo del Louvre del fútbol moderno.

 

Cavani continúa siendo uno de los delanteros más letales

 

A pesar de haber perdido protagonismo por las llegadas de Neymar y Kylian Mbappé, en los últimos meses, el uruguayo ha sabido readaptarse a un nuevo ecosistema para demostrar(se) que continúa siendo uno de los killers más letales del fútbol continental. Y es que no hay que olvidar que, aunque su fama sea superada por la de grandes genios como da Vinci o Neymar, Géricault y Cavani también son unos fuera de serie en sus respectivas disciplinas.

Consciente de ello, cuando Unai Emery se hizo cargo del banquillo del PSG en 2016 no dudó ni un instante en confiar la posición de ‘9’ a un Cavani que hasta entonces había quedado relegado a un extremo por la presencia de Zlatan Ibrahimovic. Tal y como reconocía hace un año en una entrevista en El País, la admiración del técnico español por el delantero charrúa nació de la conversación que mantuvieron en el verano de 2016, cuando Emery le llamó por teléfono para explicarle que había aceptado el reto de ser el nuevo entrenador del conjunto parisino.

Desde el otro lado de la línea, Cavani pronunció cuatro palabras con las que enamoró al guipuzcoano: “Yo amo el fútbol”. “No me olvido de esa frase”, admitía Emery en aquella entrevista. Justo después, añadía que, “cuando un futbolista te dice eso, tienes que tenerle respeto” porque “hay pocos futbolistas que te digan que aman el fútbol”.

 

Cavani nació con el fútbol en el corazón y con el gol en las venas

 

Cavani es uno de ellos, porque nació con el fútbol en el corazón y con el gol en las venas. Luchador incansable por naturaleza y por fe -como tantos otros jugadores sudamericanos, el uruguayo forma parte de los Atletas de Cristo-, mantiene una excelente relación con la portería contraria desde que empezó a jugar a fútbol a los cuatro años en Nacional. “El que hacía el primer y el último gol del partido se llevaba un helado”, recordaba en una entrevista en El País. Y seguía: “La heladería estaba a 20 metros de la canchita. De ahí salías derecho con tus padres a por tu helado. Yo siempre pedía el de dulce de leche y de vainilla”.

Y así, mientras recorría los campos de Uruguay celebrando goles sin parar, Cavani empezó a crear un estilo propio. “Me fijaba en Van Nistelrooy, por la tranquilidad que tenía a la hora de definir, y en Batistuta, por la potencia, la fuerza y la velocidad”, apuntaba en 2011. Además, a los atributos de estos dos grandes delanteros, el uruguayo les unió tres cualidades más: la versatilidad, el oportunismo y la efectividad ante el portero.

El primer gran escenario en el que Cavani pudo mostrar al mundo todo su arsenal futbolístico fue el Campeonato Sudamericano sub-20 que se disputó en Paraguay en el año 2007. Allí, el uruguayo llevó a la selección celeste hasta el tercer lugar del podio y se hizo con el premio al máximo goleador del torneo, con siete goles en nueve encuentros.

Con aquella extraordinaria actuación, el siguiente episodio de la historia había quedado escrito. El Treviso y el Chievo Verona habían descartado el fichaje de Cavani antes de la competición, pero tan solo unas semanas después el Palermo ganó la subasta y se hizo con uno de los futbolistas sudamericanos más prometedores del momento a cambio de 5 millones de euros.

 

Desde pequeño, su cabeza estaba en Italia

 

De esta manera, el charrúa cumplía uno de los sueños de su infancia y deshacía el camino que su abuelo, un italiano natural de la provincia de Módena, había emprendido al emigrar a Uruguay unas décadas antes. Unos años más tarde, el propio Cavani reconoció que, desde pequeño, su cabeza estaba en Italia. “Me imaginaba un estadio lleno, con jugadores de nivel”, aseguró en 2014, en una entrevista en el diario colombiano El Tiempo.

Finalmente, Cavani debutó con la camiseta del Palermo el día 11 de marzo de 2007. Y, como no podía ser de otra manera, lo hizo con un gran tanto, el primero de los 37 que el uruguayo celebró en los 117 partidos que disputó con el conjunto siciliano.

De hecho, sus grandes actuaciones con el Palermo fueron lo que le permitió ser convocado por Óscar Tabárez para jugar con la selección absoluta de Uruguay. E igual que cuando se estrenó en la Serie A, Cavani marcó en su primer partido con la zamarra celeste. Fue el 6 de febrero de 2008, en un amistoso contra Colombia, y el protagonista de la historia, que entró al campo en sustitución de Diego Forlán, todavía se acuerda “como si fuera hoy”. “Cuando definí sentí la alegría más grande que alguien puede sentir en el fútbol, porque era mi primer gol con la selección mayor”, rememoraba en 2014.

Desde aquel día, el uruguayo ha anotado 38 tantos más, ha alzado una Copa América y se ha colocado como segundo máximo goleador histórico de la selección, tan solo por detrás de un Luis Suárez con quien mantiene una conexión especial: no solo son compañeros en la delantera de Uruguay, también nacieron en la misma ciudad -Salto- y con tan solo once días de diferencia.

 

Antes de llegar al PSG en 2013, Cavani también hizo disfrutar a los aficionados del Nápoles

 

Antes de firmar por el PSG en 2013, Cavani también hizo disfrutar a los aficionados de Nápoles, “una ciudad en la que se respira fútbol”, tal y como él mismo señaló en El Tiempo. El uruguayo, que recaló en San Paolo en 2010 a cambio de unos 17 millones, llegó a la capital de la Campania siendo una apuesta de futuro, pero rápidamente se convirtió en el ídolo de la hinchada local. ¿Sus avales? Haber marcado 104 goles en 138 partidos como napolitano, haber anotado un hat-trick contra cada uno de los tres grandes del fútbol italiano -Juventus, Milán e Inter-, y haber sido galardonado como capocannoniere de la Serie A, un premio que hasta la fecha tan solo había conseguido un jugador del club: Diego Armando Maradona.

Pero Cavani aún quería más, y ganar la Champions League se convirtió en su nuevo objetivo. Por este motivo, decidió aceptar la oferta de un Paris Saint-Germain que no vaciló a la hora de desembolsar 64,5 millones para hacerse con sus servicios. Y en el Parque de los Príncipes, el uruguayo se ha coronado rey: ha conseguido quince títulos, fue el mejor jugador de la última Ligue 1 y, en estos momentos, se acerca vertiginosamente a los 156 tantos que distinguen a Zlatan Ibrahimovic como el máximo goleador del conjunto francés.

De hecho, hace tan solo unas semanas, Cavani se unió a Ibrahimovic en una curiosa estadística: junto a Gonzalo Higuaín, son los únicos futbolistas de la historia que han celebrado más de cien tantos en dos de las cinco grandes ligas europeas. En total, el uruguayo acumula 112 goles en la Serie A y 104 en la Ligue 1; el sueco, 122 en Italia y 113 en Francia; y el argentino, que llegó al Nápoles en 2013 para cubrir la baja de Cavani, 107 en la liga española y 103 en la transalpina.

Con todo, aunque los millonarios fichajes de Neymar y Kylian Mbappé le hayan restado presencia en las portadas de los diarios galos, a sus 30 años, Cavani sigue reivindicándose a base de goles -71 en los últimos 69 encuentros- y continúa dándoles argumentos a los niños que visten orgullosos la camiseta del PSG con el número ‘9’ ante la mirada casi condescendiente de sus compañeros de clase, que prefieren seguir la corriente y lucir la del ‘10’ o la del ‘29’.

Y mientras los tres componentes de la majestuosa delantera del equipo parisino atemorizan a todas las defensas del continente, desde la banda, Unai Emery sonríe al soñar con que Leonardo da Vinci (Neymar), Eugène Delacroix (Mbappé) y Théodore Géricault (Cavani) junten sus cualidades para pintar, con la misma paleta, el futuro del PSG.