Vivimos tiempos de ruido en los que se grita incluso cuando solo se quiere remarcar lo evidente. Y pese a ello, los símbolos, lo sutil, lo que dice sin decir nada sigue siendo relevante. De ahí la polémica vivida esta semana alrededor de la nueva camiseta de la selección española, en la que la combinación de colores insinúa algo parecido a una bandera republicana. Aunque parece evidente que el diseño en cuestión solo atiende a razones estéticas, las lecturas políticas, algunas interesadas, otras irónicas, otras enfurecidas, han ido desfilando por las redes y los medios, convertidas, cómo no, en espectáculo y entretenimiento. Nos decía el periodista argentino Ezequiel Fernández Moores durante la preparación, ahora hace un año, del monográfico de Panenka sobre fútbol y periodismo, que hoy vivimos en una especie de “dictadura del diseño”. Se refería a un hecho concreto: a cómo había descendido el número de caracteres designados para sus columnas para favorecer un diseño más atractivo, con mayor presencia de blancos. Una frase un tanto provocadora, no hay duda, pero que nos sirve para valorar el lugar que ocupan los elementos gráficos en la sociedad actual. Quizá no siempre fue así pero, volviendo a las camisetas, hoy existen pocas dudas al respecto: los colores del fútbol no se eligen de forma aleatoria, son algo más. Y algo tan sencillo como los leves cambios ejercidos sobre una pieza de ropa en las oficinas de una multinacional -cada dos años, a lo sumo, persiguiendo la novedad continua, la comercialización constante- puede ser el aleteo de una mariposa que precipite una tormenta en un lugar lejano. Tan lejano, pongamos, como España. O como Rusia.

Estos días en los que se conmemora el centenario de la Revolución Rusa, y bajo un cierto desinterés de los medios locales, Rusia se ve sumergida una dicotomía, precisamente, en la que los símbolos ocupan un lugar principal. ¿Qué hacer con la Unión Soviética? ¿Fue aquel periodo un triunfo a reivindicar o un fracaso del que renegar? El mismo Vladimir Putin tiene que hacer equilibrios dialécticos para no colaborar en la fragmentación de la sociedad respecto a su pasado, y se mueve entre la nostalgia y la crítica, entre los claros y los oscuros. Se miden palabras y muchas veces se opta por hablar sin decir nada. Mientras unos han criticado que se suavice el legado de figuras como Stalin, otros preferirían que se reivindicara más a una revolución y a un régimen que cambiaron el mundo para siempre. Y en medio, una tercera parte de la población, según una encuesta reciente, que se declara incapaz de posicionarse al respecto. La conmemoración del Octubre de 1917 ha irrumpido como una fiesta extraña, difícil de clasificar, pero al mismo tiempo resulta imposible que el país se divorcie completamente de su pasado, gracias a episodios tales como la victoria en la Segunda Guerra Mundial, que sigue siendo un motivo de orgullo mayúsculo, del que renegar es poco menos que una traición. “El centenario debe servirnos como símbolo para superar la división social”, explicaba Putin. El mismo dirigente que inauguraba un monumento en recuerdo a las víctimas de la represión y que este verano se quejó de la “excesiva demonización” de la que era objeto Stalin. El mismo que se refirió hace meses al colapso de la URSS como “el mayor desastre geopolítico del pasado siglo”. Y alguien cuya intención, claro, está lejos de reavivar la llama de la revolución.

Y mientras se pregunta a sí mismo quién es y de dónde viene, el país se prepara para ser el centro de atención este verano, con la celebración del Mundial’18.

COLORES DEL PASADO

Resulta curioso observar cómo, en pleno debate sobre la revisión de su historia, sobre la necesidad o no de enterrar -literalmente- a Lenin, la selección rusa luce su camiseta más ‘soviética’ desde el fin de la URSS. En lo que a tendencias se refiere, el cambio está alineado con el deseo de Adidas de recuperar viejos diseños y modernizarlos, como señala perfectamente el editor de Panenka, Aitor Lagunas, en este hilo de tweets. Pero también supone la culminación de un proceso, digamos, estético que acerca cada vez más a la selección rusa al abrazo con su pasado. Todo un símbolo.

Con la separación del enorme estado soviético, y con el breve impasse de la Comunidad de Estados Independientes, la Federación Rusa empezó a competir en solitario en 1992. Al mismo tiempo, buscó potenciar los colores de la ‘nueva’ bandera tricolor (blanco, azul y rojo), originarios de principios del siglo XVIII y recuperados de los tiempos presoviéticos. El blanco, tradicionalmente reservado para la segunda equipación del uniforme soviético, pasaba a tener un protagonismo principal, el de la camiseta. Los pantalones se pintaban de azul, y el rojo, tercero en discordia, como mucho quedaba relegado a los calcetines. Del comunismo al capitalismo, el país se había vuelto del revés. Los colores solo seguían esa misma lógica de estatuas y muros que caían y promesas de mundos nuevos. El azul era el principal en la camiseta visitante, solo con un breve periodo a mediados de los 90 en el que se volvía a dar una oportunidad al rojo en la segunda equipación.

Desde 1993 y durante más de una década, y aun con los cambios en la marca responsable del diseño, esa lógica cromática se mantuvo inamovible. La selección rusa era esencialmente blanca -el color, dicho sea de paso, de los rusos contrarrevolucionarios que se enfrentaron a los bolcheviques, a la postre vencedores, durante la Guerra Civil rusa (1917-1923)-. Aunque los resultados del equipo en ese periodo fueron más bien grises, inservibles para superar la primera fase de cualquier torneo. La norma se rompió en 2008. En lo estético y en lo deportivo. Para la Eurocopa de Austria y Suiza, el equipo que por aquel entonces dirigía Guus Hiddink iba volver a asumir el rojo como color principal, acompañado, eso sí, de una bandera tricolor que atravesaba el pecho. Y, cosas de la vida, fue volver esa tonalidad a la selección rusa y pareció regresar el espíritu de los años 60 y 70, épocas en las que los chicos que jugaban con las siglas CCCP cosidas al pecho peleaban por los títulos. En el torneo de 2008, los Arshavin, Pavlyuchenko, Zhirkov y Akinfeev harían historia colándose en las semifinales, después de unos gloriosos cuartos de final ante la selección holandesa (1-3), a la que remataron en la prórroga con una memorable actuación de aquel pequeño ‘mago’ de San Petersburgo. Eso sí, ese día vestían de blanco.

Aquella generación parecía iniciar una nueva etapa para el fútbol ruso en la que finalmente se rompía con un pasado excesivamente mitificado y se daba con una personalidad fresca y propia. Pero fue un espejismo. Desde entonces, el juego y los resultados de Rusia han dejado mucho que desear. No estuvieron en el Mundial de Sudáfrica’10, y ni Dick Advocaat ni Fabio Capello ni Leonid Slutski ni Stanislav Cherchésov han sido capaces desde entonces de llevar al equipo más allá de una fase de grupos. Ni siquiera en la Copa Confederaciones del pasado verano, que disputaron en casa, un ensayo general que dejó con dudas a un combinado que en los próximos días recibirá a Argentina y España con el temor de enseñar demasiadas de sus vergüenzas futbolísticas.

La selección necesita cambiar su imagen sobre el césped, algo que no ha hecho mutar la paleta cromática de sus uniformes, que en los últimos años han ido variando solo la intensidad de un color que ha vuelto para quedarse. Y llegados a 2018, ese rojo es ya manifiestamente un regreso al pasado: la camiseta está inspirada en la que lució la URSS en los Juegos de Seúl de 1988, torneo en el que logró el oro al derrotar a Brasil en la final. Se cierra así un ciclo en lo que a diseño se refiere para la selección rusa. Un retorno, precisamente, a lo que quiso eliminar dos décadas y media atrás. Y lo hace,  en una etapa en la que el país parece querer acercarse de nuevo a esa vocación de grandeza que encarnaban los años soviéticos posteriores a la caída del imperio del Zar. Con una nueva retórica del poder -algunos la señalan como ‘imperial’- que ni bebe del zarismo ni de la vieja élite comunista, pero que se salpimenta con algunos de sus elementos más populares. ¿Es el fútbol uno de ellos?

Como ha ocurrido en España, un diseño a priori inocente en una camiseta con fecha de caducidad contribuye a que Rusia se mire en el espejo. Y, también como en España, lo hace en un momento decisivo en el que elementos transcendentales como el nacionalismo, el orgullo, la memoria o la dignidad configuran los argumentos. Pero solo son colores, ¿no?