Dos semanas después, vuelve la Champions League. No sé por qué, cuándo ni dónde, una vez confabulamos con los amigos qué diferenciaba a la Liga de la Copa de Europa. De entre todas las teorías puestas sobre la mesa, acabamos aceptando por buena una que decía que la competición doméstica era lo más parecido a una relación de pareja que teníamos todos nosotros -solteros, claro-. Algo de rutinario, mucho amor y un poco de pereza algún finde que otro. Pero el día que se cruza contigo el maldito parón de selecciones la echas de menos como a nada en el mundo. Por su parte, la Champions se asemejaba a esos esporádicos ligues. Todo más intenso, más inesperado, más vivo. Sabes que no es el pan de cada día, así que cuando está enfrente de tus narices no puedes hacer otra cosa que disfrutar del momento. Y ya delirando excesivamente, recordamos cuando otro amigo del grupo estaba obsesionado con comprarse una planta para darle vidilla a la nueva consulta de fisioterapia que había abierto. Nos dimos cuenta que la relación era muy similar a la anterior teoría. No quería comprometerse a hacer un cuidado intensivo, simplemente quería tenerla ahí para hacer bonito. Entonces se decantó por un ficus para no estar tan pendiente de él, solo tenía que regarlo una o dos veces a la semana. El ficus, incomprensiblemente, no duró ni dos telediarios vivo en aquella consulta; esta edición de la Champions, por suerte, aún tiene muchas historias que contarnos.

 

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Los caprichos del sorteo de la Champions League hicieron que Julen Lopetegui tuviera que viajar a Rusia para medirse al CSKA de Moscú en la fase de grupos. El Luzhniki, unos rusos sin nada que perder, unos españoles con mucho por demostrar. “Demasiadas coincidencias”, pensarían algunos. A medida que pasaban los minutos, más puntos en común. Los locales sobreviviendo con un gol surgido de la nada más absoluta; los visitantes deambulando el área rival como si estuvieran jugando al balonmano. Pura efectividad del CSKA; estéril posesión para el Real Madrid. Los merengues regresaron a España de la misma manera que la Selección se despidió de la Copa del Mundo. En el vuelo de vuelta, algunos de los que disputaron sendos partidos, anclados en un feo déjà vu, seguramente se preguntarían cómo podemos amar tanto a un deporte que, a días, parece odiarnos demasiado.

 

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– ¡Marty, tienes que venir conmigo!

– ¿A dónde?

– De regreso al futuro.

Bayern de Múnich y Ajax emularon a Doc y Marty McFly el pasado martes en el Allianz Arena. Bávaros y ajacied, en dos presentes muy distintos, rememoraron un pasado igual de glorioso; tiempos en los que el Viejo Continente estaba controlado única y exclusivamente por los dos grandes de Alemania y Holanda. El recuerdo de los Beckenbauer, Cruyff, Müller y compañía, por 90 minutos, regresó al futuro.

 

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Viendo el Manchester United-Valencia, mi mente, dispersa como es habitual tras los entrenos de cada martes, imaginó una guerra de trincheras. En ella aparecía el soldadet al que Manel le cantó unos versos. “Concentraos, soldaditos, sed prudentes y agarraos a la vida con las uñas y los dientes”, instruía el capitán antes de la batalla. El pelotón de Jose Mourinho, conviviendo entre los gritos de su gente. “Attack! Attack! Attack!”, coreaba el pueblo mancuniano en las gradas, impaciente ante el insulso juego de los suyos. Marcelino y su batallón, de punta en blanco, volvieron a padecer su falta de determinación en los últimos metros desde que arrancara el curso. La contienda acabó sin daños en ninguno de los dos bandos, miraron más por no ser lastimados que por atacar al rival. Y así pasaron un día más en las trincheras, un día más que siguen vivos en la Champions. Aunque conocedores de que, observando en la lejanía cómo avanzan con firmeza las tropas de la Vecchia Signora, uno de los dos, Valencia o United, perderá la guerra antes de que empiece la batalla final a partir de febrero.

 

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Decía Thierry Henry que “en el fútbol, a veces, hay que marcar goles”. Por muy evidente que parezca, no va mal recordar de vez en cuando la finalidad máxima del deporte rey. Más aún, después de ver cómo una de las plantillas con mayor pólvora ofensiva que se puede vislumbrar de punta a punta de la Tierra marchó de San Paolo sin siquiera saberse el nombre del guardián de la portería rival. El Liverpool de Jürgen Klopp, sobrepasado por el Nápoles en todas las facetas del juego, no fue capaz de disparar una sola vez a puerta en los 90 minutos de juego. Ancelotti arriesgó con cambios ofensivos; su homólogo red se tiró atrás dando paso a Fabinho. Buscó el empate y se encontró con la derrota. El grupo de la muerte, con un punto de distancia entre partenopeos, ingleses y PSG, se pone bueno, bonito y caro, muy caro.

 

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Si en Múnich un DeLorean nos condujo atrás en el tiempo, en Eindhoven fue Mauro Icardi el encargado de abrir el baúl de los recuerdos. Comandado por los goles de su capitán, el Inter cuenta sus partidos por victorias. Viejos rockeros como los Nerazzurri nunca mueren.

 

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El Atlético se alejó de los fantasmas azeríes que la pasada campaña le acompañaron a disputar las eliminatorias de la Europa League y luego ganar la competición. Ayer, ante el rival más endeble de su grupo, el Brujas, los colchoneros bailaron al ritmo de las chansons del ya eterno Charles Aznavour. La grada del Metropolitano se rindió a los pies de Thomas Lemar en su mejor actuación como rojiblanco tatareando J’en déduis que je t’aime (Yo deduzco que te amo) y cantó los dos goles de Antoine Griezmann recitando Toi et moi (Tú y yo). Para el Cholo, la noche del miércoles fue, simplemente, Formidable.

 

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¿Y Messi? Messi come aparte.