Los clubes de fútbol son un fiel reflejo de la sociedad que los sustenta. El Valencia nació en una horchatería, en plenas estas falleras, y ha vivido durante 97 años de forma ciclotímica, con etapas eufóricas y periodos depresivos, como si sus años salvajes se cimentaran en una sucesión infinita de juergas y resacas. Valencia es una ciudad festiva, nocturna y excesiva, una ciudad que inventó ‘la ruta del bakalao’ y sus fines de semana eternos, una ciudad en la que cada uno intenta divertirse lo mejor que puede sin molestar al prójimo. Porque en Valencia la vida privada de los otros es algo tan personal que ha tenido gobernantes adictos al sexo sin que nadie lo haya proclamado a los cuatro vientos o autoridades homosexuales a las que nunca se les obligó a salir del armario.

Tras la oscura noche del franquismo, Valencia despertó dividida por una absurda guerra de símbolos -entre quienes defendían la bandera cuatribarrada como enseña de la región y los que propugnaban un estandarte que se diferenciara del de Catalunya- y, sobre todo, recuperando su espíritu festivo, hasta llenar la ciudad de discotecas y bares en los que disfrutar de las interminables noches valencianas y rescatar del olvido y la degradación al casco antiguo. Los valencianos se lanzaron a la calle y también recuperaron la ilusión por el fútbol, perdida progresivamente después de una etapa de gloria a comienzos de la década, gracias a uno de esos empresarios que, de vez en cuando, surgen en la ciudad con el propósito de convertir el club en un grande a fuerza de desenfundar la chequera. El de la Transición se llamaba José Ramos Costa y tiró de talonario para formar un equipo plagado de estrellas que infundía temor solo con recitar sus nombres. Rep, Diarte y Kempes formaban un frente de ataque del nivel de la mítica delantera eléctrica de los años 40 y su impacto fue tan grande que el equipo comenzó la liga como un cohete, con tres triunfos y un empate en los cuatro primeros partidos de liga. La formidable tripleta goleaba de día y festejaba de noche, ya que los tres eran asiduos de una de las discotecas de moda de la ciudad. Pero los devaneos nocturnos de las estrellas valencianistas nunca han sido un problema para la afición. ‘Mientras rindan en el campo, que hagan lo que quieran en su tiempo libre’, ha sido siempre la filosofía de la grada. La vida nocturna de la ‘delantera atómica’ no fue el único espejo de lo que sucedía en las calles de la ciudad. Ramos Costa tomó partido en la guerra de símbolos alineándose con aquellos que defendían el secesionismo lingüístico y la bandera con franja azul, lo que etiquetó al Valencia como un equipo de derechas, anuló la transversalidad ideológica de una entidad que jamás se había pronunciado a favor ni en contra de una opción política y desterró de la grada a una parte importante de la progresía, que abrazó sin disimulo la fe barcelonista como símbolo de una resistencia inútil.

Los devaneos nocturnos de las estrellas valencianistas nunca han sido un problema para la afición de Mestalla

La fiesta de aquel proyecto duró cinco años y cosechó un botín de una Copa, una Recopa y una Supercopa de Europa, títulos pírricos para el potencial de la plantilla. Pero la resaca fue terrible. El ritmo de gasto de la directiva de Ramos Costa no cesó hasta que la sociedad valenciana comenzó a darle la espalda al equipo y dejó de acudir a Mestalla, lo que, unido a la millonaria inversión que supuso reformar el estadio para albergar el Mundial de 1982, llevó al club a la bancarrota y el equipo a la Segunda División.

Serà per diners? (¿serà por dinero?)” es una de las frases que definen la idiosincrasia valenciana. Habla de la generosidad de un pueblo al que no le gustan las medias tintas: o se ahorra con denuedo o se derrocha sin freno. La afición valencianista ha hecho suya esta filosofía y lo que no soporta es un equipo mediocre, que no dispute títulos o pelee por salvar el culo. La mejor representación de esta forma de vivir se dio en el año en que el Valencia jugó en Segunda: el número de socios aumentó y la asistencia media a Mestalla en la peculiar temporada en el infierno superó a la de casi todos los campos de Primera. De nuevo, la euforia sucedió a la depresión. El ascenso del Valencia a la categoría que nunca debió perder coincidió con la entronización de la ciudad como paraíso de la esta. El Barrio del Carme, ‘la ruta del bakalao’ y los flexibles horarios de cierre de los bares y discotecas convirtieron a Valencia en centro de peregrinación de los noctívagos de todo el mundo, que acudían los fines de semana a la ciudad para vivir una juerga que duraba 50 horas. Venían sin hotel -no lo necesitaban porque no dormían-, con muchas ganas de divertirse y con el ánimo dispuesto a beber y drogarse hasta que el domingo por la noche los devolviera a la cruda realidad de sus vidas. Una invasión de émulos de Tony Manero que convirtió Valencia en una infinita fiebre del viernes y sábado noche, aunque con música de Chimo Bayo en lugar de la de los Bee Gees.

La juerga infinita se trasladó también a Mestalla gracias a un equipo que, en su segunda temporada después de volver a la élite, se situó de nuevo entre los grandes. Lo entrenaba el adusto Víctor Espárrago, un personaje ideal para lidiar con futbolistas amigos de la esta, ya que fue el técnico que mejor rendimiento sacó del, en apariencia indomable, ‘Mágico’ González. Y es que en aquella plantilla había futbolistas como Quique Sánchez Flores, amo tanto de la noche como de la banda derecha, o Lubo Penev, llegado de la Bulgaria del Telón de Acero y asiduo de la compañía femenina de pago como buen converso a una sociedad capitalista en la que todo se podía comprar con dinero. Otra vez, la afición valencianista lo erigió en su ídolo, no solo por su extraordinario rendimiento en el terreno de juego, sino porque era el epítome del “serà per diners?“.

VALDEZ VALENCIA 1976 CON REP Y KEITA

Sobra la pasta

El club recuperó solvencia económica, pero faltaban los títulos. Y ya se sabe que la sociedad valenciana no soporta las medianías. Así que al adusto Espárrago lo sustituyó el sonriente Guus Hiddink, que llegó con la vitola de haber hecho campeón de Europa al PSV y con la convicción de que viviría en una ciudad festiva. El técnico holandés construyó un equipo alegre, que jugaba un fútbol de salón pero que sucumbía en las citas importantes, a imagen y semejanza suya. Hiddink se instaló en un hotel junto a la playa y se adaptó con inusitada rapidez a la ciudad. Sobre todo a su vida nocturna. Y como la ciudad empezaba a vislumbrar las consecuencias de la resaca de ‘la ruta del bakalao’, que había dejado un reguero de accidentes de circulación y un extenso cuadro de secuelas por las drogas ingeridas, la repetida obcecación del equipo de Hiddink por no pasar de una simple clasificación para la Copa de la UEFA acabó pasando factura al holandés vividor.

Su salida coincidió con la llegada al club de otro de esos empresarios salvapatrias que tanto ilusionan a la masa valencianista. Éste se llamaba Paco Roig, tenía una lengua afilada, un carácter impetuoso y una enorme capacidad para embaucar al aficionado a base de promesas en forma de rutilantes fichajes. El más deseado de todos ellos fue el de Romario, un delantero que se movía con el mismo desparpajo en el área como en las pistas de baile de las discotecas. El ariete brasileño, en las dos breves etapas en las que militó en el club, ejemplificó como nadie la esquizofrenia del valencianismo: se amaba su carácter fiestero pero a la vez se le reprochaba, porque rendía poco en el terreno de juego, su rebeldía con los entrenadores con los que coincidió. No obstante, Romario se convirtió en el involuntario verdugo de Paco Roig, que dejaría el cargo en 1997, en una situación que hacía prever una nueva ola depresiva.

Pero los arrebatos depresivos se curan con dinero y, en Valencia, en aquellos años, parecía sobrar la pasta. El Partido Popular se había consolidado en el poder y su estrategia para perpetuarse en el gobierno consistió en organizar grandes fastos para proyectar Valencia en el resto del mundo: una Copa América de vela por aquí, una visita del Papa por allá, un gran premio de Fórmula-1 por acullá. Y el Valencia CF se convirtió en un evento más, una atracción turística para promocionar la Comunidad Valenciana y un instrumento propagandístico fabuloso para los gobernantes. Eduardo Zaplana, presidente de la Generalitat entre 1995 y 2002 y fundador de la peña madridista de Benidorm, se convirtió por arte de magia al valencianismo y comenzó a aparecer en la televisión autonómica celebrando cada vez que el equipo lograba una gesta, ya fuera una final de la Champions, ya fuera un título de liga. Y esa súbita fiebre valencianista se vio refrendada por el apoyo económico de la Generalitat al club. En esa época en la que daba la impresión de que los valencianos ataban a sus perros con longanizas y encendían sus caros cigarros con billetes de mil pesetas, el Valencia vivió los mejores años de su historia, con dos títulos de Liga, dos finales de Champions, una Copa de la UEFA, dos Copas, una Supercopa de España y otra de Europa.

En esa época en la que daba la impresión de que los valencianos encendían sus caros cigarros con billetes, el Valencia vivió sus mejores años

Sin embargo, un día el sueño de la Valencia ‘en la vanguardia del mundo’, como vendían sus gobernantes, se desvaneció. Llegó la crisis económica, afloraron decenas de casos de corrupción y Valencia se convirtió en un páramo. Lo que unos años antes era un escaparate de abundancia y bienestar se transformó, de la noche a la mañana, en comercios cerrados, calles desiertas y escasez económica. El Valencia, como no podía ser de otra manera, cayó en la misma crisis que la sociedad que lo sustentaba y acabó en manos de un empresario de Singapur con mínimos conocimientos de fútbol y un consejo de asesores sospechoso de velar más por sus propios intereses que por los del magnate asiático o el club que había comprado. A esa situación no se llegó por arte de magia. Juan Soler, un empresario valenciano con ínfulas de salvapatrias y aptitud de zoquete, se hizo cargo del club en el momento en que la entidad tocaba la gloria y, en solo cuatro años, lo llevó a la ruina. Dilapidó millones de euros en futbolistas de medio pelo y, en consonancia con el espíritu que respira la ciudad, construyó un equipo que jugaba mejor por las noches en las discotecas y bares de moda que en el campo. Cuando Soler dejó el club, aconsejado por los capitostes de la Generalitat, el Valencia se convirtió en cabeza de ratón durante unos años, el equipo que ganaba la liga que no jugaban Madrid y Barcelona.

El artífice de aquello, que la afición del Valencia consideraba una obligación y ahora ve con nostalgia, fue Unai Emery, un técnico joven y amigo de la noche, que acostumbraba a salir de juerga con sus futbolistas y no los regañaba si llegaban tarde o borrachos a los entrenamientos del día siguiente. Sin darse mucha cuenta, el Valencia juntó una de las plantillas más golfas que se recuerdan, con Mathieu y sus cigarrillos, Miguel y sus peleas callejeras, Alexis y Silva y sus noches de cubatas o, sobre todo, Banega y sus decenas de historias raras (desde grabar un vídeo masturbándose hasta atropellarse a sí mismo), al que la afición nunca le perdonó que no fuera el jugador que prometía ser. Porque en la ciudad de la fiesta infinita, la que nunca reprochó a Kempes, Penev o Romario su amor a la noche, ese es el único rasero para medir la estima de un futbolista.


Este reportaje está extraído del interior del #Panenka49, un número que dedicamos al Valencia y que todavía puedes conseguir aquí.