Puyol en Sudáfrica, Van Persie en Brasil, Chicharito de espaldas al Stoke City o Van Basten contra el Madrid en 1989. Todos estos tantos tienen un nexo común: se marcaron de cabeza –y de qué manera-. Cabecear el balón es un arte que no todos dominan. El golpeo de la pelota se ralentiza en nuestra memoria, el marcador se congela y el ruido de la grada se insonoriza. Son casi tan perfectos como los que se marcan en el 90, aquellos que nos recuerdan el porqué de nuestra pasión por este deporte.

Ahora imaginemos que todo se desvanece, como un sueño pasajero del que acabamos de despertar. ¿Qué pasaría con un fútbol sin su cabeza, donde todo se juega con los pies? Seguramente no sería lo mismo. Pero ¿y si éste conllevara serios daños cerebrales, consideraríamos rechazar una parte tan esencial de su juego?

La relación entre las enfermedades cerebrales y el cabeceo del balón se ha ido planteando a lo largo de los últimos años, pero como con todo en la vida, hasta que un famoso no lo denuncia no se empieza a escuchar. Fue Alan Shearer, junto con la BBC, el que se encargó de llevar la noticia a las pantallas de los espectadores británicos. Football, Dementia & Me es un maravilloso documental donde el ex del Newcastle intenta buscar una conexión entre la demencia y el fútbol, a la vez que aclara sus propias dudas y preocupaciones sobre el tema.

La demencia no es una enfermedad específica, sino un término que engloba síntomas relacionados con la pérdida y deterioro de la memoria. Tal puede ser el daño causado al cerebro que las víctimas llegan a olvidar cosas cotidianas y rutinarias. El daño va aumentando progresivamente y puede provocar problemas de comunicación o incluso pérdida de percepción visual.

Tras 60 minutos de idas y venidas, de búsquedas, charlas con expertos y entrevistas con familias de afectados, la conclusión fue clara: no hay suficientes pruebas que garanticen una correlación entre la demencia y el fútbol. Faltan estudios, falta financiación, falta preocupación.“It’s a tough game, it’s a brilliant game, it’s known as our beautiful game, but let’s make sure it’s not a killer game”. (Es un juego duro, brillante, conocido como jogo bonito, pero evitemos que sea un juego que mate), decía Shearer.

Uno de los grandes temas tratados en el documental es el caso de Jeff Astle, jugador del West Bromwich Albion conocido por ser uno de los grandes cabeceadores de su época. Astle murió ahogado debido a una enfermedad degenerativa en su cerebro. Su hija Dawn, entrevistada por Shearer en el documental, vivió esa escena y culpa al fútbol de haber matado a su padre.

Cuando Astle jugaba, todavía se usaban los esféricos de cuero, bastante más pesados que los actuales sobre todo si llovía, pues su peso incrementaba por partida doble. Los constantes cabezazos a balones pesados, las colisiones sin un tratamiento adecuado y la propia lluvia, podrían haber provocado a toda esta generación de futbolistas que participaron en el Mundial de 1966 daños irreparables en el cerebro.

Cada vez la industria se moderniza más y tiene todos estos factores en cuenta: la ligereza de las botas, de los balones, equipo médico muy minucioso y preparado…. La prensa inglesa, conocida por ser más dura que un dia sin pan, achacó a las federaciones que no se involucraran en el estudio y financiación de la demencia en el fútbol después de ejemplos como el de Astle. Si hay un caso, puede haber cientos. Como con muchas otras cosas, el fútbol se hace el sueco.

En 2015 los estadounidenses prohibieron que se cabeceara en el fútbol infantil para evitar posibles daños cerebrales. Alan Shearer preguntó a John Terry en Football, Dementia & Me si estaba preocupado por el futuro de su hija, futbolista en el Chelsea. El jugador fue honesto, y dijo que incentivaba a su niña a que golpeara el balón con la cabeza. Hasta que no hubiese pruebas claras o un estudio que asegurase que el cabeceo era el único y solo causante de los posibles daños cerebrales, no diría lo contrario a su pequeña.

En Inglaterra no se han seguido los pasos de Estados Unidos, por lo menos hasta que no se sepa a ciencia cierta que los cerebros de los futbolistas sufren más daños degenerativos que los del resto de humanos. Para ello se necesitan más pruebas y estudios. Lo que si que se ha aplicado son ciertas medidas preventivas, sobre todo en los entrenamientos, donde se sospecha que el daño podría ser mayor. El uso de softballs o de una práctica más rigurosa de la técnica estaría entre ellas.

Shearer, máximo goleador de la historia de la Premier League con 260 tantos, marcó 46 de ellos de cabeza. Además de tener un encantador acento geordie, el exfutbolista muestra su lado más humano en el documental. Sus miedos de padecer una enfermedad cerebral derivada del fútbol son reales. Su preocupación por el tema es necesaria, y no ha sido en vano.

Football, Dementia & Me ha generado debate, discusión y ha conseguido remover las conciencias de muchas cabezas gordas del futbol inglés. La FA (Football Association) y la PFA (Professional Footballers’ Association) anunciaron hace un par de días que iban a financiar un estudio independiente en exfutbolistas para investigar posibles casos de demencia. A partir de enero del próximo año se pondrán manos en la masa para inspeccionar alrededor de 15.000 cerebros de antiguos jugadores y comparar los resultados con aquellos de la población media.

La memoria es tan traicionera como maravillosa. Ella decide qué guarda en el baúl y qué mantiene vivo. Mantengamos entonces viva la idea de que la demencia puede afectar a los jugadores. Si queremos buen fútbol, habrá que jugar con cabeza.