A ritmo de ¡’Xuacu’ ye Dios!, ¡¿tú quién yes?! Así es como le empezaron a cantar los Ultra Boys a Joaquín Alonso un día que se desplazaron a un partido de su Sporting de Gijón en Logroño. En aquella mítica escena, el marcador registraba un 0-1 a favor de los asturianos, mientras el gran capitán se acercaba a la grada de su equipo para hacer un saque de banda. A este tipo fornido, de fisonomía griega, se le subieron los colores cuando empezó a escuchar este cántico de agradecimiento. Su reacción automática fue la de una sonrisa que dibujaba las palabras: ¿es cierto lo que oyen mis oídos? Entre la incredulidad y el orgullo, en aquel mismo instante, Joaquín supo que aquel día su leyenda iba a pasar de generación en generación.

Al igual que el ¡Illa, Illa, Illa, Juanito Maravilla! con el que el Real Madrid no ha dejado de recordar al hombre que se dejaba la piel por su club, este estudiante de segundo curso de Ciencias Empresariales se había reservado un boleto hacia la eternidad de su afición. No en vano, estamos hablando del jugador que más veces ha portado la elástica del Sporting de Gijón, nada menos que 479 en Liga, repartidas en 16 años. De la temporada 1976-77 a la 1991-92, su lealtad por el equipo de su tierra enalteció lo que se entiende como ‘un jugador de club’.

Este tipo con dotes de almirante a lo largo y ancho del césped, contaba con esa virtud en extinción: la sabiduría de la experiencia. A cada temporada que pasaba, su juego ganaba en matices. Joaquín era como el buen whisky de barrica: con los años sabía mejor. Que un jugador de fútbol alcance su plenitud futbolística con 32 años es un caso digno de Expediente X. Así fue en la temporada 1987-1988, en la que, a sus dotes como timón del juego ofensivo, añadió la nada desdeñable cifra de 15 goles a su casillero. Semejante hazaña le sirvió para retornar a la selección española tras seis años de exilio propiciados por el fracaso de la Roja en el Mundial de 1982. Para cualquier descalabro, siempre es necesario uno o varios cabezas de turco. Y en aquella ocasión, Joaquín fue uno de los damnificados. Crucificado por la prensa madrileña, sufrió una injusticia de esas que acabarían con la moral de cualquier otro. Pero él estaba hecho de otra pasta.

El pasaporte hacia la selección en aquella ocasión tan señalada se lo había ganado con creces. Dos finales de Copas del Rey consecutivas, en las temporadas 1980-81 y 1981-82, aunque perdidas por la mínima, rubricaron la excelencia futbolística de un tipo que blandía la humildad por bandera.

Descubierto por Enrique Casas, el gran ojeador de la escuela de Mareo, Joaquín llegó al fútbol por sus dotes naturales balompédicas. No fue por una necesidad natural. Sin embargo, su mezcla entre compromiso y amor incondicional por sus colores calaron muy hondo. Poco antes de su participación en el Mundial 1982, era entrevistado desde las páginas de El País. En cada una de las respuestas del astur, se puede saborear la humanidad de un ser consciente de su suerte y agradecido por la misma. A mí la afición por el fútbol me la inculcó mi padre, cuando yo era aún pequeño, pero mi vida profesional empezó tardía. Ser profesional del fútbol en la actualidad es para mí una lotería, porque a fin de cuentas me gano la vida en los estadios, pero por encima de todo es a mi afición por el fútbol a lo que le doy gusto. Yo estoy seguro de que si ahora trabajara en una empresa, seguiría jugando al fútbol como aficionado”.

Aunque su debut con España se produjo en 1979, Joaquín no destacó a las primeras de cambio. La sensación de lentitud que desprendían sus movimientos sobre el césped llevaba al despiste. Sin embargo, su enorme zancada podía tomar velocidad de crucero en cuanto desplegaba alguna de sus míticas incursiones al corazón del área rival. De técnica exquisita, intentar robarle el cuero requería de mucho ingenio y santa paciencia.

Un diez en toda regla, su inteligencia para abrir el juego y surtir de pases medidos a aliados como Mesa y Abel hacía que abarcara gran parte del centro del campo. No obstante, no fue hasta el subcampeonato liguero cosechado en la 1978-79 que Joaquín comenzó a jugar por el centro. En sus dos primeros años como sportinguista, su zona habitual era el costado derecho. Esta posición limitaba en demasía su panorámica visión de juego. Mientras jugó en dicha posición, Joaquín fue criticado por su afición, que no entendía el empecinamiento de Vicente Miera en confiar en este chavalín con cara de pedazo de pan. Pero el míster no estaba errado; no tenía más que reubicarlo. Y de ahí a la gran eclosión. La misma que le llevo a ser el surtidor principal de balones a Quini, el gran ídolo local, en aquella mítica temporada, que cerraba la década de los 70 con el Sporting de Gijón a la altura del Athletic, Real Madrid y F.C. Barcelona.

De tener como mentor a Quini, a serlo de Luis Enrique, Juanele y Felipe Miñambres. A Joaquín le tenían más respeto que al entrenador del equipo. Y si no que se lo pregunten a Avelino, que, nada más llegar al primer equipo, lo expresó con total sinceridad… Y es que al ‘Xuacu’ le escuchaban todos como si fuera Moisés. Cundi, Ciriaco, Zurdi, Abelardo. Todos. Y eso que había nacido en tierras enemigas… Pero ni la casualidad de tener Oviedo con lugar de nacimiento en el D.N.I. podrá empañar jamás las lecciones de un líder natural de los que, desgraciadamente, ya no se estilan.