Solemos correr el riesgo de confundir a Italia, a la Italia de siempre, con una piedra. Alerta. Reducciones de este tipo suelen ser peligrosas. Más cuando se maneja el género italiano, inflamable como pocos. Si tenemos a la Azzurra entre dientes, nunca hay que confiarse. Porque todo lo que podremos decir sobre ella será verdad, y a la vez, mentira. Italia no luce. Italia es tacaña. Italia, si pudiera, jugaría con 12, todos zagueros. Italia pierde siempre, salvo cuando gana. Italia es encerrarse, apagar la luz y dejar que corran los minutos. Para Italia, el balón solo es un accesorio más del fútbol, como la línea de banda, los cordones de las botas o el Limoncello de después del partido. Italia es aparecer en el acta con tres puntos y cero disparos. Italia es sudor y es cálculo. Italia, sobre todo, son cojones, que si hace falta también se despejan para que los persiga un delantero. ¿Estamos en lo cierto? Sí, totalmente. Y no, por supuesto.

Italia es Italia. Dejémoslo así, en punto muerto, para que la idea no se cale. No hay misterio más grande en toda Europa que el que envuelve a la esencia del fútbol italiano, su identidad, un código genético tan difícil de descifrar como resistente al avance  de las décadas. Tal vez por eso insistimos en salpicarlo de ideas medio-huecas y de prejuicios. Porque no alcanzamos a entenderlo, porque no nos cuadra. Y tal vez por eso no hay ejercicio más divertido, y temerario, que compartir todas esas inquietudes con alguien que haya nacido en ese país que tenemos muy cerca pero al que observamos con los ojos achinados, como si quedara a lo lejos.

Federico Mastrolilli es escritor, tiene 32 años y vive en Roma. Acaba de publicar Olio di Canfora (Edizioni inContropiede), un libro en el que se recopilan diversos relatos literarios sobre las 24 selecciones que estos días se están jugando su futuro en Francia. “La idea era reflexionar sobre todos los equipos pero ver también como se reflejaban en ellos los rasgos propios del país que representan”, expone Mastrolilli, que al mismo tiempo precisa que su objetivo era que los textos se convirtieran en una especie de tatuaje distintivo de cada uno de los combinados nacionales.  La publicación, que de momento no ha sido traducida al castellano, empezó a incubarse en las ondas, pues el autor colaboró durante meses en un programa de Radio Populare, una histórica emisora de Milan, narrando breves cuentos personales sobre los integrantes de la Eurocopa. La iniciativa cuajó entre los oyentes, y de ahí a que luego se decidiera trasladarla al papel.

 

“Nosotros entrábamos duro, perdíamos tiempo, lanzábamos el balón al mar… Y en cambio ellos se lo pasaban en la arena como si estuvieran jugando sobre césped”

 

La identidad no es un concepto que coja de improviso a Mastrolilli. Todo lo contrario. En sus escritos, que no dejan de ser un collage de sus viajes, de sus conversaciones con amigos y de sus lecturas, persigue obsesivamente aquellos pequeños detalles que ayuden al lector a diferenciar los rasgos genuinos que tejen la personalidad de cada nación y, en consecuencia, de cada conjunto. Una búsqueda, sin embargo, que no siempre se resuelve con facilidad. “El fútbol de nuestro continente se ha mezclado mucho estos últimos años, se ha uniformado”, cuenta. “De hecho, podemos decir que solo quedan dos escuelas auténticas y fácilmente distinguibles: la italiana y la española”.

Para hablar de esta última, el escritor se sirve en el libro de un viaje que hizo con unos colegas en 2002 por la costa de Catalunya. Una tarde estaban tomando el sol en una playa de Tarragona y un grupo de chavales locales se acercaron a ellos para retarles a un partido. Por aquel entonces, el fútbol español todavía deambulaba por una etapa bastante gris de su historia, pero Mastrolilli confiesa que ese día vivió una suerte de epifanía. “Nosotros entrábamos duro, perdíamos tiempo, lanzábamos el balón al mar… Y en cambio ellos se lo pasaban en la arena como si estuvieran jugando sobre césped. Nos dieron una clase de cómo se trataba con gusto a la pelota”.

Sobre la otra escuela, la de su país, Mastrolilli prescinde de anécdotas y va directo al grano: “Italia juega tal y como es su población. De manera pilla, un poco rácana, pero con mucho corazón”.

¿Y eso es suficiente para articular una literatura propia, para acorazar a la selección con una narrativa potente y valiosa? En ocasiones, da la sensación que el fútbol solo genera un discurso lo suficientemente duradero cuando es vistoso o cuando se manifiesta en la derrota. La Azzurra no ha frecuentado nunca ninguna de esas dos orillas: sus equipos no han pasado por ser los más espectaculares, ni mucho menos han arrastrado la etiqueta de perdedores. Sin embargo, siguen ahí, anclados en la memoria colectiva. Volviendo al principio de esta pieza, le pregunto a Mastrolilli por esa supuesta frialdad con la que el mundo se mira a Italia, una coleccionista de grandes éxitos que sin embargo avanza en el tiempo a oscuras, sin dejar nada por el camino. “Pero es que nosotros tenemos el conflicto. Lo que más define a Italia, para mí, es el conflicto. Vengo muy a menudo a Barcelona, y soy un espectador privilegiado de las diferencias que existen entre vuestro país y el nuestro. Yo veo que España es un país mucho más pacífico, mucho más tranquilo y estático. Pero en cambio el mío es un país muy animoso, es más salvaje, te obliga a estar todo el tiempo pendiente de tu entorno”, razona el autor.

El fútbol como detonante de conflictos y, a su vez, como principal medio para diluirlos. He aquí uno de los principales ejes que sustentan el poder seductor que se esconde detrás de la inquebrantable identidad de la selección italiana. La disputa y la reconciliación como motores argumentales de una biografía más poética de lo que la mayoría piensa.

 

“Italia juega tal y como es su población. De manera pilla, un poco rácana, pero con mucho corazón”

 

Según cuenta Mastrolilli, el fenómeno, actualmente, ha vuelto a hacerse muy visible. El fútbol italiano, a nivel de clubes, dibuja una escena en la que las rivalidades entre conjuntos e hinchadas están muy marcadas. Justamente por este motivo, fueron muchos los habitantes del país que no encajaron positivamente la designación de Antonio Conte como entrenador del combinado nacional, puesto que el técnico dejó claro desde su primer encuentro que iba a conformar su columna vertebral con los jugadores de confianza que ya le habían catapultado a los triunfos cuando se sentaba en el banquillo de la Juventus. Aun así, a la que el balón echó a rodar en Francia, y después de que los italianos tuvieran un estreno contundente contra la prometedora Bélgica, esos posicionamientos críticos empezaron a difuminarse. Así lo resume el propio Mastrolilli: “Ya pasaba con Berlusconi, que ganaba con mayoría en las urnas y luego no te encontrabas a nadie en la calle que te dijera que lo había votado. Con esta selección todos te decían que tenían dudas, que no les gustaba Conte, pero cuando llegó la hora del partido…”.

Pues eso. Italia. Una manera de ser, en el fútbol y en la vida, que insiste en perpetuarse. En los últimos grandes campeonatos internacionales, los ‘azurri’ se atrevieron a otear nuevos horizontes, apostando sobre el terreno de juego por un estilo más abierto y asociativo. El experimento apenas duró algún tiempo. Fue un espejismo. Por suerte, dirán algunos. Y es que, aunque a los vecinos nos cueste digerirlo, tampoco hay nada más literario que el negarse a cambiar ante la desaprobación ajena.

 

federico-mastrolilliFederico Mastrolilli es uno de los escritores jóvenes más prometedores del panorama italiano. Dueño de un estilo fresco, auténtico y bastante autobiográfico, su pasión por el fútbol se refleja constantemente en el interior de sus textos. Desde hace seis años escribe en un blog, Lacrime di Borguetti, en el que se amontonan historias que reinvindican que el deporte es algo más que un mero pasatiempo.