Hablar de Ryan Giggs es hablar del Manchester United. Las últimas dos décadas de la existencia de uno y otro no se entienden por separado. Desde que el galés se despidió de Old Trafford el número ’11’ de la camiseta no tiene el mismo valor, la banda izquierda de su ataque ha perdido glamour y la afición echa de menos eso de Ryan Giggs, Ryan Giggs, running down the wing / Loved by the reds, feared by the blues / Ryan Giggs, Ryan Giggs, Ryan Giggs”. La leyenda cumple hoy 44 años, es la cuarta vez que sopla las velas lejos de los terrenos de juego, donde se convirtió en uno de los tipos más exitosos e inolvidables del deporte rey.

Todo empezó contra el Everton

La historia del Ryan Giggs futbolista empezó en un Manchester United en construcción. Sir Alex Ferguson llevaba unos pocos años en el club y los títulos aún no se habían acercado a Old Trafford. Los ‘red devils’ sumaban más de dos décadas sin saborear el éxito en la First Division y desde 1968 solo acumulaban tres subcampeonatos. Está claro que no era la situación idónea para ver escalar a una joven promesa, otorgándole minutos y oportunidades en una etapa en la que los resultados suelen prevalecer sobre la formación de futuras estrellas. El caso de Ryan Giggs era diferente y pronto lo demostró. Debutó un 2 de marzo de 1991 en el Teatro de los Sueños en una derrota ante el Everton por 0-2 y en el siguiente partido que disputó, en el derbi de Mánchester, firmó su primer gol como ‘red devil’. Apenas contaba con 17 ‘primaveras’ a sus espaldas, pero Ferguson se mantuvo convencido de que ese galés contaba con algo especial. Sus pintas de chico bueno, con el pelo rizado y con una cara de buen niño que invitaban a pensar que nunca había roto un plato ni se había saltado una clase de matemáticas, eran una farsa. En su primer curso solo disputó dos encuentros, los suficientes para demostrar que había engañado a todos. Sobre el césped ese chaval se volvía una amenaza constante. Su velocidad atrofiaba las defensas, su regate humillaba a cualquiera y el desparpajo que mostraba al saltar al campo no era normal para la edad que mostraba su carnet de identidad. Había nacido una estrella, pero lo que no imaginaban en Mánchester era que ese crío iba a ser lo que es hoy en día, una de las mayores leyendas que han pasado por el club.

Fergie Babe

La primera gran camada de cachorros mancunianos surgió a mediados del siglo pasado. Sir Matt Busby decidió darle la alternativa a un grapado de jóvenes que llamaban a la puerta para ser los buques insignia de Old Trafford durante los años 60. Duncan Edwards, Eddie Colman, David Pegg y Billy Whelan eran algunos de los jóvenes llamados a marcar una época, pero la historia de aquella generación acabó en tragedia un frío 6 de febrero en Múnich, cuando el avión que debía devolver al Manchester United a casa después de un encuentro de la Copa de Europa falló en su tercer intento de despegue y se llevó la vida de 44 pasajeros -ocho de ellos futbolistas-. Casi cuatro décadas después, el club se encontraba en una situación de características similares, aunque sin tragedias de por medio. Acumulaba años sin estar donde a la entidad le correspondía, los éxitos brillaban por su ausencia y la fábrica de jóvenes talentos parecía haber echado el cierre. En 1992, Sir Alex siguió el patrón que años atrás había utilizado el otro gran entrenador de la historia del club; de los Busby Babes a los Fergie Babes. Miró hacia los renacuajos y redescubrió la pócima perfecta para devolver al United a la lucha por los títulos. Ryan Giggs, David Beckham, Paul Scholes, Nicky Butt, y los hermanos Phil y Gary Neville recuperaron la esencia que Múnich le robó al conjunto mancuniano. Y si en los 60 fue Bobby Charlton el joven que se convirtió en historia viva de los ‘red devils’, Ryan Giggs recogió el testigo a finales de siglo para ser ídolo sempiterno en el único sitio que le vio jugar al fútbol como local.

La relación con el entrenador que le dirigió durante la mayor parte de su carrera -a excepción del último curso bajo el mando de David Moyes- empezó mucho tiempo atrás. Sir Alex Ferguson se quedó prendado de su juego cuando iniciaba su etapa adolescente: “Recuerdo la primera vez que vi a Giggs. Tenía 13 años y se movía por el césped como un cocker spaniel persiguiendo un trozo de papel plateado en el viento”. Por aquel entonces Ryan no era Giggs. Era Ryan Wilson -cambió el apellido de su padre por el de su madre de soltera- y llegó a Mánchester debido a que su padre, Danny Wilson, seguía su carrera como profesional del rugby en esa ciudad. El joven Ryan inició su etapa en Inglaterra en las categorías inferiores del City, pero pronto Alex Ferguson saldría al rescate para verlo vestido de ‘red devil’. Así surgió la relación entre dos de los hombres más respetados en Old Trafford. Uno, el que más veces se ha sentado en el banquillo; el otro, el que más ocasiones ha defendido los colores del club sobre el césped. Y juntos, durante 23 años, escribieron las páginas más exitosas del Manchester United.

Un palmarés de ensueño

El número de títulos no siempre es estrictamente proporcional al legado que uno deja en su haber. Pero, en según qué casos, se puede valorar como una demostración del éxito que se ha tenido durante la estancia en un lugar. Mirando la vitrina de Ryan Giggs es fácil observar que la figura del galés y su colección de títulos han ido al unísono desde que iniciara su carrera a principios de los 90 hasta el último de sus más de mil encuentros. Únicamente en una ocasión estuvo más de dos cursos consecutivos sin coronarse como campeón de la Premier League, prueba irrefutable de que, siendo él protagonista siempre en el equipo, el Manchester United dominó a su antojo la competición doméstica durante toda su etapa como futbolista. De hecho, más de la mitad de los años que jugó en la Premier League -hasta un total de 13 ocasiones- acabó con los red devils por delante de los otros 19 equipos ingleses, un dato poco, o nada, recurrente que reafirma la superioridad de Giggs y compañía hasta que Sir Alex pusiera el fin a sus días como entrenador.

Quizá el único ‘pero’ (si es que se le puede poner alguno) a un brillante palmarés como el que tiene el galés, es que más allá de las Islas Británicas el número de títulos, aunque no escaso, tampoco presume de ser escandaloso. Conquistó Europa en 1999 y en 2008, algo que muchos grandes futbolistas nunca llegaron a hacer, y pudieron haber sido más ocasiones en el caso de no haber coincidido con el Barcelona de Pep Guardiola, que le arrebató otras dos ‘orejonas’. También sumó a su palmarés una Intercontinental y un Mundial de Clubes. Pero esa sensación de superioridad aplastante que dejó en Inglaterra nunca acabó de expandirse de la misma manera por el Viejo Continente. De todos modos, la envidiable lista de triunfos que acumuló Ryan Giggs a lo largo de sus años como futbolista le sitúan entre los más laureados del deporte rey, un reflejo del carácter ganador que se le vio siempre cuando salía al césped.

24 años sobre el césped. Un solo color

La edad no perdona. La electricidad se consume, el vértigo aminora y la explosividad se difumina con el pasar de los años. Mientras van muriendo esas cualidades, la experiencia juega sus cartas, las pocas que quedan en la mano, de la mejor manera posible. En algunos casos la baraja no ayuda y el fin de la partida pinta más oscuro que claro. Otros futbolistas saben moverse a la perfección con últimas jugadas maestras aunque los ases se hayan ido perdiendo por el camino. Ryan Giggs es de este segundo grupo. Sus 24 temporadas al máximo nivel, con más de un millar de partidos en sus botas -963 vestido del rojo mancuniano y otros 64 con el mismo color en defensa de Gales-, son la evidencia de que supo transformar su juego a medida que sumaba años. Si empezaba a faltar velocidad en las piernas, lo suplía con una mayor rapidez en su cabeza. Ya no regateaba como aquel chavalín venido de Cardiff y se decidió por darle más precisión a su juego de combinación. A cada ‘contra’ que se añadía en la lista, él le sumaba un par de ‘pros’ para alargar su estancia en el Teatro de los Sueños hasta el 6 de mayo de 2014 ante el Hull City, cuando el futbolista daba un paso al costado para dejar su hueco al ídolo que hizo de Old Trafford el jardín de su casa.