Chelsea 1 - 2 Barcelona (22-02-2006)
7.6Nota Final
IMPORTANCIA7
EMOCIÓN7.9
TÁCTICA7.5
ESPECTÁCULO8
Puntuación de los lectores 16 Votos
8.7

—¿Qué sois? ¿Dioses?

—Casi, somos ingleses.

Diálogo de la película El hombre que pudo reinar

 

El miedo, como Zeus, tiene muchas formas de exhibirse en la superficie terrestre, y aquella noche hostil de hace doce años en Stamford Bridge tomó la forma de los ojos de Thiago Motta, que seguían como locos a los de John Terry, antes de que Frank Lampard sirviera la primera falta de la ida de los octavos de final de la Copa de Europa. Aquello fue un presagio y, al mismo tiempo, una manera de destapar las inseguridades que en ese entonces bullían en el Barcelona. La mirada obsesa, casi chiflada de Motta a su marca, vino a revelar que el conjunto azulgrana todavía no se había recuperado de la eliminación que había sufrido una temporada atrás en la misma ronda de la competición ante el propio Chelsea; una eliminatoria que se hizo eterna gracias a un golazo renacentista de Ronaldinho, pero cuyo desenlace se decidió por la vía opuesta al arte, la de la escasez y el pragmatismo: un picotazo fatal del central inglés a la salida de un córner pidió prestadas las aspiraciones a los de azulgrana y se las devolvió acuchilladas, hechas una porquería.    

Eran “tiempos raros”, como canta Javier Ibarra Ramos en Basureta. El Barça todavía no era la bestia, sino que esta aguardaba enfrente, trastornada, lista para despedazarlo a mordiscos. De la ballena blanca del capitán Ahab habíamos pasado al cachalote azul de Frank Rijkaard, un hombre que antes de las citas importantes fumaba despacio, en pausa, como esperando a que llegase lo inevitable. El fin del largo invierno. La redención.   

Tal vez sospechase el entrenador holandés que ese 22 de febrero de 2006 por fin se produciría la transformación definitiva, el cambio de era, pero por si acaso acudió al encuentro con reservas, con una cajetilla de más en el bolsillo y un once cargado de centímetros en el medio, con Edmilson y Motta jugando juntos a la espalda de Deco. Lesionado Xavi, su relevo natural, un tal Iniesta, arrancaba el duelo sentado en el banco. El otro detalle remarcable de la alineación era la presencia de Lionel Messi, que salía de inicio para completar el tridente ofensivo. Aunque con el paso de los minutos fue quedando claro que durante aquella velada Ronaldinho y Eto’o serían en realidad los acompañantes del argentino, y no al revés.

Precisamente Messi, a los tres minutos, protagonizó la primera ocasión del partido, algo descafeinada. Agarró el balón en la derecha, se orientó hacia el gajo del área y pegó suave y centrado al cuerpo de Petr Cech, como si solo quisiera presentarse al portero, estrecharle la mano, soltarle el clásico “¿Cómo andás, viejo?” de cortesía. Es preciso cuidar las formas, sobre todo al principio. Y Leo, a sus 18 años de entonces, traía la lección bien aprendida de casa.

El Barça salió a gobernar el partido, a divertirse con el balón, a bailar con Uma Thurman. Una idea genial, exquisita, sino fuera porque el césped de Stamford Bridge no estaba para tantas sutilezas. Al contrario. Invitaba a arrojar la americana por la banda y a beber tequila. A meterse de lleno en el lío. Lo que se avecinaba era un altercado importante, al estilo de una de esas peleas de bar en las que vuelan sillas, se rompen vasos y se desgarran camisas, hasta que el camarero se harta y llama a la pasma. El conjunto londinense, que prefería un ritmo de partido lento y atropellado, había regado mucho el campo para que se encharcaran algunos tramos y el balón no pudiera rodar con naturalidad. Bastaba con fijarse en el estado de las medias de los propios futbolistas del Chelsea, blancas en su origen; antes de alcanzar el cuarto de hora ya parecían marrones, de tanto que les había salpicado el barro.  

 

El Barça salió a gobernar el partido, a divertirse con el balón, a bailar con Uma Thurman. Una idea genial, exquisita, sino fuera porque el césped de Stamford Bridge no estaba para tantas sutilezas

 

La pelota, como apuntábamos, estuvo controlada en el inicio por el bando visitante, que aun así no tenía muy claro qué hacer con ella. La naturaleza agreste del escenario se imponía. Demasiados obstáculos. Tensión en los tobillos. Picores en la zona del pecho. Lengua acartonada. Falta de oxígeno. José Mourinho se había encargado de limitar los posibilidades del rival de ser profundo, colocando a Paulo Ferreira y a Asier Del Horno muy encima de Ronaldinho y Messi, respectivamente. Las principales arterias de los azulgrana quedaban así obstruidas. Y el encargado de atacar el corazón de la víctima era Lampard, un bisturí hundiéndose en la carne, siempre preciso en la tarea de armar los contrataques.

De Lampard se decía que tarde o temprano acabaría firmando por el Barça. Su mujer no solo era catalana, sino también culé convencida, y los había en aquella época que tenían más ojos para a ese matrimonio que para el suyo propio, deseando que el ‘8’ diera su brazo a torcer en casa y pusiera rumbo a la liga española. La cuestión no era tanto si luego encajaría en el Camp Nou. Lo esencial era ficharlo para quitarle del medio, como hacen los Peaky Blinders con Alfie Solomons, el panadero judío. Sumarlo a la causa para dejar de sufrirle.   

Un buen pase de Lampard lo echó a perder Hernán Crespo hilándolo con un centro inofensivo. Fue la primera ocasión en la que Víctor Valdés blocó un balón con las manos. El Chelsea no embestía, solo enseñaba los dientes, y el Barça a su vez seguía sufriendo para adaptarse al terreno, como una especie a la que habían cambiado bruscamente de hábitat.

Pero todo cambió en el tramo final de la primera parte. Tres jugadas consecutivas deshicieron el nudo. Primero un disparo de Ronaldinho, tras asistencia de Oleguer, que Cech rechazó a su manera, sin inmutarse. Luego una entrada criminal de Del Horno sobre la rodilla de Messi que Terje Hauge ni tan siquiera censuró con amarilla, y que la grada del Bridge celebró como si de un gol se tratara. Y finalmente, la apostilla: el propio Messi robó cerca del córner un balón muerto que velaba Robben, lo reanimó pasándolo entre las piernas del extremo, y recibió la tarascada de Del Horno, que llegó tarde e hiperventilado. La acción fue más espectacular en directo que vista en la repetición. Pero tuvo un efecto irreversible: empujó al colegiado unos minutos atrás en el tiempo, y este, de repente, pareció ver claro cuánto se había equivocado en el lance anterior: al regresar al presente, hecha la suma entre las dos agresiones, ya sostenía en la mano la cartulina roja.

ABRAN FUEGO

Si Mourinho sonríe, mala señal. Significa que por dentro está en llamas. Así se marchó el luso al vestuario tras el final del primer acto, jocoso, masticando un cabreo monumental. Ya sabemos lo qué sucedería a partir de entonces: el técnico se enzarzaría en una refriega con el club catalán y su masa social que duraría años y dejaría episodios bastante surrealistas. Teatro del bueno.

En cualquier caso, esa es otra historia. Mantengamos el foco sobre ese combate en Londres. ’Mou’ tenía un problema. Con la expulsión de Del Horno, su plan había saltado por los aires. Y necesitaba coser uno de nuevo con urgencia. Por un lado, dio entrada a Geremi Njitap (quitando a Joe Cole) para que ocupara el lateral derecho, y ancló a Ferreira a la orilla apuesta. Y por otro, con 45 minutos por delante, desembaló a Didier Drogba, que venía de jugar la Copa Africana de Naciones. Crespo le cedió su puesto.

No parecían malos argumentos, al menos no del todo, pero lo que pasó fue que el Barça actuó como si no los advirtiera, dispuesto a pasarles con el carruaje por encima. Cogió el balón y se llevó la mano al lateral del chaleco. Ahora los tiros los iban a pegar ellos.

Si hay algo más emocionante que el efecto sorpresa del fútbol, es que este a veces se repite. Parece increíble, pero sucede. Hay cosas que ocurren dos, tres, seis, hasta cien veces en un campo. Que nunca se agotan. Acojonante. El Chelsea arañó una falta a la izquierda del área cuando más le apretaba el rival. Lampard volvía a estar delante del cuero, con los brazos en jarra. Lo mandó al segundo palo, buscando, cómo no, a Terry. La historia de sus vidas. La misma de siempre, proyectada en una sesión continua, sin descanso para salir a tomar el aire. En bucle. La pelota que va a llegar a Terry, y de repente Motta, el pobre Motta, el acobardado Motta da un paso en falso y se cuela en el plano, con tan mala fortuna que toca el balón con el muslo, cambia su trayectoria, despista a Valdés y se lo introduce en su portería.

Los fantasmas no mueren. Solo se marchan un tiempo. Hasta la madrugada que oyes desde la cama el crujido metálico que hace la verja del jardín al abrirse. Entonces despiertas a tu pareja, a punto de mearte encima, y le susurras:  “Han vuelto”

 

El Barça, por su parte, estaba desencadenado. A lo Django. Directo al cuello del enemigo

 

Messi (de nuevo, Messi) actuaba como si nada hubiera pasado. Después del tanto de Terry, pidió el balón, y se dedicó a llevárselo a su banda, jugada tras jugada, como un ratón que arrastra un trozo de queso hasta su escondite con tal de comérselo a gusto. Para el rosarino no hay traumas que pesen. Quizá por eso no se frena nunca. El pasado, así como el presente, o incluso el futuro, son para Messi conceptos faltos de valor, intrascendentes, muchísimo más aburridos que el fútbol. Él se dedica a jugar, y a Freud que lo estudie el resto. En el 60’, superó a Ferreira en los últimos metros con un regate delicioso, y sirvió un pase envenenado que desfiló a un palmo de la portería sin encontrar rematador. 

Rijkaard subió una marcha. La situación requería poner el intermitente, ocupar el carril de la izquierda y hundir el pedal del acelerador. Entraron Larsson, que hacía una semana que había anunciado que ese verano regresaría a su tierra para jugar en el Helsingborgs, y Sylvinho. El dibujó mutó a un 4-4-1-1, con Eto’o desplazado a la izquierda y Ronaldinho partiendo de enganche. El cambió favoreció al ’10’, mucho más activo desde ese instante. Una falta botada por él mismo la remató alto el ariete sueco.

Los 2.500 seguidores azulgranas que acompañaban al equipo en Stamford Bridge necesitaban un gol que reafirmase su fe. Y este acabó llegando, cómo no, gracias a Terry, que tenía el don de emerger en todos los lances importantes. Rematador incansable, el zaguero se tomó tan en serio su trabajo que tras un centro levantó el vuelo en su propia área y se marcó en propia.

El Chelsea estaba roto, con una bala en cada pierna. El hecho de competir desde el final del primer tiempo con un hombre menos comenzaba a pasarle factura, y a sus futbolistas cada vez les costaba más recuperar la posición. “El cansancio trae pensamientos sin esperanza”, murmuraban, acordándose de Onetti. Aun así, no dejaban de intentarlo. Es encomiable ver cómo se esfuerzan los ingleses cuando el destino les da la espalda. Son animales. Douglas William Jerrold sostenía que, si un terremoto hubiera de tragarse a Inglaterra, sus habitantes “se las arreglarían para reunirse y cenar en cualquier parte, entre escombros, para celebrar el acontecimiento”.

El Barça, por su parte, estaba desencadenado. A lo Django. Directo al cuello del enemigo. Falló Messi mandando el balón a la cruceta. Falló Larsson en un mano a mano. Falló Sylvinho tras subir su carril. Falló ‘Ronnie’ con un pase a la red que frustró un inmenso Terry. Fallaron todos, o casi todos, hasta que Eto’o alzó la mano, como pidiéndole un papel a Tarantino. El camerunés no estaba firmando su mejor duelo, pero eso para un delantero como él es fácil de reparar. Basta con meter una. Y así lo hizo, en medio del tiroteo, con la cabeza, después de un excelente envío de Rafa Márquez.

Los visitantes le habían dado la vuelta al partido, y a la postre, al cabo de unas semanas, se la darían también a la Historia, eliminando a un Chelsea que a partir de entonces perdería su áurea de inmortalidad. Mourinho, que ya llevaba más de una temporada y media entrenando a los ‘blues’, jamás había caído derrotado en Stamford Bridge. Pero esa noche, antes de enfilar hacia su famosa rueda de prensa, le dedicó una última mirada al césped, y se sintió abatido. Solo vio cenizas.