Decía el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman que “la tendencia a olvidar y la vertiginosa velocidad del olvido son, para desventura nuestra, marcas aparentemente indelebles de la cultura moderna líquida. Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan”. Algo así le sucede al futbolista de nuestros tiempos; ha perdido el sentimiento de pertenencia a un lugar, a unos colores o a la afición que le alienta fin de semana tras fin de semana. Al mínimo conflicto interno, adiós muy buenas; si el entrenador no da los minutos que se desean, se busca una salida; y en el caso de recibir menos billetes o menos ovaciones que el compañero, aparece el representante de turno en todos los medios pidiendo explicaciones.

Para la suerte de los románticos de este deporte, todavía quedan vestigios del futbolista de antaño. Pocos, pero ahí están. Suyos son los relatos de hombres que desde un primer momento enganchan a la perfección con sus respectivos equipos. Sin saber muy bien cómo ni por qué, sin razones aparentes ni motivos explicables, hay historias que, aun pudiendo ser una más, se convierten en relatos sin igual. ¿Qué sentido tiene que, tras pasar por Piacenza, Palermo, Fiorentina, Livorno, Reggina y Genoa, el Parma, el caótico Parma, parezca un lugar perfecto? Después de una trayectoria líquida, fluyendo entre clubes del país, parece poco probable encontrar la solidez en un lugar donde el caos más absoluto reina por completo. Quizá, cuando hablamos de Alessandro Lucarelli, se trate de un futbolista de otro tiempo, de un jugador que dejó de lado las necesidades propias para devolver a su equipo todo lo que un día le dio.

Reconstruyendo la historia del club, fue en diciembre de 2003 cuando el Parma entró en un bucle de idas, venidas, bancarrotas y polémicas por culpa de la deuda descomunal que arrastraba Parmalat, la empresa italiana de lácteos que patrocinó a la entidad y que fue su fuente económica principal. La falsificación de cuentas y documentos arruinó a la compañía de la Emilia-Romaña a principios de siglo y ello propició la caída de los Gialloblù. El Parma cambió de manos a la fuerza. Y con Tommaso Ghirardi al frente, se estabilizó la situación y daba la sensación de que todo había quedado en un apuro pasajero.

Alessandro Lucarelli llegó en 2008 al Parma, recién descendido a la Serie B tras vivir 18 temporadas consecutivas en la máxima categoría del fútbol italiano. Ahí se encontró con su hermano mayor Cristiano, ídolo sempiterno del Livorno -donde también coincidieron en la 04/05-. Juntos, uno marcando goles y el otro evitándolos, devolvieron al equipo de la Emilia-Romaña a la Serie A en el primer año del pequeño de los Lucarelli en el club. Tras los tormentosos años posteriores a la debacle de Parmalat, se había conseguido estabilizar al equipo en posiciones de media tabla durante algunas campañas mientras Alessandro iba cogiendo galones en la plantilla hasta hacerse con el brazalete de capitán a inicios de la temporada 2013/14. Todo marchaba en orden hasta que un gran año futbolístico clasificó al equipo para la Europa League y, seguidamente, la Alta Corte de Justicia Deportiva italiana prohibió al club disputar la competición internacional debido al retraso en los pagos de los impuestos de algunos de sus fichajes. La trágica historia de aquel Parma despedazado y hecho cenizas se repetía una década después.

 

Como capitán, y a diferencia del resto de sus excompañeros, Lucarelli demostró ser de esos tipos que solo se plantearían bajarse del tren si fuera para empujarlo

 

Con un baile constante de dueños a los mandos, en 2015, el Parma estaba con la soga al cuello, sin dinero suficiente siquiera para pagar a los guardias de seguridad del Ennio Tardini. La situación derivó en tal insostenibilidad que la única vía que quedaba era bajar la persiana y disolver una institución que no tanto tiempo atrás fue la envidia del país. Entonces, diversos empresarios, junto a aficionados parmesanos, refundaron el conjunto gialloblù con el nombre de Parma Calcio 1913. Empezaba una nueva etapa para el club. Lejos de la élite, remotamente lejos de aquellos tiempos a finales de los 90, cuando el equipo se paseaba por Italia y por Europa coleccionando Copas de la UEFA, Copas de Italia y con un plantel plagado de futbolistas que acabaron siendo leyendas de este deporte. El Parma hacía un reset desde la Serie D -la cuarta categoría del fútbol transalpino- y, tras conocerse la noticia, todos los componentes de la plantilla fueron abandonando la sala. Uno a uno huían del Ennio Tardini, sin pensar en el escudo y sin querer saber nada del asunto. El vestuario se quedó huérfano de jugadores, solo quedó en pie el capitán: Alessandro Lucarelli.

A sus 38 años podría haber aceptado alguna de las muchas ofertas que le llegaron para seguir compitiendo al máximo nivel en la Serie A, pero prefirió ser fiel a unos colores que ni el propio club supo proteger ni respetar en los momentos más complicados de su reciente historia. Él, antes de irse por la puerta de atrás, se prometió algo: “Cuando ya empezaba a resolverse el triste futuro del club, dije que iba a estar en la Serie D. He muerto con el Parma y quiero renacer con el Parma. A pesar de que ya tengo 38, recibí llamadas para seguir en la Serie A pero no es algo que me interese”. Como capitán, y a diferencia del resto de sus excompañeros, Lucarelli demostró ser de esos tipos que solo se plantearían bajarse del tren si fuera para empujarlo.

Tres años después de aquella complicada y valiente decisión, Alessandro Lucarelli pudo cumplir con su cometido a escasas semanas de celebrar sus 41 años. En tiempo récord, el Parma recuperó su lugar en la Serie A después de encadenar tres ascensos consecutivos. Recordando de nuevo las palabras de Zygmunt Bauman, “el amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas”, el ‘6’ de los Gialloblù evidenció ser un rara avis en un fútbol demasiado dado a la prevalencia de la satisfacción individual por encima de la colectiva. Para qué ir a otro club donde el bloque ya esté formado, debió pensar Lucarelli. Mejor quedarse en Parma y construir el sueño de toda una ciudad: devolver a su equipo de fútbol al lugar que le corresponde. “Es increíble. Un sueño. Ni nosotros pensábamos que iba a ser así. Ya puedo retirarme feliz”, reconoció tras confirmarse la vuelta del Parma a la máxima categoría del calcio. Una bonita manera de cerrar su último capítulo como futbolista; una excelente manera para definir lo que es la fidelidad.