Es un domingo más en el barrio de Caballito, padres e hijos caminan luciendo orgullosos la camiseta de Ferro Carril Oeste dialogando sobre el partido que dentro de unos minutos comenzará. Es como la misa de los domingos para los cristianos, la familia de Ferro, como buenos feligreses, no falla a su cita con en el estadio Arquitecto Ricardo Etcheverri. Los padres cuentan a sus hijos cómo Beto Márcico los hizo campeones en los ochenta, y estos responden ilusionados que algún día también harán campeón a su club. Ya no están los tablones de las gradas, ya no saltan los hinchas sobre la madera y los niños no juegan bajo las gradas un partido de fútbol simultáneo al del césped. Los tiempos cambian, el estadio más antiguo de Argentina, y segundo de América, cambió las gradas de madera por el cemento y quizá, como bien señalan los más nostálgicos, se fue parte de su esencia. Pero esa añoranza desaparece en cuanto los jugadores de Ferro saltan al césped, lo que no abandona a Ferro es su identidad.

Ferro Carril Oeste es un equipo de barrio, como muchos otros, de la ciudad de Buenos Aires, situado en el centro geográfico de la capital argentina. Hace algo más de 113 años, varios trabajadores de la compañía Ferrocarril Oeste de Buenos Aires, la primera red ferroviaria nacional, crearon el club para así poder hacer ejercicio físico. Era tal su relevancia para el fútbol argentino, que en 1931 fue uno de los 18 miembros fundadores de la Primera División argentina. Pese a que en la actualidad está en Segunda División, nadie debe olvidar que Ferro es un club histórico y que ha estado 63 temporadas en la máxima categoría del fútbol argentino. No solamente ha sido una referencia para el fútbol, el club de Caballito ha sido puntero en otros deportes como el baloncesto o voleibol, de hecho entre la década de los 80 y 90 salió más de veinte veces campeón en esos dos ámbitos. Si usted deseaba destacar en cualquier actividad física debía ir a la escuela de Ferro. El mérito del club ha sido terrible, ya que competir con entidades como Argentinos Juniors, Boca Juniors, Huracán, River Plate, San Lorenzo o Vélez Sarsfield requiere un mérito y un trabajo brillante.

La crisis se lo llevó casi todo

Lo que le ocurrió al club verdolaga a inicios de siglo es la historia que tantas veces hemos repetido sobre otros equipos y en diferentes países, el cuento de nunca acabar. Hablamos de la clásica situación en la que un club vive por encima de sus posibilidades, los resultados deportivos no acompañan y se termina en la quiebra absoluta. Exactamente eso le sucedió a Ferro, quien redujo los presupuestos de las demás actividades deportivas fiando todo el gasto al fútbol. Pese a tener futbolistas de nivel años atrás, como Roberto Ayala o el Mono Burgos, la situación económica era dramática. En el año 2000 Ferro desciende de categoría al ganar tan solo tres partidos entre los torneos Apertura y Clausura, y tan solo dos años después se declaró la quiebra. Todavía cayó más bajo, descendió hasta la Primera B Metropolitana (tercera división del fútbol argentino) siendo la primera vez en su historia en la que Ferro acudía allí, no olvidemos que es uno de los fundadores de la máxima categoría. Tan solo dos temporadas después regresó a la Segunda División, en el año 2014 salió de la quiebra para volver a ser un club de sus socios. A día de hoy continúa en la segunda categoría, añorando tiempos mejores pero sabiendo que si Ferro estuviera en la última división del fútbol argentino sus fieles hinchas seguirían yendo al estadio.

La máquina de Griguol

Todo equipo por muy humilde que sea tiene sus días de gloria. Da igual si se trata de una final de copa, un subcampeonato de liga o tal vez su mayor éxito sea un ascenso histórico. En la década de los 80 Ferro vivió una época inimaginable, de esas de las que todavía se escuchan fábulas e historias en el boca a boca en los rincones de Caballito. El triunfo tiene muchos padres pero el de aquel Ferro fue Carlos Timoteo Griguol, quien llegó al banquillo en el año 1979. Hace unos años había dos torneos en el fútbol argentino, llamados: Nacional y Metropolitano. En 1981 los chicos de Griguol llegaron a la final de ambas. En el Nacional perdieron por la mínima ante el River de Fillol, Alonso, Passarella, Ramón Díaz, Houseman o Kempes y en el Metropolitano ante el Boca de Maradona, Brindisi, Ruggeri, Perotti, Gatti, etc. No perdieron precisamente ante dos plantillas del montón. Un año después, en 1982, Ferro salió campeón invicto del torneo Nacional. Aquí llegó el primero de sus grandes logros futbolísticos, venció en la final a Quilmes y Juárez fue el máximo goleador con 22 goles en 22 partidos. En el 83 volvió a rozar el triunfo y en el 84 volvió a ser campeón del Nacional tras derrotar al River Plate de Francescoli con un histórico 3-0 en su propio feudo. Para muchos hinchas aquel fue el mejor partido en la historia del club de Caballito.

Aquel Ferro era un equipo sin estrellas, todos trabajan por igual y acataban las indicaciones de Griguol. Nadie estaba por encima de ningún otro. Pero si queremos destacar a un futbolista por encima del resto, por injusto que parezca, ese es Beto Márcico. La mía es una alegría muy especial, muy íntima. Pensar que el año pasado mi viejo José Domingo estuvo en las dos finales y no nos pudo ver campeones. Ahora yo no lo tengo al lado mío, pero hice la promesa de llevarle a su tumba una plaqueta con el escudito de Ferro. Seguro que desde el cielo él también nos está acompañando en este momento”, decía Márcico a los compañeros de El Gráfico nada más salir campeón en el 82. También había otros jugadores importantes como Garré, el capitán Saccardi o un viejo conocido del fútbol español como es Héctor Cúper. A aquel Ferro se le trató como a un equipo físico y táctico, se dijo de él que hacía un fútbol muy poco vistoso como queriendo restarle importancia a los éxitos conseguidos. Algo así como sucede en la actualidad con el Atlético de Madrid de Simeone. Márcico ha declarado que su éxito tenía mucho que ver con la disciplina que les impuso Griguol: “el viejo nos hacía entrenar martes y miércoles en doble turno, y los demás una sola vez. Mentalmente te preparaba para estar fuerte”. Como anécdota, durante un Ferro-Huracán el árbitro detuvo el partido porque los futbolistas de Ferro tenían demasiado tiempo el balón, le dio el balón a Huracán y el juego continuó.

El que era un equipo de amigos derrotó a rivales con los que jamás había soñado, trabajaron más que nadie y se creyeron capaces de todo. Sus hinchas siguen acudiendo a Caballito aunque su historia reciente ya no se escriba con letras de oro, allí continúa estando el punto de encuentro de muchos que se hicieron inseparables gracias a Ferro y transmitiendo a otras generaciones la importancia que tiene el barrio y su sentido de pertenencia.