Hay gente que gana por inercia. Porque nació así, sin más, con ese gen admirado, deseado y codiciado por cualquier ser humano del planeta. Ese amigo que sale victorioso tras cada borrachera en el antro de todos los viernes. Ese compañero de clase que, estudiando o sin estudiar, pasa de curso sobradísimo. Ese al que nunca se le tuerce un negocio, por muy turbio u oscuro que parezca. O el otro al que nunca ganarás en cualquier disciplina en la que os retéis. Y mientras, el resto de los mortales, anonadados, seguirán preguntándose cómo lo harán para vencer cada batalla que se les presenta, sin comprender de dónde se saca ese instinto ganador que les invita a la victoria aun cuando parecía que todo estaba ya perdido, que la derrota era un hecho consumado.

Como el fútbol, dicen, tiene mucho que ver con la vida, pues cuando rueda el balón pasa más de lo mismo. Le pasa a algunos, pocos, clubes. Bueno, en realidad, juraría que eso solo le ocurre al Real Madrid. Porque, como decíamos en el editorial del #Panenka59, “si los grandes clubes de Europa se reunieran en un salón cada final de temporada para debatir sobre estilo, estrategia y táctica, el Madrid se presentaría tarde a la cita, vestido de punta en blanco y bien peinado, con gesto serio, pero aguantándose la risa, aún algo chispeado después de la fiesta, y sin recordar nada que no sea esencial de la noche triunfal que lo ha llevado hasta otro mayo”. Pasa con los clubes, como también sucede con jugadores o entrenadores. Tipos que, allá donde les lleve el viento, tienen una fiabilidad críptica para levantar un título detrás de otro. Sobre el césped, claros son ejemplos como Dani Alves o Zlatan Ibrahimovic recorriendo Europa entera mientras su palmarés se inflaba sin cesar. Desde el banquillo, el prototipo de tío ganador podría ser a imagen y semejanza de un hombre que se acaba de despedir de las pizarras, Fabio Capello.

Su carrera como entrenador tuvo un breve inicio en el Milan pre-Sacchi a finales de los 80. Salvó las castañas del fuego de un equipo venido a menos y lo situó en la Copa de la UEFA. Después, llegó su compatriota y, junto con los tres tulipanes y los Baresi, Maldini, Costacurta y compañía, recondujo la historia rossonera. En 1991, cuando parecía que el ciclo victorioso había llegado a su fin, Silvio Berlusconi confió en Fabio Capello para alargar la vida de un grupo que parecía pedir ya el relevo. Hubo críticas a la decisión de Il Cavaliere. “Decían que Berlusconi había elegido a un ‘Yes Man’, un tipo que siempre dice ‘sí’”, recordó Capello en el #Panenka63. Pero andaban muy equivocados. Yo un ‘Yes Man’ no lo he sido nunca en mi vida”, remarcaba.

 

”El fútbol es un deporte simple en el que a algunos les gusta hablar. A mí, me encanta ganar”

 

Si no lo conocían, sus detractores pronto entendieron que eso de “señor, sí, señor” no iba con la forma de ser de ’El Sargento’. Por algo le conocían por ese apodo. Sus entrenamientos eran algo así como un ejercicio militar. “Su forma de trabajo era muy disciplinada. Era una hora u hora y cuarto de entrenamiento, pero con una intensidad bárbara. Luego ya era más relajado, pero al día siguiente igual. Para él no había bromas”, recordaba Raúl González en una entrevista para Bein Sports. Sabía cómo moverse a la perfección por esa fina línea que separa al amor del odio. Para él no había amigos entre los futbolistas. Eran hombres que trabajan con él durante unas horas y al abandonar el césped cada uno hacia su vida. Sino, demasiadas confianzas innecesarias, desde su punto de vista, en la relación entrenador-jugador.

Y así, estricto, duro e inconformista, continuó el dibujo que Arrigo Sacchi dejó a medias. Cambió el estilo rompedor e innovador que caracterizaba a su compatriota por unos trazos rectos, uniformes y poco revolucionarios. “Traté de aportar más equilibrio, jugando otro fútbol, dando más libertad en los últimos 30 metros, porque pienso que un jugador en esa parcela del campo debe ser libre para inventar y hacer lo que quiera”, así definía las diferencias con su antecesor en la charla que mantuvimos con él.

Sin embargo, pese al cambio, el Milan siguió la etapa triunfal de la que venía. Con Sacchi en el banquillo, el dominio de los rossoneri se escampó por todo el continente con dos Copas de Europa en cuatro años y tan solo una Serie A. ‘El Sargento’ le dio la vuelta al asunto. Monopolizó la liga italiana conquistando cuatro Scudetti en sus cinco cursos al frente del Milan, pero no olvidó la máxima competición europea, donde puso punto y final al maravilloso ‘Dream Team’ de Johan Cruyff con una de las mayores palizas que se recuerdan en una final de la Champions League. Ese día, en Atenas, los hombres comandados por Fabio Capello despertaron del sueño a la parroquia barcelonista con un 4-0 incontestable.

Tras su paso por Milán, tuvo su primera experiencia lejos del ‘calcio’. Se fue al Real Madrid anterior a la Séptima para devolver el instinto ganador al conjunto blanco. Ganó la Liga, pero su manera de entender el juego no casó con Chamartín, ni su carácter con Lorenzo Sanz, por lo que un año después de aterrizar en Madrid daría marcha atrás y volvería a su país para dirigir una temporada al Milan, aunque sin éxito. Ahí, después de un curso sin entrenar, se puso al frente de la Roma y levantó el primer Scudetto para el club después de 18 años de espera. En 2004, tras cumplir con su cometido en Roma, viajó a Turín para dirigir a la Juventus. Dos temporadas marcadas por el ‘Calciopoli’, que le arrebató dos Scudetti a causa de los amaños arbitrales que ensuciaron la imagen del fútbol italiano.

El escándalo no le quitó las ganas de seguir triunfando, porque en 2006 regresó a un Real Madrid inhóspito para demostrar a los aún incrédulos -si todavía quedaba alguno- que él era un ganador ante todo. Recogió las cenizas de los galácticos de Florentino y las tiró a la basura. Sin Zidane, sin Figo y, casi que también sin Ronaldo, se encomendó a las paradas de Iker Casillas y a los goles de un Ruud van Nistelrooy demoledor para cerrar de nuevo un ciclo triunfal azulgrana, esta vez con su expupilo Frank Rijkaard al frente del Barcelona. Campeón de la Liga y adiós; otra vez. Fue su último servicio a los mandos de un gran club. Después vendrían dos experiencias en los banquillos de Inglaterra -eliminado en octavos de Sudáfrica’10 tras una brillante clasificación- y de Rusia -sin pasar de la fase de grupos en Brasil’14 ni clasificarse para la Euro de Francia-, para finalizar sus días como técnico en China, donde estuvo poco más de seis meses dirigiendo al Jiangsu Suning.

Ahora que deja los banquillos, el bueno de Don Fabio, en el caso de reunirse con sus colegas de la pizarra, haría como confabulábamos en esa editorial con el Real Madrid. Se vestiría elegante pero causal (así quiero imaginarlo) y empezaría a escuchar al resto hasta aborrecerse. Al final, cuando todos hubieran explicado, debatido y rebatido las infinitas situaciones que pueden darse sobre el césped, él, harto de sus tostones, les explicaría como ve el juego: “El fútbol es un deporte simple en el que a algunos les gusta hablar. A mí, me encanta ganar”. Solo así se entiende que de 13 temporadas que se mantuvo en la élite, ganase nueve ligas sobre el terreno de juego. Siete, después de que la justicia hiciera su trabajo.