Los caminos del Sevilla y de Éver Banega han vuelto a cruzarse. Después de un año distanciados, el argentino regresará al lugar en el que mejor fútbol ha desplegado desde que empezara a darle patadas al balón por los potreros de Rosario. Juntos de nuevo, están preparados para demostrar que eso de que las segundas partes nunca fueron buenas también tiene excepciones. Éver vuelve a Sevilla convencido de que ese es su sitio. A sus 29 años, Banega las ha vivido de todos los colores en esto del fútbol. Desde que saliera de las categorías inferiores de Newell’s Old Boys hacia las de Boca Juniors, su carrera se ha visto arrastrada por un vaivén de emociones, polémicas y buen fútbol a ratos.

La marcha de Fernando Gago al Real Madrid en invierno de 2007 fue un punto de inflexión para él. En La Bombonera le ofrecieron las manijas del centro del campo de Boca Juniors recién estrenada la mayoría de edad y en el club ‘xeneize’ descubrieron pronto a un mediocentro con alma de enganche. Ya en sus primeros días con el primer equipo, Banega parecía ese niño al que de pequeño pusieron de ‘5’ porque necesitaban que el más bueno distribuyera el juego de los suyos y él, que se divertía jugando, parecía rebelarse actuando sobre el césped como si fuera un ’10’.

En el Sevilla aparecía como ese ‘5’ que enamoró a la hinchada de Boca y, mientras el balón avanzaba hacia la zona de ataque, se situaba de nuevo como el ’10’ que siempre le gustó ser

De repente, todo fue muy rápido para Banega. Llegó al Valencia de Ronald Koeman a cambio de 18 millones de euros. Ni en Valencia ni en el Atlético de Madrid —donde estuvo cedido después de su primer curso en Mestalla— se vio al Éver que todos se esperaban antes de dar el salto a Europa. Tenía chispazos de crack de vez en cuando y todos sabían que tenía un talento especial con el balón en los pies, pero al final siempre se hablaba más sobre sus líos lejos del campo, porque los hubo a raudales, que no sobre su progresión y buen juego cuando se calzaba las botas. Entonces, salió cedido a Newell’s medio año con la intención de ir al Mundial de 2014. Actuó bien en su etapa como ‘leproso’, aunque no fue suficiente para que Alejandro Sabella se lo llevase a Brasil. Tras la decepción volvió otra vez al Valencia sin que el club tuviera intención de darle un hueco en la plantilla y acabó fichando por el Sevilla ese mismo verano.

En el Sánchez Pizjuán se reencontró con Unai Emery. Era el mismo entrenador que le envió cedido al Atlético y que no pudo ver la mejor versión del argentino en los años posteriores en Mestalla. Pese a lo vivido en el pasado, algo había cambiado entre ellos. Se entendieron el uno al otro y el técnico le hizo sentirse el eje sobre el que giraría el equipo. Banega se encargaba de poner la calma sobre un césped que solo veía tormentas vestidas de un fútbol vertical y directo hacia el arco contrario. Su fútbol recordaba al de aquel chaval que deslumbraba en la liga argentina con la camiseta de Boca Juniors. Dominaba el centro del campo a su antojo partiendo desde una extraña mediapunta. Cuando el equipo necesitaba a un hombre con el que salir jugando desde atrás aparecía como ese ‘5’ que enamoró a la hinchada de Boca y, mientras el balón avanzaba hacia la zona de ataque, se situaba de nuevo como el ’10’ que siempre le gustó ser para conectar con los hombres de ataque. Fueron los dos mejores años de Éver como futbolista, siendo clave en las dos últimas Europa League ganadas por el Sevilla y con dos actuaciones en ambas finales —ante Dnipro y Liverpool— que le encumbraron definitivamente como un jugador de alto nivel en el continente europeo y le valieron el salto a un Inter de Milán en busca de su enésima revolución para parecerse de nuevo al equipo que fue hace no tanto.

Lo que parecía un fichaje de lujo para la sala de máquinas del Inter, acabó saliendo rana tanto para los nerazzurri como para un Banega que desde la distancia veía al Sevilla luchando y consiguiendo entrar en la Champions League. El argentino nunca acabó de entenderse ni de congeniar con su nuevo club. Empezó siendo un fijo en las alineaciones de Frank de Boer, pero la luz del juego del centrocampista rosarino, y del equipo en global, fue apagándose a medida que avanzaban las jornadas de la Serie A. Con el despido del técnico holandés y la llegada de Stefano Pioli todo fue a peor y su rendimiento cayó en picado. En menos de un año, Éver está de vuelta en el Sánchez Pizjuán y el sevillismo se frota las manos. Ya enamoró a la grada hispalense en una idea de juego, la de Emery, que parecía no corresponderse con la suya. Ahora, con un ‘bielsista’ como Eduardo Berizzo a los mandos y en un fútbol que casa a la perfección con lo que Banega desprende en el campo, en Sevilla cuentan los días para que llegue agosto y puedan volver a disfrutar del tipo con alma de enganche que solo recuperó su mejor versión cuando vistió la camiseta blanca y roja sevillista.