Johanna Lindsey cuenta historias tan tiernas en sus libros que si lamieras la tinta de alguna de sus frases se te quedaría el pozo con sabor a azúcar en polvo. Reconocida por la crítica estadounidense como una de las escritoras de novelas románticas históricas más populares del planeta, todas sus publicaciones suelen venderse como rosquillas. Pasión, enfrentamiento, drama y arreglo (o besazo final entre los amados con una casa de campo y un lago majísimos de fondo). El truco que nunca caduca. En 2010, Lindsey volvió a petarlo en las librerías con The Perfect Someone  (traducida en España como Enemigos Perfectos), el décimo tomo de la infinita saga Malory. La novela narra, básicamente y entre muchas otras batallitas de color pastel, cómo se va tejiendo el destino amoroso de una pareja de mozuelos insurgentes. Richard Allen y Julia Miller han estados prometidos por concordia familiar desde que eran niños. Pero un pequeño detalle está alterando los acontecimientos. El zagal y la señorita han tratado de matarse desde que se conocieron. El final mejor dejarlo en el aire, que no estamos aquí para arruinarle el fin de semana a nadie, aunque ya se ve venir de lejos esa paradoja salvaje que muestra como entre el odio y el amor hay solo un paso (y un buen polvo).

Las circunstancias que van hilvanando el camino de Richard y Julia se asemejan un poco a las que han servido para emparejar a José Mourinho y a Àrsene Wenger en Inglaterra. El joven y el viejo. El bruto y el diplomático. El castizo y el reformista. La brocha y el pincel. El negro y el blanco. David Cameron y Jeremy Corbyn (ojo que se me está yendo). Dos entrenadores ya irrepetibles que, unidos por una oxímoron eterna, no han tenido más remedio que repartirse estopa para rellenar de contenido una de las dualidades más emblemáticas del fútbol británico.

– Wenger, agosto de 2005: “Sé que vivimos en un mundo donde sólo hay ganadores y perdedores, pero cuando el deporte premia a un equipo que se rehusa a tomar la iniciativa, el propio deporte se pone en peligro”.

Decir que esta riña la empezó José, documentación en mano, sería contar una mentira. Aunque algunos digan que a Arsène le nació el repelús por “las sucias miradas” que el luso le propinaba en su primer encuentro. De todos modos, la piedra realmente iniciática (antes de eso el alsaciano ya había utilizado el ejemplo del Chelsea para escudarse de lo poco british que eran sus alineaciones, aunque su tono fue ambiguo)  a ojos del público la lanzó el gunner, siempre tenso ante aquellos que vencen tacañeando. A ‘Mou’, esto ya es sabido, si le tocas el método, le tocas el traje, los bajos e incluso a sus hijos. Así que la bulla ya pudo darse por felizmente inaugurada.

Chelsea y Arsenal. Azul y rojo. Stamford Bridge y el viejo Highbury. Una misma ciudad, Londres, y un mismo objetivo, la Premier. Entre todo ese flujo de coordenadas subordinadas, a los carroñeros del Támesis solo les faltaba una chispa que acabara de tostar la almendra para hincarle el diente. Sin pedirla, caída del sexto cielo, ya la tenían en sus zarpas.

Mourinho, octubre de 2005: “Wenger tiene un serio problema con nosotros y yo creo que es lo que llaman aquí en Inglaterra como voyeurismo. Él es alguien a quien le gusta mirar a otras personas. Hay algunos tipos que, cuando están en casa, tienen este gran telescopio para mirar en casa ajenas y ver qué está sucediendo. Wenger debe ser uno de ellos. Es enfermizo”. 

Pum. Directo a la yugular. Duro, duro, durísimo. Las predicciones del bueno de Robson, que ya había advertido alguna vez en petit comité que si alguien le buscaba las cosquillas a ese chaval de Setúbal iban a sonar gaitas, se hicieron realidad entonces. Mourinho, que quizás había estado esperando aquello durante mucho tiempo, por fin se sentía preparado y liberado para campar a sus anchas, atizando a diestro y siniestro, sacando pecho en cada conquista, por pequeña que fuera, y acabando de pulir un alter ego que le consagraría en la élite.

El duelo mental es a veces más trascendental que el propio duelo futbolístico. Y en las Islas esta cuestión se radicaliza, pues es de los pocos sitios en el mundo donde los goles empiecen a marcarse incluso antes de los partidos. El carácter volcánico de José, todavía un tanto desconocido, pilló por sorpresa a Arsène, que se sentía más hábil en el arte de las guerras frías, en los choques  diplomáticos de doble capa, jugando a eso de decir mucho sin decir nada. Acusó al portugués de arruinado, de desconectado, de irrespetuoso y, sobre todo (lo repitió dos veces para matizarlo), de estúpido. Pero nada pudo aligerar el peso de esas palabras mastodónticas (“voyeur”, “mirón”, “enfermo”). El primer tanto, aunque fuera con la mano, ya se lo había adjudicado el ‘blue’ por la escuadra.

– Wenger, abril de 2007: “Si quieres comparar a dos técnicos, debes darle la misma cantidad de recursos y decir: ‘tendrás esto por cinco años’. Después de esos cinco años, ves quién ha hecho más”. 

A medida que fueron avanzando las campañas, el ring de combate sobre el que bailaban ambos técnicos también fue mutando. Arsène se mudó con los suyos al Emirates Stadium, en un intento de darle más aires de grandeza a su entidad, y José, en 2007, ya andaba mejor servido, con dos ligas aposentadas en su estómago. La información que manejaba cada uno sobre el otro, además, era ya más rica y generosa para formular nuevos ataques.

Así que el centro del debate fue virando hacia temas no explotados a los que también se les podía sacar jugo. Y claro, con el gatillo fácil de los resultados, Arsène tenía las de perder. No tardaría demasiado José en abusar de la estadística, una de sus artimañas predilectas: “¿saben que Wenger solo tiene un 50% de victorias en la Premier League?”. El francés, desprotegido, tiró de otro tipo de cifras y le replicó hablando de presupuestos.

-Mourinho, febrero de 2014: “Él es un especialista en fracasos. Ocho años sin ganar nada es un fracaso. Si yo hago eso con el Chelsea, me marcho de Londres y no vuelvo más”.

Si alguien creyó que la ‘gira’ europea de Mourinho por el sur de Europa -primero, Milán, y luego, Madrid- le serviría al entrenador luso para cambiar su actitud respecto a Wenger, pronto se daría cuenta de su error. Al volver ‘Mou’ al Bridge, las viejas rencillas resultaron seguir tan vivas como el primer día. La cosa estuvo calentita desde el primer enfrentamiento. Tanto, que en octubre de 2014 los dos jefes acabaron a empujones tras una entrada del ‘blue’ Gary Cahill sobre Alexis Sánchez.

El asunto se puso feo, se fue de madre, y cualquier posibilidad de reconducir la enemistad parecía ya imposible. Así llegó último round hasta la fecha, en la Community Shield 15/16, el primero que se adjudicaría Wenger, 11 años después de que sonara la campana del primer asalto. Una liberación para el eterno técnico ‘gunner’ que, de todos modos, no acercó a los dos bandos a la paz.