A día de hoy, Lionel Messi y Cristiano Ronaldo siguen siendo los dos mejores futbolistas del planeta, pero cuando llegue el Mundial de Qatar, en 2022, tendrán 35 y 37 años, respectivamente. Por esas mismas fechas, Sergio Ramos y David Silva ya habrán cumplido los 36, igual que Manuel Neuer o Radamel Falcao. A los dos comandantes de la zaga italiana, la cita en Oriente Medio también les pillará veteranos (o retirados); Leonardo Bonucci tendrá 35 y Giorgio Chiellini, 38. Uruguay vivirá una situación parecida; sus estandartes, Edinson Cavani y Luis Suárez, sumaran por ese entonces 70 primaveras entre ambos. Gareth Bale acumulará los mismos años que Alexis Sánchez o Thomas Müller, 33, y uno menos que los goleadores Robert Lewandowski o Sergio Agüero. Por no hablar de los 37 que tendrá Luka Modric, los 38 de Arjen Robben o Andrés Iniesta, o los 39 de Daniel Alves.

Independientemente de si logran sacarse un billete para estar en la cita de este verano, cosa que algunos aún no han hecho, el ejercicio de empujar a esos jugadores hacia el futuro nos devuelve una cruda realidad: nos abocamos a las últimos coletazos de un ciclo. Los entendidos coinciden que en Rusia’18 se acabarán muchos caminos. El certamen se presentará para varias estrellas como la oportunidad definitiva de decir su última palabra en una era que se apaga. Al menos en el plano internacional. La Copa del Mundo se vestirá para algunos de epitafio. Una página en blanco, la que cierra el libro, para escribir una bonita carta de despedida.

 

Al término de la próxima Copa del Mundo algo habrá cambiado para siempre. Un pedazo del fútbol habrá muerto. Otro más

 

El fútbol es el único paraje de la vida en el que también nos jode que el tiempo pase para los demás. Ese reflejo de extraña generosidad se explica porque este deporte está situado al fondo de uno mismo. Nos pertenece. El ‘9’ que ya no atrapa cada pase. El mediapunta que ya no chispea en cada encuentro. El carrilero que ya no centra como antaño. De repente, la vejez del prójimo es también la nuestra. No hay pared ni muro que nos mantenga al margen de ese drama.

La decadencia de nuestros referentes siempre acaba por señalarnos algo aún peor: nuestra puta decadencia. Sin más. Y no será fácil digerir el trago. Dentro de 5 años, cuando miremos a nuestro alrededor, nos sentiremos solos. Solos y estafados. Porque hay relatos que, en la actualidad, nos siguen pareciendo indestructibles. La España del juego refinado, la Alemania del “Mineirazo”, la Italia de los zagueros hermanados, la Islandia de las gestas asombrosas, la Colombia de las mil promesas, la Chile vehemente, astuta y peleona… Todo pasará. Incluso los duelos Messi-Ronaldo por el Balón de Oro, a los que el polvo terminará por cubrir como hace con los mecheros viejos que han caído en desuso.

Nombres como los de Neymar, Isco, Mbappé, Dybala, Kimmich, Asensio o Dembelé deberían tranquilizarnos, porque nos aseguran que el fútbol no se dispone a dar un salto al vacío, sino que simplemente mudará su piel, como ya ha hecho tantas otras veces en la historia, renovando líderes y dinastías. Pero en ocasiones ni este tipo de argumentos son suficientes para aliviar nuestra incertidumbre. Se trata de una inquietud crónica. ¿Y si lo que está por llegar es peor? ¿Y si el nuevo panorama no nos convence? ¿Y si el espectáculo deja de interesarnos? ¿Y si este que viene es, en realidad, el último Mundial?

Por mucho que lleguen nuevos cometas y tomen el relevo a los que todavía existen, que es lo que sucederá, al término de la próxima Copa del Mundo algo habrá cambiado para siempre. Un pedazo del fútbol habrá muerto. Otro más.