38 partidos jugados con la camiseta del Torino esta última temporada. 13 goles anotados. Otra docena de pases de gol. Inclusión en el once ideal del pasado Calcio, elaborado por Football Daily. Llamada de Prandelli para asistir al Mundial de Brasil con la ‘azzurra’. Desembolso de 15 millones del Atlético por hacerse con sus servicios. Éste es el listado de méritos que ha amontonado durante el último año Alessio Cerci, una tajante demostración de que el futbolista ha decidido cerrar la puerta a los fantasmas que alborotaron su proyección. No sería correcto precisar que el chico esquivó las malas costumbres que tientan a los talentos precoces como él. Cerci se vio en su momento con un pie en el fango, incluso con los dos. Su caso se ajusta más bien a la redención de un tipo que pasó de bad boy a listillo de la clase de un solo bote, sin entreactos.

Alessio Cerci nació un 23 de julio de hace 27 años en Velletri, población que se encuentra a escasos minutos en coche de la capital italiana. Y aunque la zona ha sido desde siempre uno de los hervideros que aporta más adeptos a la Lazio (de hecho el club celeste se bautizó con el nombre de la propia región en la que se encuentra la ciudad), el chaval no dudó en coger el teléfono a los ojeadores del eterno rival, la AS Roma, cuando estos le propusieron su ingreso inmediato a los filiales del conjunto ‘giallorossi’. En el barrio no se lo iban a creer, pensó. Aquello era mayúsculo. Uno de los clubes más grandes del país había venido a picar a su puerta. El bueno de Alessi ya se veía besando el césped del Olímpico, firmando autógrafos al bajar del autocar y regalando un coche a cada uno de sus mejores colegas de por aquel entonces. Quizás esa fuera la primera vez que olvidó que para llegar a gozar de semejantes condiciones, debía poner una abundante dosis de sacrificio en el intento. Aunque durante su etapa de formación, su exquisita pierna zurda se impuso sin problema aparente. Ese chico delgadito de pelo alborotado y que corría más que hablaba fue quemado etapas a la velocidad del viento. No necesitó tener la cabeza demasiado amueblada para que su ascenso hasta los juveniles de la entidad fuera meteórico. Aunque, como suele pasar, al llegar al primer equipo el asunto se complicó por completo.

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Alessio Cerci, en sus inicios en Roma

Cerci parecía compartir perfil con una estirpe de muchachos marcados por un mismo sello. Anárquicos, maníacos, indolentes, erráticos, provocativos, pero con un bellissimo problema: más buenos que el pan. Genios errantes capaces de dominar con una cualidad vertiginosa sus piernas y caderas para luego no lograr hacer lo mismo con sus delicadas cabezas. La Roma se especializó durante una época no muy lejana en coleccionar este tipo de elementos. Quizás la persistencia en encontrar un nuevo Totti (al que los excesos de la fama nunca enturbiaron su condición de leyenda), pueda explicar dicha obsesión. Antonio Cassano fue el primero de muchos. Y los dirigentes de la institución dejaron claro más de una vez que si el producto no podían encontrarlo en su propia despensa, irían a fuera a por él. En esas llegaron futbolistas en el Olímpico como Philippe Mexès, Cristian Chivu, Walter Samuel o Jérémy Manez. Tipos a los que, cualidades aparte, uno nunca desearía encontrarse en la calle durante uno de esos retornos desamparados a casa a altas horas de la madrugada.

DEBUT, DUDAS Y ECLOSIÓN

Pero volvamos a ese día en el que Alessio pudo comprobar por primera vez que se sentía al defender la zamarra romana en partido oficial. Fue el 16 de mayo de 2004. Corría el minuto 75 de partido, y Capello decidió apurar sus alternativas ofensivas para desmantelar el entramado defensivo de una Sampdoria que no había concedido cambio alguno en el resultado inicial. Su última carta se apodaba Cerci y tenía tan solo 16 años de edad. Algo a lo que habría que sumarle más mérito todavía, pues los italianos son mucho menos dados a darles el relevo a futbolistas menores de edad en comparación con sus vecinos anglosajones o españoles. La Roma no consiguió ese día que el partido no acabara con dos bostezos en el marcador. Pero si tomó nota el presidente con ese cambio de última hora. Unos meses más tarde, el ‘correcaminos de Velletri’ firmaba su primer contrato como jugador profesional.

Aunque, caprichos del destino, fue tocar ese papelito otrora tan deseado y que el camino al estrellato empezara a torcerse para Cerci. Sin contar con la entera confianza de los entrenadores que se sucedieron en el cargo tras el adiós de Capello, la entidad, con miedo a que el chico no tuviera paciencia y estallara, trato de pulir a su diamante prestándolo a diversos equipos de la Serie B. Para el ego de Alessio, aquello era poco menos que un insulto. Primero recaló en el Brescia, en el que falto de ganas, no logró ni asentarse como titular indiscutible en un conjunto de una liga menor. Y un año más tarde, su destino fue el Pisa Calcio, en el que lo mejor que pudo pasarle fue conocer al entrenador Giampiero Ventura, a la larga su gran valedor. El técnico fue el primero en conseguir gestionar su tendencia al individualismo y le aseguró minutos y protagonismo a cambio de un mayor esfuerzo. El acuerdo resultó, pero solo fue suficiente para que la Roma le enviara el curso siguiente a un equipo de media tabla de la Serie A. Su cesión al Atalanta acabaría por colmar el vaso.

¿Cómo iba a arrugarse ante las riñas de un inspector de tráfico alguien que había sobrevivido a los gritos de Capello o a las novatadas de Cassano?

Hastiado de que cada verano se repitiera la misma canción, volver a su club de origen para inmediatamente después ser rebotado a otro destino de menos relumbrón, el chico dejó de creer. Su año en Bérgamo así lo atestiguó; superó por poco la docena de partidos jugados y volvió a ofrecer su peor versión, la de un futbolista quemado antes de tiempo, poco involucrado en las causas colectivas y con un temperamento difícil de gestionar. Su desvinculación final con la Roma se confirmó en agosto de 2010, aunque ya se daba por hecha desde hacía muchos meses. ¿Y su siguiente destino? Florencia. Cuatro millones de euros bastaron para vestir a Cerci de ‘viola’. Aunque esa nueva puerta que se abría tampoco le aseguró nada mejor.

La trayectoria del extremo en la Fiorentina fue una mezcla de una comedia de Carlo Goldoni y un discurso de Beppo Grillo. Un paraje de tintes dramáticos (estaba en juego el estancamiento definitivo de una de las más preciadas promesas del fútbol italiano), trascurrido sobre toda clase de escenas satíricas, casi surrealistas. Si bien es cierto que su mal anclaje en la vida de la capital de la Toscana no ocupó las primeras páginas de los diarios de la región, pues la palma mediática se la seguían llevando las locuras de Mutu o Vargas, también lo es que Alessio dio la sensación de estar cargándose el poco ángel que quedaba en él. Al cabo de algunos meses, y lógicamente aupados por el discreto papel del chico sobre el terreno de juego, empezaron a surgir rumores que apuntaban a su ajetreada vida nocturna. Hubo alguien que incluso aseguró haberlo visto paseando de madrugada por las calles del barrio de San Frediano con un gato atado a una correa. Todo ello muy bizarro. O también hubo otra ocasión en la que un policía se atrevió a interrumpir un banquete de los suyos en un restaurante para informarle que su Maserati estaba mal estacionado en las esquina. Cerci pidió disculpas amablemente, pero aseguró que no movería ni un dedo hasta que acabara de comer. ¿Cómo iba a arrugarse ante las riñas de un inspector de tráfico alguien que había sobrevivido a los gritos de Capello o a las novatadas de Cassano?

Pero cuando parecía que las cosas irían de mal en peor, volvió a cruzarse en su vida Giampiero Ventura, el mismo que había sacado lo mejor de él en su estancia en Pisa. El técnico le pidió para su proyecto en el Torino y Cerci vio en su mentor el último clavo ardiente en el que agarrarse. El cambio que experimentó el futbolista tanto en el campo como en su conducta fue drástico, casi de la noche a la mañana. Su impacto deportivo llegó a ser tal que durante estos dos últimos años ha combinado sensacionales actuaciones durante los fines de semana con la presencia regular en las convocatorias de la selección. Y en cuanto a su vida privada, más de lo mismo. Alessio decidió estabilizarse con la misma mujer que conquistó en 2008 llenándole la casa de rosas (entre sus muchas grandezas también se encuentra la de ser un Casanova) y mató tres pájaros de un tiro hace no muchos meses asegurando a la prensa que “no bebo, no fumo y nunca me iría de putas”.

Durante estos últimos tiempos hemos vuelto a oír hablar mucho de la genial zuda de Cerci, de su facilidad para jugar a pierna cambiada e irrumpir por dentro, de su facultad para ser más rápido con el balón en los pies que sin él, de su brutal capacidad para ser decisivo lanzado al contragolpe y con metros por delante o de las múltiples virtudes que nos obligan a compararlo con el inolvidable Bruno Conti, con el que muchos ya le equipararon en sus inicios en el Olímpico. Que ya no se especule con sus salidas de tono lejos de los vestuarios es la mejor noticia que podía esperar el fútbol transalpino y nuestra Liga, que ahora le ha abierto los brazos. El de Velletri llega al Calderón siendo un hombre nuevo, de los pies a la cabeza.