Si gobernar resulta tan fascinante es porque nadie sabe cómo se hace. Constituye una ciencia muerta, un ámbito de la vida poco explorable. A veces va, a veces no va, como el mechero que nuestra abuela guarda en la cocina. Un candidato puede leerse todos los manuales sobre campañas electorales que se hayan publicado, puede salir a los mítines después de haberse chupado la noche anterior los vídeos que hay en Youtube sobre Martin Luther King, incluso puede, si le dedica el entrenamiento necesario, introducir el voto en la urna y sonreírle a las cámaras al mismo tiempo, con una coordinación de reflejos más propia de un gimnasta que de un político. Pero entonces, el día después de ganar las elecciones, se sienta en su nuevo despacho y se da de bruces contra el blanco de las páginas de su cuaderno de notas. “¿Y ahora qué? ¿Cómo coño se reconstruye un país?”, se dice mientras se rasca una oreja. En la presidencia, como en el amor, los consejos no valen una mierda.

Lo sabe Boca Juniors, último campeón de la liga argentina, que ahora, poco tiempo después de sus últimas celebraciones, se lleva las manos a los bolsillos y solo encuentra un puñado de pases intrascendentes. A los del ‘Vasco’ Arruabarrena se les ha traspapelado el archivo que contenía la fórmula del éxito, y no lo encuentran por ninguna parte. Es como si un espectro oscuro les hubiera borrado la mitad del disco duro. Tras despedirse del curso anterior con la mejor de las sonrisas, han arrancado el nuevo año dando tumbos extraños, escalofriantes, mientras sus rivales recuperan el terreno perdido. De momento, encadena seis encuentros en declive. Y de todos ellos, los ‘xeneizes’ no han marcado goles en los últimos cinco y han saldado el bache sin una sola victoria. El golpe más duro fue la de este miércoles: 0-4 ante San Lorenzo y adiós a la Supercopa.

Gobernar es tan misterioso que uno termina por rechazarlo. Llega un momento en el que, desesperado por no pillarle el truco a ningún ministerio, cierras los ojos y te encomiendas al sentido común, como si fueras a saltar desde la azotea de un bloque de pisos. Y entonces todo empieza a derretirse: los presupuestos, las ruedas de prensa y, en última instancia, hasta los delanteros.

Nadie mejor que el propio Tévez para describir esa especie de lapsus que ataca a ciertos conjuntos cuando están en la cumbre. “Yo soy el principal en jugar mal, pero no sé por qué, no me encuentro cómodo”, espetó después de tropezar en la Supercopa

Es cierto que durante el último periodo de fichajes se perdió a Jonathan Calleri, el chico de la rabona, que acabó traspasado a un grupo inversor y posteriormente cedido al Sao Paulo. Pero también lo es que Boca pudo reformar con garantías la parcela superior de su esquema: cerró la continuidad de Carlos Tévez y ató el regreso de Daniel Osvaldo. Simbolismo y talento para seguir mandando. Pero nada de eso está sirviendo. Cuando saltan al césped, los de azul y oro ven las dos porterías con los ojos confundidos de un ser alienígena: la propia se les hace inmensa, indefendible, y la opuesta se les cierra en forma de puño. Así se van perdiendo los puntos y las ilusiones. Además, tampoco ayuda que el grupo haya perdido la capacidad de aguantar el tirón competitivo que sí tenía antaño, cuando levantó más de una jornada imposible arrojándose a la épica y al misticismo.

Cuando no queda nada, muchos se llevan los ojos a las siglas del partido o al escudo de la camiseta, como buscando un extintor anclado en los anales de la historia que ayude a liquidar las llamas recientes. En ocasiones funciona. Pero si abusas del recurso, acabas por agotarlo.

Precisamente en el último duelo contra San Lorenzo, Boca entendió que la catástrofe solo puede dibujársela uno mismo, que no siempre hay teorías inexplicables que te protejan de ella. Tras aguantar los embistes en el primer tiempo, al volver del descanso el equipo se aflojó el cuello de la camisa, y entonces el rival casi se vio obligado a pasarle por encima. Las palizas, en el fondo, son una cuestión de cortesía.

Nadie mejor que el propio Tévez para describir esa especie de lapsus que ataca a ciertos conjuntos cuando están en la cumbre. “Yo soy el principal en jugar mal, pero no sé por qué, no me encuentro cómodo”, espetó después de tropezar en la Supercopa. Ese “no sé por qué” no dice nada, pero lo explica todo. Es el vacío que siente el campeón cuando de repente, de un día para otro, se despierta tirado en la despensa, con las manos heladas y medio cigarrillo apagado en la boca. Podría entonces tratar de recordar qué es lo que ha pasado, pero por si acaso, prefiere no hacerlo.

Cuenta Enrique Vila-Matas en su libro Bartelby y compañía que cuando le preguntaban a Juan Rulfo por qué ya no escribía, él solía contestar: “Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias”. La respuesta es sublime, pero lo seguiría siendo en el caso de que fuera cualquier otra. Para superar una parálisis, cerebral o deportiva, se empieza admitiendo que esta no tiene una justificación razonable.

En el fútbol o en la literatura, a diferencia de la política, no hay espacio para los pactos milagrosos. No hay sombras ajenas con las que maquillar una mala racha. Estás tú solo contra el mundo. Y si las fuerzas o la memoria te fallan, debes tener claro que nadie te tenderá la mano para levantarte.