¿Cómo no voy a correr si todos tienen prisa? La frase de Pablo Carrouche se ajusta al tema que nos atañe. Resulta irreal que un joven de 18 años tenga la capacidad de poner contra las cuerdas a todo un siete veces campeón de Europa. Es como si un crío de doce años le diera lecciones de vida a uno de cincuenta, sería toda una insolencia. El atrevimiento no sé si está justificado, pero a un joven que lo justo posee el carnet de conducir ya le ha aburrido la espera. Se siente incapaz de ver la televisión sin observar el móvil cada dos minutos, se trata de la pura impaciencia llevada al extremo. No se trata de vivir el presente, se trata de intentar volar ya de casa pese a que todavía no posee las herramientas necesarias para planear por ti mismo. Adiós a la memoria, adiós a los Baresi, Maldini, van Basten, Gullit o Rivera que llevaron las franjas rojas y negras con total orgullo. Esos nombres forman parte del pasado glorioso del Milan, ahora sus aficionados se tiran de los pelos porque un chico de 18 ha decidido renunciar a su escudo. Ya se han sucedido las clásicas postales de hinchas del Milan quemando su camiseta, poesía de este siglo. Posiblemente si estos sucesos hubieran ocurrido en los años noventa, Donnarumma se habría ido de Milán sin tanto revuelo. Pero los hinchas rossoneri se sienten faltos de ídolos, necesitados de nombres a los que corear y camisetas a las que serigrafiar. Y ahora que ya se sabían de memoria el de su portero deben renunciar a ello.

Para el bueno de Gigio todo ha ido muy rápido. A los 16 debutaba en Serie A, a los pocos meses ya era titular indiscutible del Milan, está yendo convocado con la selección absoluta italiana y a sus 18 años le ha lanzado un pulso a su club. Lo que muchos futbolistas tardan en hacer durante toda una carrera, algunos de ellos ni eso, Donnarumma ya lo ha vivido en dos años. Atrás quedan esas imágenes en las que se besaba el escudo tras una gran actuación ante la Juventus, toda una declaración de amor a sus hinchas. El de Castellammare di Stabia no es un jugador corriente, adquiere una dimensión que antes no habíamos visto en alguien de su edad. Ya sea por su envergadura impropia de un adolescente, su templanza bajo la portería o por el descaro que ha mostrado. Si a un joven con altas aspiraciones criado en el sur de Italia añadimos a la ecuación a Mino Raiola, nada bueno puede salir de allí. El que fuera pizzero y ahora afamado agente, ha declarado que su representado sufrió amenazas por parte del Milan. Apuesta a que su portero ganará el Balón de Oro y se ha referido al Milan como ese matón del colegio que robaba el bocadillo a sus compañeros. Tener a Raiola en una negociación así es lo mismo que intentar apagar un incendio con gasolina.

Duele ver cómo un club histórico como el Milan se siente destrozado porque un chico de 18 así lo quiere.  Necesita títulos, y los quiere ya. Sería lógica la actitud de Donnarumma si hubiera defendido esa portería varios años atrás, cuando el Milan caminaba por el despierto dando círculos. Ahí sí tendría sentido esa actitud, pero en lo que llevamos de mes su club ha cerrado la incorporación de varios futbolistas de gran calidad. El Milan quiere volver a Europa, ahora sí lo está intentando. Donnarumma sabrá mejor que nadie qué es lo que desea para su futuro, pero por lo visto sigue teniendo prisa por crecer. No es de los que esperan a que las cosas lleguen, él se lanza a por ellas. Pero tan importante para una carrera deportiva es no sufrir lesiones y elegir bien el camino, como estar bien aconsejado desde fuera. Puede que en este último punto es donde esté flaqueando el bueno de Gigio, quién sabe.