Cuando hablamos de la primera gran selección brasileña siempre irrumpe en las cabezas el mismo nombre: Pelé por aquí y Pelé por allá. Es la referencia histórica de lo que fue aquel Brasil capaz de levantar tres Copas del Mundo en apenas 12 años, solo permitiendo en ese periodo que Inglaterra, en 1966, escribiera su nombre entre los privilegiados campeones del mundo. Todo lo demás iba siempre tintado de verde y amarillo. Pero la historia, a veces, no sucede como nos la cuentan. En esos tres primeros triunfos de Brasil en un Mundial no solo existe un ’10’ a la espalda. En la sombra se esconden otros héroes que actuaron de ‘Pelés’ cuando O Rei se mantuvo fuera de combate.

Cuatro años después de descubrirse ante el mundo en el Mundial de Suecia’58, Edson Arantes do Nascimento llegaba a la cordillera de los Andes con la expectativa de repetir la gesta. En el primer encuentro los goles de Zagallo y el mismo Pelé sirvieron para conseguir la victoria contra México. El plan arrancaba según lo previsto. Quizá los sueños de O Rei no se truncaron y Brasil salió de nuevo campeón, pero él tuvo que verlo desde el otro lado de la barrera tras una lesión en el segundo partido de la fase de grupos ante Checoslovaquia que no le permitió volver al césped. Entonces, sin el líder natural de aquella selección, apareció un rayo de esperanza vestido con el número ‘7’ al dorso. Es posible que su cara diera síntomas de no ser el más avispado de la clase, de hecho el psicólogo de la selección aseguraba que era “un débil mental no apto para desenvolverse en un juego colectivo”. Su pose, con los pies mirando hacia dentro y con una pierna seis centímetros más corta que la otra, tampoco acompañaba a creer que ese tipo estuviera hecho para darle patadas a un balón. Mané ‘Garrincha’ -apodado como un veloz y torpe pájaro tropical- engañaba a todos. Su diabólica velocidad y una imaginación y creatividad impropias de un futbolista en aquellos tiempos le convertían en una pesadilla para las defensas rivales cada vez que el balón contactaba con su diestra. La torçida brasileña conocía al dedillo sus trucos después de más de una década enamorando a la afición del Botafogo. Y, con la ausencia de Pelé, en Chile se vio el mejor fútbol que desarrolló a lo largo de su carrera. Amagos, fintas, cambios de ritmo, frenazos o filigranas. Daba igual, en cada jugada un destello único y diferente para zafarse del contrario y llegar a línea de fondo para servir centros al corazón del área o para finalizar él mismo la jugada.

El Mundial de Chile no pasaría a la historia como uno de los más vistosos. Con la evolución del deporte rey se dejaron de ver abultados marcadores para dar paso a tácticas defensivas, rudas e incluso violentas. El fútbol alegre y ofensivo desaparecía en la mayoría de selecciones, por lo que el ‘show’ de ese campeonato iba ligado al calendario de Brasil. Si jugaba Garrincha, el espectáculo estaba servido. Tenía ya 28 años y había sido pieza clave en el éxito de Suecia, aunque sin el protagonismo que tuvo en la siguiente cita mundialista por ‘culpa’ de un muchacho de 17 años que acaparó todos los halagos en tierras escandinavas. En Chile, Aymoré Moreira le alineó en el flanco diestro del ataque brasileño en todos los encuentros del torneo, y junto a Zagallo, Amarildo -como reemplazo de Pelé- y Vavá formó un cuarteto ofensivo demoledor.

En los dos primeros duelos, aún con Pelé sobre el césped, la figura de Garrincha no destacó por encima del resto. Después, tras ganar a España en el último partido de la fase de grupos, Mané empezó a echarse el equipo a las espaldas. En cuartos de final se encuadró a Brasil ante la Inglaterra de Bobby Charlton, Bobby Moore y Jimmy Greaves. Parecía un duro escollo que superar sin el ’10’, pero Garrincha se ocupó de allanar el camino con dos goles y una asistencia para Vavá.  Tres días después, los anfitriones vivieron en sus propias carnes lo visto ante Inglaterra. En apenas media hora Garrincha ya había firmado un doblete en las semifinales frente a Chile y Vavá sentenció el pase a la final con otros dos tantos para dejar un 2-4 en el marcador. Al día siguiente su nombre copaba las portadas y fue el primero al que preguntaron por su procedencia mucho antes de que un ‘barrilete cósmico’ derrotase a los ingleses en 1986. “¿De qué planeta viniste?”, preguntaba en su portada El Mercurio chileno. Checoslovaquia sería la última víctima en el curso de Brasil hacia el bicampeonato.

El mismo día de la final, en la charla previa antes de que iniciara el Brasil-Checoslovaquia, Garrincha dejó una anécdota que reflejaba sus pocas dotes intelectuales y su manera de vivir el fútbol. Interrumpió el discurso del seleccionador Moreira. “¿Hoy es la final?”, preguntó como si el asunto no fuera con él. Y ante la respuesta afirmativa del resto, se percató de lo que estaba en juego: “Claro, con razón hay tanta gente”. Minutos después saltaba al terreno de juego del Estadio Nacional de Santiago para hacer de nuevo una actuación estelar. Pese al tanto inicial de Josef Masopust para los europeos, la verdeamarelha le dio la vuelta al encuentro con los tantos de Amarildo, Zito y Vavá. La segunda estrella ya estaba en los corazones de los brasileños y Garrincha abandonaba la cordillera de los Andes como el héroe inesperado que hizo de Pelé cuando Brasil más necesitaba a un sustituto para O Rei.