Al echar un vistazo a los números que hablan de la inmigración llegada a México durante el siglo XX, aparece siempre un elemento común: la masiva presencia de personas nacidas en España que iniciaban una nueva vida al otro lado del Atlántico. Ya sea bajo la monarquía, las dictaduras o la II República, para vivir mejor o para sobrevivir, la península, hasta llegar a nuestros días, ha ido mandando ciudadanos al país norteamericano de forma ininterrumpida. Así pues, en las cuatro primeras décadas del siglo XX, España lideró la lista oficial de extranjeros en México. Algo que no debería sorprender, dados los lazos históricos y culturales existentes entre ambos países, y teniendo en cuenta que México ha ofrecido tradicionalmente asilo a personas perseguidas en su país de origen por razones políticas -también a los republicanos españoles-.

Decenas de miles de emigrantes, cada uno con una historia personal, muchas veces asociados entre ellos gracias al vínculo que aporta el origen común, elemento que se potencia cuanto más lejos está uno de su viejo hogar. Así lo hicieron, por ejemplo, unos cuantos asturianos que vieron en el fútbol un instrumento para la cohesión y la integración. En febrero de 1918, aún en los años de la Revolución, se fundaba en una reunión presidida por José Menéndez Aleu –a la sazón, portero del equipo- el Club de Fútbol Asturias, que acabaría desembocando en la creación del Centro Asturiano de México. Su idea de vestir camiseta azul indica la intención representativa y aglutinadora de la entidad, con las raíces asturianas como base. Otro de los impulsores de esa reunión, Antonio Martínez Cuétara, médico, escritor, periodista nacido en Ribadesella, sería su primer entrenador. También el encargado de arrendar el terreno que sería la primera casa de club.

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No le resultó fácil al Asturias acceder a la por aquel entonces liga amateur mexicana, que había visto su primer partido en 1902. Los impedimentos de la propia competición, que le exigía demostrar su nivel, y sus arbitrarios cambios de opinión respecto al asunto, como cuenta el mismo Centro Asturiano en su sitio oficial, llevaron al equipo a impulsar la creación de una nueva liga separada de la oficial. Invitaron a unos cuantos contendientes y llenaron las tribunas con acceso gratuito al público. Esa fórmula fue uno de los primeros grandes éxitos del Asturias. Así, su enorme poder de convocatoria, ligado al temor de la liga mexicana de perder su posición preeminente, propició que el Asturias fuera invitado al fin a participar en el torneo, después de resolver con victoria tres partidos de prueba. Se reparaban dos años de separación con una paz que, además, propiciaría la creación de estructuras federativas mexicanas más sólidas. Un renovado paisaje que, en 1923, llevaría a la formación de la Selección Mexicana. El Asturias, más allá de su propósito inicial en torno a la identidad del Principado, se convertía así en un elemento clave para entender la evolución del fútbol mexicano en la primera mitad del pasado siglo.

UN EQUIPO CAMPEÓN

El del Asturias no era el único nombre que sonaba a migración de los que conformaron aquella liga, todavía amateur, germen de lo que se convertiría en una competición profesional nacional y que hoy conocemos como Liga MX. En la clasificación se encontraban entidades como Germania FV, fundado por la colonia alemana del DF, o Real Club España, nacido fruto del impulso de inmigrantes españoles y que en 1912 ganó su primer título de la liga amateur, un dominio que se extendería con los años y que el Asturias se atrevería a desafiar. No solo en lo que a resultados se refiere -aunque también, pues en 1923 se proclamó campeón de esa liga en la que encontró cobijo, cortando el paso a un España que había ganado ocho títulos ligueros en nueve años, además de tres de Copa Tower-, sino en cuanto a la propuesta futbolística. Mientras que el estilo del Real Club España no era demasiado vistoso, en la línea de ese primer fútbol mexicano que con otros exponentes como el Club México optaba por un juego más tosco y básico, el del Asturias, entrenado por el escocés Gerald Brown, pasaba por ser, precisamente, más ‘escocés’, con el balón rodando a ras de césped.

Uno de los episodios que definirían esa rivalidad se vivió en el llamado Torneo del Centenario, que servía para celebrar los 100 años de la independencia del país. Según cuenta el Cihefe, se puede considerar ese torneo de 1921 el I Campeonato Nacional de Fútbol, pues participaron equipos de todo el territorio, antes organizados en competiciones regionales. España y Asturias se medirían en la final, un partido polémico en el que el Asturias discutió ciertas decisiones arbitrales y que acabó con los asistentes dedicando a los jugadores un sonoro ‘mueran los gachupines’, rememorando las célebres palabras del cura Hidalgo, el ‘grito de Dolores’ que encendió la mecha de la emancipación mexicana. En medio del caos, los asturianos se retiraron con ganas de cobrar algún día las cuentas pendientes. Y lo harían, pero deberían adentrarse en la década de los 30 para que los éxitos, sobre todo de Copa, llegaran sin dilación. Campeones de la Copa de México en la 1933-34, 1936-37, 1938-39, 1939-40 y 1940-41, en dos de esas finales (1939 y 1941) se desharían del España en la final. Eran buenos tiempos: en 1936, inauguraban un nuevo terreno de juego, el Parque Asturias, en el que cabían 25.000 espectadores. Un estadio que quemarían los aficionados del Necaxa después de que sus rivales se emplearan con demasiada dureza sobre su máxima estrella, Horacio Casarín, y el árbitro señalara un penalti que los dejaba sin opciones para el título. También al grito de ‘mueran los gachupines’.

 

El Asturias, más allá de su propósito inicial entorno a la identidad del Principado, se convertía así en un elemento clave para entender la evolución del fútbol mexicano en la primera mitad del pasado siglo

 

La Guerra Civil y la posterior dictadura franquista no ayudó a ni a la adaptación ni a la pervivencia del Asturias y el Real España en México. Para empezar, todo indica que la quema del Parque no respondía solo a una rivalidad deportiva. Las tendencias franquistas de algunos directivos del club no gustaban en México -un estado que se mantuvo firme junto a la legalidad de la II República-, precisamente cuando habían llegado y llegaban a México numerosos exiliados que huían del nuevo régimen fascista -en este sentido, cabe recordar la historia de la selección vasca y su paso por el fútbol mexicano, que ya explicamos en Panenka-. Otro episodio clave con implicaciones políticas para comprender el ocaso del Asturias se produjo durante una visita de la selección española al país azteca, en 1950. Después de que el colegiado pitara el final cuando los españoles estaban a punto de anotar un gol, cayó una lluvia de cojines sobre los jugadores mexicanos lanzada por los aficionados españoles, cuando los locales se retiraban al vestuario por orden de sus dirigentes. Una situación que aumentó la tensión entre dos gobiernos que no habían normalizado sus relaciones tras la victoria franquista del ’39. Cuenta el periodista Miguel Ángel Lara en Marca que Alfonso de la Serna, representante oficioso de España en el país americano, tras informar a Madrid de lo acontecido, presionó a los dirigentes de los dos clubes ‘españoles’ para que abandonaran la competición. En agosto de aquel año, el Asturias atendía la petición, semanas después que lo hiciera el Real España. “Nos retiramos porque hemos sido hostilizados y molestados por un campaña antiespañola”, comunicaron. Hasta ahí llegó un club que también se había adentrado con éxito en el profesionalismo, siendo campeón en 1944.

Pese al abrupto final, es de justicia recordar que el fútbol arrancó en el país azteca, gracias también, entre sus muchas expresiones, a ese acento asturiano. El club del Centro Asturiano es clave para entender los albores de un juego que hoy une, enoja, ilusiona y capta la atención de una nación en la que cientos de colores y cánticos distintos confluyen en el color verde. El juego fue una importación extranjera plagada de anglicismos; también en México, que en su adolescencia futbolística vio como sus padres británicos marchaban a la guerra del ’14 y les pasaban el balón a los autóctonos. Entre ellos, muchos de origen inmigrante. También a los españoles que hicieron las Américas. Su legado, además de fotos en blanco y negro, resultados extraños en competiciones desaparecidas y episodios de un siglo convulso, deja también, para el que así lo quiera interpretar, un aprendizaje: sin mestizaje, el fútbol no sería fútbol.

*Foto del Centro Asturiano de México

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