Es un transeúnte más. En una de las urbes más pobladas del mundo, como lo es Ciudad de México, un adulto mayor, de tez morena y acento extraño, utiliza el transporte público de manera diaria para trasladarse, y pasa desapercibido casi para todos. Es Arlindo dos Santos, un ex futbolista que brilló en la década de los sesenta y que consiguió entrar en la historia del balompié mundial al protagonizar la inauguración del Estadio Azteca. Él marcó el primer gol del recinto que en mayo pasado cumplió 50 años de vida.

Fue el 29 de mayo de 1966, cuando dos Santos Cruz guardó el hecho en la memoria colectiva. La gente recuerda la hazaña y no tanto al héroe. Habían transcurrido los primeros 10 minutos del encuentro entre el América, el club más rico del país, y el Torino de Italia, cuando Arlindo tomó el balón delante de la media cancha, lo condujo unos metros y antes de llegar al área rival, levantó la vista para lanzar un tiro potente que salió cruzado y se reflejó en el marcador. El duelo terminaría 2-2.

 

“Quería demostrarle al mundo que había un negrito en el América que sabía pegarle al balón. Se me concedió el milagro y no hay día que no dé las gracias”

 

Es el recuerdo más valioso que atesoro de mi carrera, se trata de un gol que me marcó. Fueron muchas emociones en aquel momento, recuerdo que cuando vi el balón dentro del arco corrí despavorido, me abrazó todo mundo, me quité la playera, lo grité con fuerza, volteé al cielo, agradecí a Dios y tomé una medallita que colgaba de mi cuello, que traía la imagen de la Virgen de Guadalupe. Esos minutos resumen todo el esfuerzo previo para llegar hasta ahí”, dice el que fuera media punta.

Y sí, no fue coincidencia. La noche anterior al estreno del estadio, Arlindo no durmió. Ya no recuerda cuántas veces se encomendó a Dios para pedirle lo mismo: un gol. “Recé toda la madrugada, me había preparado durante la semana entrenando al máximo que podía, pero me sentía inseguro; quería demostrarle al mundo que había un negrito en el América que sabía pegarle al balón. Se me concedió el milagro y no hay día que no dé las gracias”.

Previo a la gloria vivida en México, y a la postre su retiro y actualidad, Arlindo fue aprendiz de pescador, zapatero, albañil y hasta peluquero. Vivió un periplo de necesidad económica antes de ser futbolista: “A los 16 años dejé mi casa, buscando el sueño de todos los niños en Brasil. Combinaba mis distintos trabajos jugando al llano, en un equipo de barrio. Un día, nos enfrentamos a una de las filiales juveniles del Botafogo, en ese partido marqué dos goles y di el pase para el tercero. No volví a trabajar, me reclutaron para jugar profesional”.

Arlindo dos Santos compartió vestidor con leyendas de la talla de Garrincha: “Fue el futbolista más desequilibrante que he visto, un superdotado con el balón, no sabías qué iba hacer con él”, y Didí, su referente: “Lo tuve de compañero y hasta compartíamos habitación; era ejemplar, humilde, trabajador, leal. Traté de aprender de él todo lo que pude. Formamos parte de un Botafogo que consiguió tres títulos en el campeonato carioca –de 1957 a 1964–”.

En 1963, además, le dio a Brasil un título a nivel panamericano: “Esa selección fue una catapulta. Éramos muchos jóvenes y casi todos teníamos posibilidades de estar en el proceso para el Mundial del ’66; algunos, desde luego, no llegamos”. Con aquel cetro, Arlindo cumplió una promesa: “El gobierno nos dio suficiente dinero por el título y lo invertí en una casita para mi madre, que dejó el hogar en donde yo me críe –en Bahía–, para mudarse a Río”.

En el ’65 le contrató el América, el equipo más poderoso del país, para marcar un episodio en la historia de la institución gracias al gol del Azteca; después pasó por otros escuadrones, como Pachuca y Toluca, pero en 1970 regresó a Brasil, y ahí, concluyó su andar futbolístico, de la mano de una preparación académica que le permitió ejercer como contador público: “Mi carrera era algo que necesitaba y me sirvió para sobrevivir después del futbol”, resume.

Años más tarde volvería a México, para radicar definitivamente allí, donde pocos le reconocen en su habitual rutina. Hoy, es entrenador de un apartado del gobierno y está pensionado: “Vivo tranquilo, me gusta lo que hago y disfruto cada momento”. A pocos días del centenario del equipo que le trajera, el próximo 12 de octubre,  Arlindo revive la jugada que le hizo inmortal para Panenka, detalla aquel gol del milagro: “No lo pensé dos veces cuando la pelota me quedó para la pierna buena (la derecha), prendí el esférico con fuerza, en el tiro iba toda la esperanza de mi niñez, el sacrificio de mis viejos y ahora, a 50 años del episodio, sigo disfrutando haber anotado”.