Descender es un drama, una caida directa al infierno. Un día estás rodeado de los mejores, bebiendo del néctar del éxito, y de repente te encuentras en un bar de carretera sin saber qué haces allí. No es un sueño, estás ahí con un menú del día cuando meses atrás utilizabas los botes de caviar para calzar mesas. Es entonces cuando surgen las preguntas clásicas: ¿cómo he podido terminar aquí?, ¿por qué ese balón pegó en la madera? o ¿y si hubiera fichado a este jugador en lugar de a aquel otro? Ya no tiene solución, el menú del día ya va por el postre. Ojo, no es un plato del mal gusto, tan solo has acostumbrado el paladar a las mejores mieles. Por eso mismo, no está mal descender alguna vez al infierno, aunque tan solo sea para darle un vistazo y pasar algo de calor. Al cabo de los años el averno no será para tanto, tan solo un peaje a modo de redención.

La purga puede llegar por varios motivos, pero es común la suma de dos de ellos: la mala gestión deportiva y económica. Toda una ecuación perfecta, no contiene un solo fallo. Es así y punto. Todos conocen la fórmula que lleva directo al infierno y en muchos casos parece que eso da igual, se la juegan a no caer en esa casilla. Repito: no tiene solución. Quizá se tarde dos o tres años en caer, pero el descenso es ineludible. Es como ese oasis en medio del desierto, crees que estás haciendo bien las cosas y para cuando pretendes beber de su agua, estás de arena hasta las cejas. Que se lo digan al Granada, jugó con fuego durante años y al final se quemó. Cada año plagado de bajas y altas, sin una identidad concreta. Jugando a la ruleta rusa hasta que al final sonó el percutor. Tanto Osasuna como Sporting ofrecen una realidad distinta. No hace muchos años estaban en el averno jugando al dominó con belcebú, pero es algo que debían hacer. Era un peaje necesario para así purificar el club, debían apostar por quienes más sienten el escudo y volver a sentir los ánimos de su afición. Ambos clubes se humanizaron, pues algunos directivos creyeron ser deidades habiendo olvidado cuáles eran sus orígenes. Quienes al final te sacan del pozo son los de siempre, los que más sienten como suyo el club. Esos mismos a los cuales se desoye en los días de púrpura y oro, en los que se cree tener sangre azul.

El infierno no es tan malo si lo tomas como un aprendizaje y no como una condena. Uno puede caer en la locura si pretende ascender sin esfuerzo alguno, tan solo por tener más historia. Los días son largos, y los éxitos del pasado no son más que una anécdota. Ahí están Zaragoza, Valladolid, Mallorca, Oviedo o Rayo Vallecano. Colosos que dan palos de ciego, aún sin poseer la receta que les haga huir de su pena. Todo es aprender, por muy grande que sea usted. Tres de los cuatro semifinalistas de la presente edición de la Champions League han estado en segunda división en este siglo. La Juve ascendió en 2007, el Atlético de Madrid en 2002 y el Mónaco en 2013. Desde que volvieron a sus máximas divisiones coleccionan títulos y grandes actuaciones europeas. Pese al potencial económico que poseen, no creo que su camino haya sido más cómodo que el de otros. Aquí es donde entran el nivel de exigencia, el disgusto de los aficionados acostumbrados al caviar y la pérdida de grandes jugadores. Descender no es un drama, la verdadera tragedia es no aprender y salir reforzado de una situación así.