Muchos en Barcelona estarán subiéndose por las paredes. Esta es la primera reflexión que me viene a la cabeza al oír el nombre de uno de los futbolistas de la Juventus: Dani Alves. Quizá tiene ya 34 años, pero sus subidas y bajadas por la banda se asemejan a las de un imberbe que acaba de dar el salto al primer equipo y quiere comerse el mundo. Quizá no sea el claro ejemplo del seny catalán, ni mucho menos, pero su alegría y vitalidad, con lo positivo y negativo que conllevaban, fueron parte fundamental del mejor equipo que se haya visto nunca en el Camp Nou. Quizá su fútbol caótico, descontrolado y un tanto anárquico sacaran de quicio una y otra vez a la parroquia azulgrana, pero cómo se echan de menos esas paredes con Leo Messi derrumbando muros, diques, vallas o lo que se les pusiera por ahí en medio para enfilar la meta enemiga. Quizá, al final de todo, uno se dé cuenta de que ya es demasiado tarde para pedir perdón a un tipo que hoy está triunfando y recolectando elogios por Italia.

Hace un año dijo adiós a Barcelona por la puerta trasera, como si se diera a entender que su etapa vistiendo la elástica azulgrana ya se había consumido y que era el momento de dar un paso al costado para que otros recogieran el testigo apoderándose de la banda diestra. En un principio, el mal parecía menor. Desde los pies de los Alpes las únicas noticias que llegaban eran las de la incompatibilidad de Dani Alves con la idiosincrasia del calcio. En su primer día en Turín, Massimiliano Allegri le dio un tirón de orejas: “A veces juega mucho con fuego”. Eso de sacarla jugando a ras de césped, desde el área pequeña y con tres tíos encima, algo tan normal para alguien como el de Juazeiro, parecía no agradar excesivamente en tierras transalpinas. Y los tics que arrastraba de su innegable personalidad brasileña de apostar por el jogo bonito, sumados a las lesiones que encadenó en sus primeros meses, complicaron su pronta adaptación al librillo táctico de Allegri. Ni con tres centrales y dos carrileros, ni con la habitual defensa de cuatro. Puede que temeroso por lo atolondrado que parecía el juego de Dani Alves en un fútbol en el que se tiende a mirar antes tu propia meta que dirigirse hacia adelante ilusionado con penetrar la del rival, el técnico italiano no acababa de cogerle el tranquillo a su nuevo fichaje.

A medida que iba avanzando el curso, poco a poco, como era de esperar, se fueron entendiendo unos a otros. El brasileño comprendió el sobreesfuerzo en cuanto a la mentalidad defensiva que le exigía el italiano y el italiano captó las necesidades atacantes del brasileño. Massimiliano Allegri dio con la tecla cuando se decantó, después de diversos cambios de sistema, por una defensa de cuatro en la que Dani Alves se adjudicó el flanco diestro. Delante de él, su gran aliado de estos últimos meses, Juan Cuadrado. Juntos han conformado una dupla de resistencia, electricidad y entrega cerca de la línea de cal. Gracias a esta fórmula, el carioca pudo volver a potenciar las virtudes que habían hecho de él uno de los mejores carrileros del planeta. Volvieron sus constantes llegadas inesperadas por la banda, sus centros al área eran de nuevo un peligro para las zagas rivales y retornó el lateral capaz de desarbolar esquemas defensivos a base de combinación, toque y desmarque. El Dani Alves que todos conocían estaba de vuelta y al Barcelona le tocó vivir en sus propias carnes todo aquello que había disfrutado durante las ocho campañas en las que ese brasileño se adueñó de la banda diestra del Camp Nou.

El azar dictaminó que Alves se cruzara en el camino del Barça en los cuartos de final de la Champions League. Al principio, y solo al principio, el reencuentro parecía una hermosa suerte del destino. Se vislumbraban aplausos desde la grada del Camp Nou y un improvisado homenaje a un tipo que, aun sin representar el tipo de personalidad que cautiva entre los socis, se dejó cuerpo y alma por el escudo que los barcelonistas aman. Ya de primeras, las pautas que imaginaban no serían las que finalmente se darían con el transcurso de la eliminatoria. En primer lugar, por el resultado y la pobre imagen que dio el equipo de Luis Enrique al caer 3-0 en el Juventus Stadium. A esa decepción, a la hinchada azulgrana se le sumó la desesperación por ver lo que Dani Alves seguía siendo: toda una garantía de éxito en su posición. Y esa, muy a pesar de los culés, no sería la última exhibición del brasileño en el tramo decisivo del curso. Porque ante el Mónaco, en semifinales, se vio al mejor Dani Alves una vez más. Sacó a relucir sus mejores artes para firmar una eliminatoria de auténtico escándalo. Administró la banda diestra él solo, tanto en la ida como en la vuelta, ante el toque italiano de Allegri recuperando la línea defensiva de cinco hombres en el momento crucial de la temporada. Cuadrado, el socio de Alves, fue el damnificado para dar entrada a Andrea Barzagli y el brasileño no le echó en falta. En el Luis II del Principado de Mónaco le sirvió dos goles a Gonzalo Higuaín y en Turín un zapatazo suyo puso el 1-0 antes de brindar la asistencia del segundo gol a Mario Mandzukic. Al finalizar la eliminatoria, todos los focos apuntaban hacia Dani Alves y se recordaba que un año atrás el Barça dejó escapar de manera gratuita al hombre que acababa de meter a la Juventus en la final de la Champions League. Quizá, a fin de cuentas, lo de reubicar a un mediocentro formado bajo los parámetros de la Masía como Sergi Roberto en el lateral y dar salida a Dani Alves, no fuera un mal menor, sino el mayor de los males para el club azulgrana.

En su nueva etapa en Turín, Dani Alves ha demostrado que a sus 34 años sigue estando capacitado para aguantar en la élite rindiendo al máximo nivel. Mientras el físico resista seguiremos viéndole en la cima. Porque su volcánico carácter parece un cóctel de esos que nunca pasan de moda. Junto a su extravagante y directa forma de expresarse convive una mentalidad ganadora atípica en un futbolista brasileño de sus características. Su amor por dar espectáculo cada vez que pisa el césped no aminora en ningún momento el deseo que mantiene por ganar cada una de las batallas en las que le toca combatir. Y esa naturaleza tan poco usual es la que le ha llevado a ser uno de los futbolistas que más títulos ha acumulado durante toda su trayectoria. Sin importarle ciudad, equipo o escudo al que defender hasta la saciedad, Dani Alves entiende el fútbol como una fiesta en la que solo puedes divertirte si eres tú el campeón.