-En serio, peña. Fue el viaje de nuestras vidas, algo irrepetible. Volamos a Australia el día después del bodorrio y, tras una semana de ruta, cenamos en un pasaje tan idílico que…

-…Que se paró el tiempo. Sé de lo que hablas. Me ocurrió lo mismo en Bali. ¡Y eso que al mes me separé! Aunque ahora he encontrado el verdadero amor con Elena… ¿O no, gordi? A ver, que al final Australia mola, pero está algo sobrevalorada. Bueno, como el matrimonio. Jaja.

 

No falla. Ocurre en cualquier reunión de colegas. De hecho, estoy convencido de que te ha pasado a ti también. El amigo ‘destroza-momentos’, que irrumpe con la puntualidad de un apretón mañanero y la sensibilidad en otra punta, algo más abajo. Suele disparar una intervención corta, pero es tan seca, tan cínica, que cuesta no maldecirla. Inmediatamente después, todo lo que explicas ya es menos interesante y, sobre todo, menos especial. El grupo se resigna. Tú te empequeñeces.

Me vino esta situación a la cabeza cuando supe que Cristiano Ronaldo iba a abandonar, después de nueve temporadas, el Real Madrid. Sus goles, títulos individuales y éxitos colectivos han sido muchos y variados. Pero en lugar de regresar a cualquiera de estos momentos, al conocer la noticia de su marcha lo primero que pensé fue en lo aliviados que se habrán quedado los aficionados del Barça y los del Atlético.

Puedo estar equivocado, por supuesto. Pero lo siento: me parece relevante. Porque intuyo que su marcha a Turín deja una sensación de liberación en el entorno de sus principales contendientes que confirmaría algo en lo que llevo pensando desde hace tiempo: el gran mérito del máximo goleador de la historia del Real Madrid ha sido el de haber debilitado el relato ajeno; el motivo por el que, muy probablemente, el ciclo más exitoso y esperanzador de azulgranas y colchoneros no haya sido todo lo redondo y especial que habrían querido. Cuando uno y otro club han reunido todos los ingredientes para sellar la intervención definitiva, ha aparecido el atacante portugués para proclamar un discurso todavía más potente.

 

“Por eso imagino, en los despachos de los enemigos deportivos del club blanco, a más de un dirigente suspirando aliviado. Traducido al lenguaje de Ronaldo, puede que no haya mejor elogio para despedirle”

 

A Cristiano Ronaldo le ha tocado convivir con el Barça de Messi y el Atlético de Simeone. Al primero le ha sacado dos Ligas de Campeones de ventaja en el período en el que han coincidido en la Liga y, cuando la ventaja parecía insalvable, ha empatado a Balones de Oro con su estrella. Al segundo le ha privado, directamente, de dos Champions. ¿Son peores el Barça de Messi y el Atlético de Simeone porque Cristiano Ronaldo haya logrado todo esto? Por supuesto que no. ¿Queda el relato de ambos equipos ligeramente empañado y, quién sabe, menos resistente al tiempo porque Cristiano les negó más gloria? Tengo la impresión que sí.

La figura de Cristiano estará para siempre vinculada al Real Madrid como uno de los mejores futbolistas de su historia. Pero la verdadera dimensión de lo que ha logrado en España creo que se acabará midiendo por lo que ha arrebatado a sus dos competidores, que no han sido, insisto, dos competidores cualquiera.

Sin entrar a valorar el cómo y el porqué, siendo consciente incluso de que en esta ecuación han sido determinantes factores ajenos al propio jugador, la realidad es la que es y Ronaldo se marcha del Real Madrid con un botín estratosférico, una mochila de títulos tan contundente y pesada como una intervención a destiempo en mitad de una conversación entre colegas.

Cristiano ha interrumpido al mejor Barça y al mejor Atlético. Les ha replicado segundos antes del brindis. Les ha quitado la palabra e incluso les ha gritado en toda la cara. No sin esfuerzo. No sin una determinación obsesiva, no sin sudar cada día y convencerse de que era posible. Por eso imagino, en los despachos de los enemigos deportivos del club blanco, a más de un dirigente suspirando aliviado. Traducido al lenguaje de Ronaldo, puede que no haya mejor elogio para despedirle.