Que un delantero de los años 90 sea bautizado como el nuevo Van Basten dice mucho del atrevimiento del periodista en cuestión, aunque también del potencial del tipo señalado; en este caso, Alen Bokšić: el paradigma del camino abierto por el genial ariete holandés hacia la modernización de las funciones del ‘9’ sobre el césped. Dejarse caer a las bandas, jugar de espaldas para abrir pasillos a los centrocampistas y carrileros, contar con una perspectiva más amplia del último tercio del campo. Todas estas aportaciones sumadas a las funciones del finalizador fueron recogidas por Alen Bokšić, quien de los 17 a los 21 años fue adoptando estas características a su crecimiento como jugador dentro de las filas del Hadjuk Split. Fue en este equipo donde Bokšić marcó el último gol de la Copa de Yugoslavia, antes de la desmembración del país. Asimismo, fue el gol que tumbó al todopoderoso Estrella Roja, en una final serbio-croata de alta tensión.

A pesar de promediar un gol cada tres partidos durante estos años de aprendizaje, su presencia robusta y trato exquisito del esférico no pasaron desapercibidos para el Cannes, que se hizo con sus servicios aprovechando la desbandada balcánica originada por la guerra yugoslava. Nada más cambiar de aires, Bokšić comenzó con el calvario de lesiones que arruinaron un proyecto de jugador llamado a marcar época en el fútbol mundial.

Aunque no pudo disputar más que un solitario partido, al año siguiente, en la 92-93, el gran Olympique de Marsella de Bernard Tapie le echó las redes para una empresa mayor: suplir a Jean-Pierre Papin. El emblema del Olympique acababa de hacer las maletas para ser el relevo de Marco Van Basten en el Milan mientras el oranje siguiera en las filas del club transalpino. La ironía al cubo: mientras que un rematador nato como Papin era quien debía suplir al delantero total, quien iba a hacer lo propio en su anterior equipo era nada menos que el llamado a coger el testigo del mago holandés.

A pesar de que en esa misma temporada, un veterano Rudi Voller también era fichado por Tapie, era en Bokšić donde estaban puestas todas las esperanzas de un equipo que comenzaba su progresiva desarticulación a través de la pérdida de figuras como Papin y Chris Waddle. Y no defraudó. En su primer año como jugador del Olympique, Bokšić alcanzó su cima como futbolista, con apenas 22 años, plasmando una serie de cualidades donde destacaba su prodigioso control con ambos pies y sus zarpazos secos dentro y fuera del área.

 

Su calidad a la hora de pinchar balones en largo, sus driblings hacia el corazón del área y su facilidad para vertebrar contraataques mortíferos fueron definiendo su rol como segundo delantero

 

De gran poderío aéreo, el croata representaba la evolución del ariete robusto de toda la vida en un atacante de baile de salón. De sus pies, salieron 23 goles en los 37 partidos jugados esa mítica temporada, pero también un buen número de asistencias para que su compañero de oficina en la delantera, Voller, pudiera marcar otros 18 goles. Ni que decir tiene que en el fútbol de comienzos de los años 90, donde era normal ver pichichis con menos de 20 goles anotados, una delantera con 41 tantos en su casillero era algo desorbitado; más aún si, ese mismo año, el propio Bokšić se alzaba con el premio de máximo goleador de la Copa de Europa, con seis goles en ocho partidos, y que el Olympique se llevó a sus vitrinas a costa del equipo más temible de Europa: el Milan de Gullit, Rijkaard y Van Basten. La coincidencia de enfrentar al holandés con el croata en la final se tradujo en la excusa ideal por la prensa para convertir a Bokšić en el ‘nuevo Van Basten’. Un peso demasiado grande para un jugador cuyas características similares con el astro holandés acabaron por ser un lastre para deshacerse de su alargada sombra.

Según el guion dictado en aquellos años, para triunfar en Europa era impepinable hacerlo en el Calcio; donde Bokšić no tardó en recalar, ya comenzada la temporada 93-94. Su destino, la emergente Lazio. Sin embargo, durante sus siete años en Italia, repetidas lesiones fueron mermando su crecimiento, al mismo tiempo que soterraban poco a poco las grandes expectativas puestas en él.

A pesar de la dureza del campeonato italiano de aquella época, no hay excusa para un delantero cuyo su máximo registro fue de diez goles, en la temporada 97-98, curso en el que retornó tras haber probado suerte en la Juventus de Del Piero en la 96-97, donde acabaría siendo desechado por la presencia de Pippo Inzaghi. Aun así, su calidad a la hora de pinchar balones en largo, sus driblings hacia el corazón del área y su facilidad para vertebrar contraataques mortíferos fueron definiendo su rol como segundo delantero. Precisamente, fue su progresiva pérdida de protagonismo, jugando al servicio de goleadores como el siempre resolutivo Giuseppe Signori, como Bokšić dignificó para siempre la posición del delantero de apoyo, siempre en órbita de un rematador.

Bajo esta asunción total de su estilo de juego, modélico para un 4-4-2, Boksic estaba llamado a ser el copiloto de Suker en la delantera de la Croacia del Mundial 98, la misma que llegó a semifinales, dejando para el recuerdo una generación de puro talento, con Boban y Prosinecki como cabezas más visibles. Sin embargo, las lesiones volvieron a jugarle una mala pasada, descartándolo para una cita que habría sumado méritos a una carrera que se fue hundiendo lentamente en la 98-99 y 99-00, antes de cerrarla en el Middlesbrough, donde le puso punto y final a su manera: bajo inolvidables chispazos de genialidad y con la irregularidad por montera.