De medias ancladas al tobillo, galopar caballuno y cabellos rubios eléctricos, la imagen y porte de Ricardo Rogério de Brito siempre estarán asociados a los de un brasileño atípico, abocado a ser rebautizado como Alemao.


 

Lo que se entiende como la definición exacta de volante en los 80 y primeros 90, a lo largo de sus años de carrera entre Brasil, España e Italia, su desgarbado pero elegante estilo caló hondo entre los aficionados. Sus carreras verticales con el balón cosido al pie, esas clásicas dejadas al hueco fatídico, Alemao respondía a la muestra más fidedigna de talento fuera de la norma. El mismo que le llevó a ser entre 1988 y 1992 los tentáculos de Maradona en el Nápoles. Entre los dos, conformaron una sociedad esculpida con letras de oro en la memoria napolitana. Cada vez que ‘El Pelusa’ veía por el retrovisor a Alemao en carrera, las luces rojas de peligro se iluminaban en la retaguardia rival. La complicidad entre ambos fue más allá de la cancha de juego, representada en el mítico partido entre Argentina y Brasil de los octavos de final del Mundial de 1990, marcado por el caso de los bidones verdes de agua con fármacos. En aquel partido embarullado, no fue hasta el minuto 81 cuando se rompió el 0-0 reinante gracias a Caniggia, previa carrera de obstáculos típica del astro argentino, y de la que el primero en caer fue un Alemao que se apartó ante la presencia de su compañero del alma. Dicha escena fue un estigma para un Alemao que en aquella misma temporada ya había sido el protagonista del caso de la “monetina” en el Atalanta-Nápoles de la temporada 1989-1990, año en el que ganaría el Scudetto. Tal desenlace se dio gracias al 0-2 a favor del Nápoles con el que la federación italiana de fútbol declaró el resultado de un partido abocado al empate sin goles, y que cambió drásticamente de rumbo gracias a las artes interpretativas de Alemao, fingiendo un traumatismo craneal por una moneda impactando en su cabeza.

 

Cada vez que ‘El Pelusa’ veía por el retrovisor a Alemao en carrera, las luces rojas de peligro se iluminaban en la retaguardia rival

 

Las dotes para agudizar la picaresca aprendidas en sus años al lado de Maradona tampoco deberían empañar las dotes futbolísticas del ‘Káiser’ brasileño; dignas de esculpir en figura de bronce cuando se topaba con el cuero bajando en caída para ser propulsado en volea. Ante estampas de tal calado, saltaban las alarmas en el contrincante; el peligro se respiraba ante la mera plástica de su rodilla erguida, de un porte que anticipaba las míticas enganchadas al aire de Figo. Es precisamente con el tranvía portugués con quien las virtudes de Alemao son más reconocibles. A pesar de no ser un jugador de banda, el brasileño contaba con un gran desborde en carrera, además de ser un cirujano a la hora de armar tiralíneas al contraataque. Más allá de este parecido razonable, fue sobre todo en su año y medio como atlético cuando Alemao pudo ejercer su rol favorito: ser el faro guía del campo de batalla. Su amplio abanico de características definieron las virtudes del 10: visión del juego panorámico, toque en largo milimétrico y arrancadas mortíferas por la espalda de la defensa rival. A esta paleta de virtudes hay que añadir la rúbrica distintiva de un don natural para traducir la filigrana en recurso técnico. De sus inolvidables pases picados a los controles orientados de balón, Alemao dejó una huella profunda en los corazones colchoneros. El último fichaje de Don Vicente Calderón, el de Botafogo aterrizó en Barajas el día del sepelio del tótem rojiblanco, el 25 de marzo de 1987. A su llegada, sus palabras enfatizaban el horror de una casualidad fatídica: “Estoy triste. Me impresionó hace unos días conocerle en Brasil, donde es muy respetado, porque se trajo al Atlético a compatriotas como Leivinha, Luiz Pereira y Dirceu”.

Tal como se desprende de su última reflexión, Alemao llegaba para prorrogar una gran estirpe de inolvidables jugadores brasileños a los que dio profuso relevo en la temporada 1987-88, en la que llegó a ser designado por Don Balón como mejor jugador de la liga. Pero aquella temporada también fue la de sus desencuentros con un tal Jesús Gil. Y algo así sólo podía acabar de una manera: la salida forzada del club. Su sustituto sería Donato, un fichaje de 23 millones de pesetas, aunque quien verdaderamente cubriría su hueco no sería otro que Schuster. Cosas del destino, tendría que ser la combinación entre un ’10’ bávaro de pura cepa y un  todoterreno, como Alemao sería relegado de la memoria rojiblanca.

Atleta de Cristo y odioso de presionar en el achique defensivo, Alemao respondía al prototipo de jugador brasileño, pero también al mismo que armó un puente entre talento a raudales y mentalidad táctica europea, heredada por jugadores posteriores como Kaká y Juninho Pernambucano. En definitiva, un modelo de esos que siempre nos toparemos si descendemos hacia los orígenes del fútbol moderno.