72 exitosas horas no son nada en comparación con 21 años casi ininterrumpidos de reinado. Pero en el palpitante ecosistema griego ese efímero margen de tiempo es suficiente como para hacer temblar los cimientos de una de las dinastías futbolísticas más sólidas de Europa. En tres días el AEK de Atenas, único equipo heleno que sigue vivo en competiciones europeas, ha sido capaz de doblegar por partida doble a un Olympiacos que queda noqueado en Copa y prácticamente desahuciado en Liga. Para ello no basta con lograr los hechos del “qué”, sino que se necesita también el relato del “cómo”.

El domingo 4 de febrero era una de aquellas fechas marcadas en rojo en la agenda futbolística helena. Sin embargo, los focos mediáticos se centraron durante toda la jornada en la emblemática plaza Syntagma. Centenares de miles de nacionalistas griegos se habían congregado en protesta por el uso del término ‘Macedonia’ en el nombre del país vecino, como ya lo hicieran en Salónica hace dos semanas. Las calles se engalanaron con banderas griegas y los neonazis de Amanecer Dorado -cuya sede en El Pireo despierta simpatías entre los fanáticos de Olympiacos- aprovecharon tal ocasión para hacer una demostración de músculo. Por su parte, el reducto anarquista de Exarchia -barrio en el que los radicales del AEK tienen la sede- convocó una contramanifestación a escasos metro de la principal y desplegó toda su artillería antifascista. El resultado de esta explosiva mezcla no podía acabar de otra manera que no fuese con el intercambio de cócteles molotov y gas lacrimógeno. La encarnizada lucha entre los polos de ambas aficiones ya se había fraguado horas antes de que el balón comenzase a rodar en el Georgios Karaiskakis.

La atmósfera del encuentro transcurrió con la “normalidad griega” que se augura en un partido de tal calibre. El autobús del AEK salió en volandas del hotel de concentración y tuvo una hostil recibida a su llegada al estadio, con apedreamiento incluido. En tiempos en los que se debate sobre desarraigo futbolístico, la afición rojiblanca se ensañó una vez más con los visitantes al grito de “turcos, turcos”. Y es que los orígenes del AEK se remontan a 1924, cuando unos refugiados griegos de Constantinopla -la actual Estambul- fundaron un club que rendía tributo al Imperio Bizantino. De ahí surge en el escudo el águila de dos cabezas y los colores amarillo y negro.

 

La próxima semana se reúne el Tribunal Supremo Deportivo y deberá dirimir cuantos partidos clausura el estadio de Olympiacos, qué multa económica tiene que asumir el club y, lo más importante, cuántos puntos pierde en el campeonato liguero

 

Las grandes calderas griegas volvían a tener aroma español por cuarta vez en su historia. Primero fue en 2006 cuando se enfrentaron Lorenzo Serra Ferrer (AEK) y Victor Muñoz (Panathinaikos). Luego en 2010 coincidió la segunda etapa griega de Ernesto Valverde (Olympiacos) con la primera de Manolo Jiménez (AEK). En 2013 también hubo un fugaz encuentro entre el periplo de Fabri González (Panathinaikos) y la aventura de Míchel González (Olympiacos). Y ahora era el turno del recién llegado Òscar García que se las vería de nuevo con Manolo Jiménez. La primera contienda entre ambos técnicos ya se había producido hace dos semanas en el Karaiskakis y la ida copera finalizó en tablas y sin goles.

A falta de 10 minutos para el final del choque todo parecía indicar que iba a seguir el mismo curso: un partido bronco, de fuerzas igualadas, con más corazón que cabeza, de numerosas imprecisiones con el esférico y una notable falta de acierto de cara a portería. Hasta que el exrojillo Ansarifard introdujo, de volea, el cuero en el fondo de las mallas tras un saque de esquina. Éxtasis en las gradas. Pero solo durante 6 minutos. Otro córner y ahora el tanto lo anotaba el exazulgrana Chigrinskiy. Un jarro de agua fría. Y todavía aguardaba el sabor de amargura para una afición que empezaba a mostrar síntomas de exasperación. En el tiempo añadido el joven Giakoumakis dio la vuelta al marcador en una jugada envuelta de polémica.

Dicen que hay dos países en el mundo en el que no pueden haber espías: uno de ellos es Japón, porque todo el mundo calla. El otro es Grecia, porque todo el mundo habla. Y es que por definición el hincha griego es alguien que necesita muy poco para expresar sus sentimientos. Tanto para bien como para mal. No puede reprimirse y exterioriza sus emociones. Apoyo incondicional o crítica feroz. No hay término medio y de ello los futbolistas no están eximidos de contagiarse. El gol del internacional griego sub21 precedió de una falta sobre Botía, capitán de los rojiblancos. El murciano reprochó airadamente la acción al árbitro y le propinó un empujón que en aquel momento hubiera firmado cualquiera de los aficionados del estadio. Como consecuencia, el colegiado le mostró la segunda amarilla y le expulsó. Los encolerizados ánimos, lejos de apaciguarse, se canalizaron en una invasión de campo por parte de los radicales. Lanzaron bengalas, arrancaron sillas y el peor de los bochornos volvió a Grecia desde que se aplicó la doctrina de Stavros Kondonís. El exministro de Deportes con Syriza instauró en 2015 una serie de medidas para erradicar la violencia del fútbol griego; entre las que destacan la identificación del titular del asiento mediante una entrada electrónica o la implantación de cámaras de seguridad en todos los recintos deportivos.

Así pues, Òscar García pudo ser testigo de cómo se las gastan los suyos cuando los marcadores no son favorables. A falta de 10 jornadas de Liga se han visto relegados a la tercera plaza y ahora el AEK les aventaja en 2 puntos y el PAOK de Salónica, líder de la competición, en 4 puntos. Una situación que se antoja difícilmente reversible teniendo en cuenta las sanciones que le vienen encima a Olympiacos. La próxima semana se reúne el Tribunal Supremo Deportivo y deberá dirimir cuantos partidos clausura el estadio, qué multa económica tiene que  asumir y, lo más importante, cuántos puntos pierde en el campeonato liguero. Para pasar página ante dolorosas derrotas los entrenadores suelen desear que llegue cuanto antes el próximo partido. Y el destino le daba una nueva reválida al conjunto de El Pireo el siguiente miércoles.

 

Olympiacos volvía a estar en la lona y lo remachó Sergio Araujo con un excelente disparo desde fuera del área. La Leyenda estaba destronada por el tercer equipo más laureado de Grecia y la afición se lo hizo notar

 

Esta vez el escenario era en el Estadio Olímpico de Atenas, a 18 paradas de metro de la línea verde desde Falliro, donde cohabitan en menos de 500 metros de distancia el Georgios Karaiskakis y el Estadio de la Paz y la Amistad, la cancha de baloncesto de Olympiacos. Dicho trayecto no pudo llegar a hacerlo Òscar García ni tan siquiera en autobús, ya que de buena mañana tuvo que ser ingresado por una apendicitis. Así pues, los rojiblancos se presentaron a la cita todavía más mermados por la ausencia de su entrenador.

El encuentro prosiguió los patrones comunes de las anteriores disputas hasta el descanso. La prórroga no era una quimera y en el imaginario colectivo merodeaba aquella inacabable tanda de penales en la final de Copa del 2009, también en el mismo estadio. Aquel 2 de mayo ambos equipos empataron a cuatro goles en el tiempo reglamentario y se vieron obligados a patear un total de 34 disparos desde los 11 metros (15 para el vencedor Olympiacos y 14 para AEK). El tanto del mítico Nikopolidis puso fin a la tanda de penales más larga de la historia helena y permitió a Ernesto Valverde lograr el primero de sus dos dobletes.

Pero para evitar rememorar pesadillas pasadas, Christodoulopoulos acudió al rescate de los Dikefalos Aetos con un ajustado testarazo tras la reanudación. Olympiacos volvía a estar en la lona y lo remachó Sergio Araujo con un excelente disparo desde fuera del área. La Leyenda estaba destronada por el tercer equipo más laureado de Grecia y la afición se lo hizo notar recordando que podrán tener más trofeos en sus vitrinas, pero que ellos tienen un sentimiento de un año más de antigüedad. El tanto final de Tachtsidis no pudo hacer nada para evitar que, posiblemente, esta sea la primera temporada desde 2010 que el conjunto de El Pireo acabe el año sin alzar ningún título.

Hoy, 8 de febrero de 2017, la rivalidad se aparca para conmemorar el trigesimoséptimo aniversario de la tragedia del Karaiskakis, una fecha negra en la historia del futbol. 21 personas resultaron muertas y más de 50 resultaron heridas tras un Olympiacos-AEK que finalizó con victoria local por 6 a 0. Al término del encuentro se produjo una avalancha de espectadores contra una puerta cerrada. Los vomitorios de la Gate 7 -nombre con el que el mayor grupo ultra de Olympiacos homenaje a las víctimas- pasaron del júbilo de un histórico triunfo al pánico de una terrible catástrofe. En el luto nadie purgará en la herida, pero a partir de mañana el águila bicéfala volará sobre la corona de laurel de Olympiacos.