Se lesionó sin molestar a nadie, se llevó las manos a la rodilla y asumió que ese era su destino. No habría Mónaco, de nuevo había que volver al esfuerzo y sacrificio de antaño. Voló de Barcelona, de su Barcelona, sin llamar la atención, cerró la puerta antes de salir e intentó que nadie se diera cuenta de su ausencia. Con el paso del tiempo el fútbol le fue dando la espalda, aquel deporte que años atrás le había ofrecido alegrías casi cada temporada, el éxito que se le resistía en sus inicios dejó paso a actuaciones brillantes. Ahora ha dejado el deporte, ha decidido una vez más echarse a un lado. Sin ruedas de prensa, una carta emotiva o un vídeo charlando sobre su carrera deportiva. Nada. Víctor Valdés siempre trató de llamar la atención lo más mínimo posible, pero deberá tener en cuenta que él no fue un portero más y que su reconocimiento va más allá de las palabras.

El recuerdo es efímero y más aún en el deporte, lo que sí perduran son las sensaciones. Cuando en nuestra mente recordamos a un futbolista nos llegan flashes de sus mejores momentos, como si hiciéramos un vídeo de highlights de YouTube. En los de Valdés destaca su precisión con los pies y sobre todo el don de hacerse grande en los instantes en los que muchos se hacen pequeños. Valdés es el clásico partido del FC Barcelona en el que el rival tan solo llegaba una vez, el portero apenas intervenía durante los noventa minutos, y ahí debía impedir la única ocasión del contrario. Un flash, una reacción propia de los más grandes. Su rol era más propio del de un centrocampista que de portero, por sus botas pasaban las jugadas y era la referencia de los compañeros. Esto no siempre fue así, para llegar a este estatus tuvieron que venir antes los errores. Uno no puede ser un líder sin haberse equivocado antes. Mientras las críticas llegaban él siguió. Calló y continuó trabajando, nada más simple que eso. Lo sencillo hubiera sido bajar la cabeza, rendirse ante el entorno del Barça y fichar por cualquier otro club con tal de no volver a soportar la presión. Para Valdés, sin embargo, la presión era su gasolina. Cuanto peor estaban las cosas ahí aparecía él, era el carácter propio de una persona a la que no le han regalado nada y disfruta el sabor del éxito como pocos.

Las miradas se dirigían siempre a otros, generalmente van en dirección a quien hace goles en lugar de a quienes los evitan. Los porteros son eso, los que impiden la diversión propia del espectáculo. Pero Valdés siempre fue mucho más que un simple guardameta, en él se iniciaba todo y además debía hacer sentir a una defensa, que se colocaba a cuarenta metros de la portería, que él era su anilla de seguridad. Algo así como: “arriesgad compañeros, tirad la línea en el centro del campo y no os preocupéis que si hay un mano a mano ya lo solvento”. Valdés se tomo el fútbol como un trabajo, un oficio en el que sin esfuerzo jamás habría recompensa. Ese pensamiento le convirtió, durante un tiempo, en el mejor portero del planeta, pero quizá su tesón hizo que no disfrutara del juego. En un club tan inestable, como es el Barça, podríamos afirmar sin pestañear que él ha sido el mejor guardameta de su historia. Cómo negarle ese reconocimiento a un tipo que jugó durante más de una década en el primer equipo y logró seis Ligas, dos Copas del Rey, tres Champions League y dos mundiales de clubes entre demás trofeos.

“Me horrorizaba pensar que el sábado había partido, sabía esos noventa minutos lo iba a pasar fatal. Hay compañeros que están siempre riéndose y alegres porque van a jugar a fútbol. Yo era el típico chaval que no disfrutaba con aquello que estaba viviendo”, afirmaba Valdés para un reportaje de Informe Robinson. Esta es la visión de un chico que no quiso ser portero y que años después será recordado por lo que consiguió bajo una portería. A los 18 años se planteó dejar el fútbol y tan solo dos años después estaba debutando en Primera ante el Atlético. ¿Qué es lo que cambió en ese tiempo? Valdés asumió que ser portero no debía ser una penitencia, debía ser la recompensa a todo el trabajo que había cosechado. Nadie le negará aquella noche de París en la que desesperó a Henry. Tampoco se le podrá rebatir el éxito de haber sido miembro de la selección española campeona de Europa y del mundo. Recuerden que antes de que Del Bosque lo convocara se comentaba en la prensa que Valdés podía interrumpir la dinámica de España, que  el jugador no asumiría el rol de ser el suplente de Casillas. El de L’Hospitalet, una vez más, calló y trabajó. Así ha sido su silenciosa retirada, como si muy pocos se hubieran percatado que el cinco veces trofeo Zamora ha colgado los guantes. Todavía están presentes sus gritos de dolor ante el Celta y unos cuantos milagros defendiendo el escudo del Middlesbrough, las últimas tardes sobre la línea. El que no quiso ser portero y el centro de atención abandona la portería tras 15 años y siendo toda una leyenda, aunque esa no hubiera sido su intención incial.