El 3 de diciembre de 2003, Real Madrid y Atlético se cruzaban en la decimocuarta fecha de la Liga. A priori era como otro derbi cualquiera, aunque con la única variante de tratarse de una jornada intersemanal. Pocos palmos levantaba yo del suelo, así que tampoco sabría hacer un resumen exhaustivo de lo que sucedió sobre el césped del Santiago Bernabéu en aquella hora y media. De ese Atlético recuerdo las locuras del ‘Mono’ bajo palos, también que era la segunda etapa de Simeone en su amado Vicente Calderón y que Fernando Torres le marcaba día sí y día también al Barcelona. Era su segundo año en Primera División después de descender a los infiernos de la categoría de plata y la temporada arrancaba con una excelente cuarta posición en liga antes de enfrentarse al eterno rival, aunque concluiría el curso clasificando para la extinta Intertoto. El Real Madrid, por su parte, vivía en los tiempos galácticos de la primera etapa de Florentino Pérez. Cada año llegaba una superestrella al Paseo de la Castellana y ese curso el elegido había sido David Beckham. Si bien por aquellas fechas los blancos peleaban con el Valencia por liderar el campeonato, la temporada cerró de manera trágica con una cuarta posición muy lejana al equipo dirigido por Rafa Benítez.

La verdad es que de aquel partido, como he dicho, poco tengo en mente. Con apuros recordaba el número final de goles, las alineaciones y la gran mayoría de lo que sucedió ese día en el Santiago Bernabéu. De hecho, cuando me remonto a esa fecha solo se me vienen un flash y tres nombres a la cabeza. El flash, esos segundos en los que uno de los tres protagonistas de mi memoria recogió el balón. Y los nombres, Ronaldo, el ‘Cholo’ y el ‘Mono’. Podría ver repetida la jugada las veces que fueran y nunca recordaré lo que vino antes de que Ronaldo recogiera ese balón mientras los merengues más impuntuales iban subiendo y bajando escaleras en busca de sus butacas. Realmente, tampoco me importa mucho quién se la diera al brasileño. Lo que sucedió después fue lo que se quedó en mi retina.

***

Para ponernos en contexto, y después de una breve visita por YouTube para revisar el gol de nuevo, fue Raúl quien inició el encuentro. Un toque para Ronaldo. Éste, también de primeras, la movió atrás para David Beckham que, siguiendo con la premisa de jugarla a un solo toque, se la cedió al costado a Zinedine Zidane. El francés cabalgó con el balón hasta el centro del campo y la abrió para un Roberto Carlos que no necesitaba ni cinco segundos de encuentro para poner la sexta marcha. Una carrera de algo más de diez metros para ver libre a Ronaldo en tres cuartos de campo. Ahí, en ese preciso momento, empezaba el único recuerdo que tengo de ese partido.

***

Cuatro contactos con el balón, todos con la diestra, para dibujar una acción perfecta. Y cada uno de los toques superaba al anterior. El primero, un dulce control orientado para retar al enemigo. Ese primer toque en el que la cabeza va un segundo por delante y sabe dónde acabará el balón, en qué momento volverán a encontrarse el pie y la pelota, a quién se encontrará antes de realizar un segundo contacto con el esférico y cómo conseguirá zafarse de él.

Después vino el segundo toque. Uno de esos sutiles caños a un enemigo -el ‘Cholo’- que intimidaría a cualquiera, pero no al ‘gordito’, que hizo las delicias del espectador con ese longevo y típico ‘ooooh’ que retumba por las gradas cuando las piernas del rival se encuentran más abiertas de lo que hubiera preferido. Antes del tercer toque, un pequeño inciso, porque la poderosa arrancada con la que dejó metros atrás a Lequi y Sergi Barjuán no era propia de aquel Ronaldo lastrado por una panza considerable después de ver cómo sus rodillas maltrataban el fútbol que pudo habernos regalado. Aquellas milésimas de segundo fueron dignas del jovenzuelo que pasó por Eindhoven y Barcelona antes de mudarse a Milán y ver cómo los (malditos) cruzados le robaban la potencia a ese chico llegado de Brasil con la intención de comerse el mundo.

Entonces, aclarado esto, y volviendo al tercer momento de la jugada, Ronaldo perfiló el balón hacia su costado bueno con un toque mínimo, pero suficiente para dejarlo en el lugar adecuado para poner el 1-0 en el marcador antes de que a los rojiblancos les hubiera dado tiempo a hacer un simple parpadeo de ojos. Realmente, no tengo ni idea de si la tocó así por ese motivo exacto porque no estoy en su cabeza, pero tratándose de uno de los mejores goleadores de siempre, mucho me temo de que por esa mente tan privilegiada en los metros finales, el gol ya estaba más que asumido.

Y llegados definitivamente al último capítulo de aquella jugada, vino la definición. Podría haberla hecho sencilla, sin recochineo, sin complicaciones ni florituras. Si hubiera finalizado de ese modo habría sido un golazo igualmente porque la acción entera ya había sido sumamente increíble. Pero siendo brasileño, delantero y, encima, siendo Ronaldo, debía acabar con una delicatessen propia del jogo bonito que se instalaría en los anuncios televisivos años después como antesala del Mundial de Alemania en 2006, en el que, por cierto, los del jogo bonito acabarían aplastados por un Monsieur que casualmente también puso su granito de arena en esta obra de arte. Joder, me voy por las ramas. Cuarto toque. El ‘Mono’ sale a la desesperada para tapar el tiro. Supongo que así salían a achicar espacios todos los porteros cuando tenían al ‘Fenómeno’ en frente. Aguanta uno el disparo. Aguanta el otro la caída. Y en ese instante, por muy corto que parezca, imagino una conversación telepática entre ambos y en la que el brasileño juega un paso por delante, como aquel amigo pesado que siempre tiene una respuesta inoportuna a todos tus comentarios:

– Tú sigues aguantando, pues sigo sin chutar.

– Mierda, me voy a un costado.

– Entonces espero un pelín más.

– Ya estoy en el suelo.

– Pues la pico por el otro lado.

– Cabrón, ya me la has hecho…

14 segundos habían pasado de encuentro y Ronaldo ya había hecho lo que más le gustaba, jugar al gato y al ratón con quien le saliera al paso. Quizá en 2003 ya no era ni el más felino ni el más ágil de los gatos, pero su instinto depredador seguía intacto. Casi sin saber cómo, siempre acababa pillando el escondite de los ratones. Y aquel día al ‘Cholo’ y al ‘Mono’ les tocó actuar de inocentes roedores.