Los mexicanos imaginaban “cosas chingonas” pese a no estar, ni mucho menos, entre los favoritos para imaginárselas. Diversos peruanos colorearon las gradas de un Francia-Argentina con camisetas franjirrojas; habían soñado con ver a su selección clasificada como primera de grupo por delante de los Bleus, Dinamarca y Australia. Eso sí que es optimismo. Y las televisiones recuperaron imágenes de colombianos derrumbados ante la crueldad de verse eliminados por culpa de la siempre fatídica tanda de penaltis mientras explicaban que creían en las posibilidades de ver a los hombres de José Pekerman llevar la Copa del Mundo hasta las calles de Bogotá. Detalles como esos son los que demuestran que el fútbol nos transporta a la inocencia de cuando no levantábamos dos palmos del suelo. Y, quizá por ello, Inglaterra sueña más que nunca con la idea de que más de medio siglo después pueda volver a repetirse aquella gesta de 1966. Pero motivos futbolísticos también los tienen.

Al ritmo del mítico It’s coming home, recuperado del baúl de los recuerdos de la Euro’96, la selección de los tres leones se ha plantado en los cuartos de final de una Copa del Mundo. La novena ocasión que se deja caer por esta ronda. Una ronda que históricamente ha conllevado más lágrimas que sonrisas para los británicos. Aunque las sensaciones que desprenden los chicos de Gareth Southgate recuerdan más a 1966 y 1990 que no a los otros seis Mundiales en los que al término del encuentro de cuartos de final tuvieron que volver a casa para ver desde la lejanía el resto de partidos de la Copa del Mundo.

 

Con Gordon Banks, Bobby Moore, Ray Wilson, Jimmy Greaves, Bobby Charlton y Geoff Hurst, el objetivo no podía ser otro que adueñarse de la copa Jules Rimet

 

La mala relación de Inglaterra con el encuentro que abre las puertas a las semifinales se inició en su segunda participación en una Copa del Mundo. Cuatro años después de caer en la fase de grupos de Brasil’50, el Mundial de Suiza de 1954 fue la primera ocasión en la que los Three Lions se ubicaron entre las ocho mejores selecciones del planeta. Tras quedar por delante de Suiza, Italia y Bélgica en la fase de grupos, Uruguay sentenció el final de Stanley Matthews y compañía con un 4-2 en el marcador. Ocho años después, en Chile’62, pasaría de grupos gracias a la diferencia de goles respecto a Argentina y esta vez sería la Brasil de Garrincha, Vavá y Amarildo -con Pelé lesionado al iniciarse el campeonato- la que eliminó a los ingleses, que ya tenían en sus filas a algunos de los que serían los héroes de Wembley en el ’66.

La Copa del Mundo viajaba hasta el lugar que vio nacer este deporte. Era la gran oportunidad para salir campeones, y más aún teniendo en cuenta la categoría de los futbolistas con los que contaba Inglaterra aquel año. Con Gordon Banks bajo palos, Bobby Moore y Ray Wilson en la zaga y Jimmy Greaves, Bobby Charlton y Geoff Hurst en posiciones de ataque, el objetivo no podía ser otro que adueñarse de la copa Jules Rimet e impedir de cualquier manera que viajara a ningún rincón del mundo desde el viejo Wembley. Pese a iniciar el torneo con un empate sin goles en el partido inaugural contra Uruguay, a partir de ahí Inglaterra se mostró intratable con el resto de selecciones que salieron a su paso. México y Francia cayeron por sendos 2-0 en los otros dos encuentros de la primera ronda. Así, Inglaterra clasificaba como líder del Grupo A con el casillero de las derrotas y de los goles en contra a cero.

La fiabilidad defensiva de los Three Lions se reafirmaba en cuartos, los malditos cuartos, contra Argentina; un gol de Geoff Hurst (en fuera de juego) fue suficiente para ‘debutar’ en unas semifinales de la Copa del Mundo. El siguiente escollo, la Portugal de un Eusébio que había enamorado al planeta entero con sus exhibiciones a lo largo del torneo. Ocho goles sumaba en su haber, e incluso fue el primero que vio puerta ante Inglaterra, pero fue insuficiente ante los dos tantos de Bobby Charlton. La final, disputada en la catedral del fútbol mundial, enfrentaba a los anfitriones contra Alemania Occidental. Fue un partido marcado por un resultado abultado (4-2), por el hat-trick de Geoff Hurst y por su polémico gol fantasma, el que ponía a los ingleses por delante en el tiempo extra. “No vi entrar la pelota, pero Dienst descargó sobre mi espalda toda la responsabilidad. ¿Qué podía hacer?”, argumentó años después el linier Bakhramov. Inglaterra, pese a la polémica, ya podía bordar su primera estrella en el pecho.

Tras hacer historia en casa, los dos Mundiales disputados en tierras mexicanas, en 1970 y 1986, devolverían a los ingleses a los viejos fantasmas del pasado, como si aquel éxito del ’66 fuera cosa de una tregua pactada con el diablo. En la fase de grupos del ’70 Inglaterra vio como aquella Brasil plagada de dieces era una apisonadora y solo le permitía avanzar como segunda. Y en cuartos, mucho antes de que Gary Lineker registrara aquella icónica frase sobre la fiabilidad germana, Alemania Occidental remontó un 0-2 en contra para que el mundo entero empezara haciéndose con la idea. 16 años después, en México’86, y precisamente con un Lineker estelar durante el torneo, la eliminación de Inglaterra tuvo una única explicación: ese día jugaba Diego Armando Maradona.

Así llegamos hasta 1990, el Mundial de Italia. En el Grupo F -Inglaterra, Irlanda, Holanda y Egipto- la igualdad fue la nota dominante. Nadie pudo anotar más de un tanto en cada uno de los partidos disputados. Con una sola victoria y cinco empates se cerró un grupo en el que clasificaron los tres combinados europeos -Holanda como uno de los mejores terceros-. Y con Lineker, Gascoigne, Barnes y Peter Shilton al frente de aquella selección, los ingleses sufrieron de lo lindo para cargarse a Bélgica en octavos. Fueron necesarios 119 minutos para ver el primer gol del encuentro, obra de David Platt, que salió desde el banquillo mediado el segundo tiempo.

De nuevo en cuartos, tocaba pelear contra los Leones Indomables para superar la siempre complicada barrera que separaba a los ingleses de estar entre las cuatro candidatas al título mundial. Fue un duelo movido, con dos remontadas, que también tuvo que decidirse con media hora extra de juego. Esta vez, con un 2-2 en el marcador, fue Gary Lineker quien decidió desde los once metros -ya había igualado el encuentro con otro tanto de penalti- a favor de Inglaterra. Segunda (y última, hasta el momento) vez que alcanzaban las semifinales de una Copa del Mundo. Era la tercera ocasión que Alemania Occidental e Inglaterra se retaban en una fase eliminatoria de un Mundial. Hasta entonces, reparto de victorias: una para los ingleses en el ’66, otra para los germanos en el ’70. Tocaba desequilibrar la balanza, y fueron los once metros los encargados de hacerlo tras los tantos de Andreas Brehme y Gary Lineker en el tiempo reglamentario. Alemania los metió todos; Stuart Pearce y Chris Waddle erraron para los de Bobby Robson. El tren hacia la final del Mundial se escapaba.

Ya en el nuevo siglo llegarían las dos últimas eliminaciones de Inglaterra en su ‘ronda maldita’. Primero, en el Mundial de Corea y Japón de 2002, una sensacional actuación de Ronaldinho, con asistencia, golazo y tarjeta roja incluidos, echó por quinta vez a Inglaterra en cuartos. Cuatro años más tarde, en Alemania’06, con una plantilla cargadísima de talento -Lampard, Gerrard, Owen, Rio Ferdinand, Beckham o Rooney- la Portugal de Luis Figo, Cristiano Ronaldo, Deco y compañía apearía a los británicos de la competición en un encuentro marcado por la expulsión de Wayne Rooney y por la poca puntería de los ingleses desde el punto fatídico -solo Hargreaves anotó su lanzamiento-; siendo esta la última vez que los ingleses llegaron tan lejos en la competición.

Puede que el historial de los Three Lions no invite al optimismo. Pero Harry Kane aúna el liderazgo de ídolos como Charlton con la precisión de cara a puerta de Lineker; Southgate ha encontrado en Henderson el equilibrio perfecto para vivir sin miedo en las transiciones; con la defensa de tres centrales y un inspirado Pickford, Inglaterra vuelve a sentirse segura en la retaguardia; y el cambio generacional, con los Dele Alli, Lingard, Rashford o Trippier, ha resultado una bocanada de aire fresco para un país que necesitaba piernas frescas y nuevas para lucir los tres leones con orgullo. “Hemos mejorado, pero aún no hemos llegado al éxito”, remarcaba el seleccionador tras superar los octavos de final.

Así, las sensaciones se han sobrepuesto al duro peso de la historia. Si contra Colombia se rompió un maleficio de siete tandas de penalti consecutivas mordiendo el polvo, por qué no soñar con desquitarse de los miedos que persiguen a los ingleses cuando se ven en los cuartos de final de la Copa del Mundo. Será cosa de la inocencia que nos provoca el balón cuando echa a rodar, pero mientras haya vida, los ingleses pueden seguir ilusionándose con que ese trofeo dorado it’s coming home.