“We are all in the gutter, but some of us are looking at the stars”.

Oscar Wilde, en El abanico de Lady Windermere.

 

“Recuerdo el momento exacto en el que supe que estábamos arruinados. Aún puedo ver a mi madre delante de la nevera, aún me acuerdo de su mirada. Tenía seis años y había vuelto a casa para almorzar. El menú era el mismo de todos los días: pan y leche. Cuando eres un niño no te das cuenta de estas cosas, pero supongo que aquello era lo único que nos podíamos permitir. Entré en la cocina y vi a mi madre delante de la nevera con el cartón de leche, como siempre. Pero aquella vez estaba mezclando algo en él, como agitándolo. No entendí nada de lo que estaba pasando. Luego me trajo el almuerzo. Me sonrió como si todo estuviera genial, pero enseguida me di cuenta de lo que estaba pasando. Había mezclado agua con la leche. No teníamos suficiente dinero para hacer durar la leche toda la semana. No es que fuéramos pobres, es que estábamos en la ruina”.

Así empieza el emotivo e imprescindible artículo, publicado hace unos días en The Player’s Tribune bajo el título I’ve got some things to say (Tengo algunas cosas que decir, en español), en el que Romelu Lukaku, el delantero belga que, a base de excelentes actuaciones, se ha convertido en una de las grandes sensaciones de la Copa del Mundo de Rusia, se despoja para revivir el amargo infierno de su infancia de una forma desgarradoramente dura. “Mi padre [Roger, un atacante de origen congoleño que llegó a ser internacional con Zaire] fue un futbolista profesional, pero estaba en el final de su carrera y no tenía dinero. Lo primero en desaparecer fue la televisión por cable. Sin señal: no más futbol, no más Match Of The Day. Luego, volvía a casa por las noches y no había electricidad. Tampoco teníamos agua caliente. Incluso había veces en las que mi madre tenía que ‘tomar prestado’ pan de la panadería de la calle. Los panaderos nos conocían a mí y a mi hermano [Jordan, un lateral izquierdo que actualmente milita en la Lazio], así que nos dejaban coger el pan el lunes y pagarlo el viernes. Sabía que estábamos luchando contra la pobreza. Pero cuando la vi mezclando la leche con agua me di cuenta de que todo había terminado”, sentencia el ariete del Manchester United, en un atípico ejercicio que le humaniza y le aleja del estereotipo que tan frecuentemente encarnan aquellos que se creen semidioses.

 

“El día que vi a mi madre mezclando la leche con agua me di cuenta de que todo había terminado. No es que fuéramos pobres, es que estábamos arruinados”

 

Pero a pesar de todas las adversidades, el pequeño Romelu había decidido no rendirse. “No dije ni una palabra, no quería que ella se preocupara. Pero aquel día me hice una promesa. Fue como si alguien chasquera los dedos y me despertara, supe exactamente lo que tenía que hacer y lo que iba a hacer. No podía ver a mi madre viviendo así. A la gente del mundo del fútbol le encanta hablar sobre la fuerza mental. Bien, yo soy el tipo más fuerte que nunca conocerás. Mantuve mi promesa en secreto por un tiempo. Pero algunos días volvía a casa de la escuela y me la encontraba llorando, así que un día le dije: ‘Mamá, esto va a cambiar. Ya lo verás. Voy a jugar a fútbol con el Anderlecht. Y va a suceder pronto. Estaremos bien, ya no tendrás que preocuparte más’. Tenía seis años. Le pregunté a mi padre: ‘¿Cuándo puedes empezar a jugar al fútbol profesional?’. Él dijo: ‘A los 16’. Y respondí: ‘Ok, 16 entonces’. Iba a ocurrir, estaba seguro”, enfatiza el ‘9’ de Bélgica en una parte del artículo dolorosamente real.

A partir de aquel momento, “cada encuentro que jugué fue una final. Cuando jugaba en el parque, era una final. Cuando jugaba en el patio de la escuela, era una final. Trataba de despedazar el balón cada vez que lo chutaba. Sin tiros colocados, no le daba al R1. No tenía el nuevo FIFA, no tenía una PlayStation”, prosigue un Lukaku que desde bien pequeño empezó a sufrir la lacra del racismo hasta el punto, vergonzosamente revelador, de que su madre acostumbraba a llevar su certificado de nacimiento a los partidos.

“Nunca olvidaré la primera vez que escuché a un adulto decir: ‘¿Cuántos años tienes? ¿En qué año naciste?’. Cuando tenía 11 años, iba a jugar un partido con los juveniles del Lierse y uno de los padres del otro equipo trató de evitar que saltara al terreno de juego. ‘¿Qué edad tiene este niño? ¿Dónde está su documento de identidad? ¿De dónde es?’. Pensé: ‘¿Qué? ¿Qué de dónde soy? Nací en Amberes, soy de Bélgica’. Estaba completamente solo, así que tuve que defenderme. Fui a por mi documento de identidad y se lo enseñé a todos los padres, que se lo pasaron inspeccionándolo. Recuerdo que me hervía la sangre. Y pensé: ‘Voy a matar a vuestros hijos. Ya iba a matarlos antes, pero ahora voy a destruirlos. Os vais a llevar los niños a casa llorando'”, recuerda el poderoso ariete belga. Cierto es que quizás no sea forma más genuina de disfrutar de la esencia del balompié, pero este era el plan que Romelu había diseñado para hacer realidad su misión: “Quería ser el mejor jugador de la historia de Bélgica. Ni ser bueno, ni ser excelente; ser el mejor. Jugaba con tanta ira, por muchas cosas… Por las ratas que corrían por nuestro apartamento, por cómo me miraban los padres de los otros niños… Porque no podía ver la Champions League.

La rabia interior alimentaba los utópicos sueños del joven Lukaku; ese imponente chaval que, utilizando las botas de su padre, anotó hasta 76 tantos en 34 encuentros cuando tan solo tenía 12 años. Por aquel entonces, Romelu recibió una llamada de su abuelo materno que le cambió la vida: “Siempre quería oírme hablar de fútbol, pero aquella vez fue extraño. Me dijo: ‘Rom, ¿puedes hacerme un favor? ¿Puedes cuidar de mi hija?’. ‘¿De mamá?, estamos bien’, respondí. Pero él me rebatió: ‘No, prométemelo. ¿Puedes prometérmelo? Cuida de mi hija, cuida de mi hija por mí’. Cinco días después falleció y entendí todo lo que había querido decirme. Me entristece recordarlo, me gustaría que hubiera vivido otros cuatro años más para verme jugar con el Anderlecht, para ver que había cumplido mi promesa, para ver que todo estaba bien. Le dije a mi madre que lo haría a los 16. Me equivoqué por once días”.

 

“Cuando las cosas iban bien, en los periódicos me llamaban ‘Lukaku, el delantero belga’. Cuando las cosas no iban bien, ‘Lukaku, el delantero belga de origen congoleño'”

 

Ciertamente, el 24 de mayo de 2009 fue otra de las fechas clave en la vida de Lukaku. Aquel fue “el día más loco” para el imberbe Romelu; un joven que, en la enésima muestra de su determinación, pasó de ser suplente con los sub-19 en diciembre de 2008 a firmar su primer contrato como profesional con el Anderlecht el 13 de mayo de 2009, justo el día en que cumplía 16 años. Tan solo once días después, el delantero saboreó (por fin) la inefable satisfacción de debutar con el primer equipo de Les Mauves et Blancs en el encuentro de vuelta del play-off que se disputó entre el Anderlecht y el Standard de Lieja para coronar al campeón de la liga belga. Romelu había visto el partido de ida “en casa, como un fanático”, pero el día antes de la vuelta recibió una llamada del entrenador del conjunto reserva. “‘Rom, ¿qué estás haciendo?’. ‘Estoy a punto de ir a jugar a fútbol al parque’, respondí. ‘No, no, no, no, no. Prepara tus maletas ahora mismo. Tienes que ir al estadio ahora mismo. El primer equipo te quiere ahora’. Nunca lo olvidaré, me presenté en el estadio y me pidieron qué número quería. ‘Dame el ’10”, dije. Era demasiado joven para tener miedo”, rememora Lukaku. El delantero de Amberes, que finalmente vistió el ’36’ (“tres más seis son nueve, y ese es un número genial”), saltó al césped del Stade Maurice Dufrasne cuando el electrónico marcaba el minuto 63. No pudo impedir que el Anderlecht perdiera el campeonato, pero Romelu “ya estaba en el cielo”. “Había cumplido la promesa que le hice a mi madre y a mi abuelo. Ese fue el momento en el que supe que estaríamos bien”, asevera Lukaku.

Lejos de estancarse, de conformarse con haber debutado en la competición belga siendo un adolescente, la meteórica proyección del atacante belga continuó su curso. “La temporada siguiente compaginaba el último año de secundaria con jugar la Europa League, recuerda Romelu; que, cuando apenas tenía 16 años, nueve meses y 18 días, debutó con la selección absoluta de Bélgica el 3 de marzo de 2010, de la mano de Dick Advocaat, en un encuentro en el que compartió la titularidad con futbolistas como Eden Hazard, Axel Witsel, Jan Vertonghen o Vincent Kompany, uno de sus grandes ídolos. “Cuando las cosas iban bien, en los periódicos me llamaban ‘Romelu Lukaku, el delantero belga’. Cuando las cosas no iban bien, me llamaban ‘Romelu Lukaku, el delantero belga de origen congoleño'”, rememora el ‘9’ del conjunto de Roberto Martínez. Y, enormemente convencido, añade: “Puede no gustarte cómo juego, pero yo nací aquí. Crecí en Amberes, en Lieja y en Bruselas. Soñé con jugar con el Anderlecht. Soñé con ser Vincent Kompany. Comienzo una oración en francés y la terminó en holandés. Soy belga. Todos somos belgas. Esto es lo que hace que este país sea genial. No sé por qué algunas personas de mi propio país quieren verme fracasar. Esas personas no estaban conmigo cuando en casa tirábamos agua a los cereales”.

“¿Sabes qué es gracioso?”, continúa Romelu. “Cuando era un niño, me perdí 10 años de Champions League. Nunca pudimos pagar para verla. Iba a la escuela y todos los niños hablaban sobre las finales. Recuerdo que, en 2002, cuando el Madrid jugó contra el Leverkusen, todos decían: ‘¡Qué volea! ¡Dios mío, qué volea!’. Siempre tenía que fingir que sabía de lo que estaban hablando. Doce años después, estaba jugando en la Copa del Mundo. Ahora estoy a punto de jugar en otro Mundial. Y esta vez voy a divertirme. La vida es demasiado corta para el estrés y el drama. La gente puede decir lo que quiera sobre nuestro equipo y sobre mí”, asegura Lukaku en el texto, que se publicó el día del debut de Bélgica.

En Rusia, el ‘9’ de los Rode Duivels, el máximo goleador histórico de la selección con 40 dianas (17 en los últimos 13 partidos), está escribiendo un bello epílogo a su preciosa historia de superación. Hasta el momento tan solo ha anotado dos tantos contra Panamá y otros dos contra Túnez, pero su influencia en los esquemas de Roberto Martínez va más allá de las cifras goleadoras. Y es que, a sus 25 años, Lukaku no solo se está consolidando como un ariete de clase mundial; sino que también se está erigiendo en el líder del vestuario belga. Eden Hazard es quien lleva el brazalete de capitán; pero Romelu es quien entona la voz cantante cuando llegan los momentos verdaderamente complicados. Más maduro que nunca, aquel chico que disputó más partidos con el conjunto de reservas del Chelsea que con el primer equipo, aquel hombre que nunca olvida que creció en la miseria, reúne a sus 23 compañeros e insiste en recordarles que jamás hay que rendirse. “Si hemos llegado hasta aquí es porque somos una familia. Siempre les digo que hay que creer, pelear al 100% por los sueños e ir al máximo en los partidos”, reconocía el propio Lukaku en una entrevista en la página web de la FIFA.

Así es como entiende el fútbol Lukaku; el niño que creció idolatrando al imparable Adriano Leite, el comandante del ataque de la selección de Roberto Martínez y Thierry Henry. Tal y como admitía esta semana el técnico catalán de los Rode Duivels, Titi es “el secreto que explica el nivel de Romelu Lukaku en Rusia”. “Ha estado trabajando todos los días con Thierry, aprendiendo de él. Tiene la mentalidad ganadora, quiere ser el mejor ‘9’ del mundo”, añadía Martínez. Y es que, en apenas dos años, se ha fraguado una gran relación entre Romelu Lukaku y Thierry Henry, dos apasionados del fútbol que continuamente compiten para establecer quién sabe más de este deporte. “Cuando éramos niños, ni siquiera podíamos permitirnos verle en el Match Of The Day. Ahora aprendo de él todos los días. Es posible que Thierry será la única persona en el mundo que mira más futbol que yo. Nos sentamos juntos y debatimos sobre la segunda división alemana. ‘Thierry, ¿has visto cómo juega el Fortuna Düsseldorf?’. Y responde: ‘No seas tonto. Claro que lo he visto'”, cuenta Lukaku, un loco del balompié que presume de haber visto absolutamente todos los partidos de la Premier League de las últimas tres temporadas, en The Player’s Tribune.

El artículo, tan brillante como imprescindible, termina con un nostálgico deseo. “Me gustaría que mi abuelo estuviera aquí para ver todo esto. No estoy hablando de la Premier League. Ni del Manchester United, ni de la Champions League, ni de la Copa del Mundo. Esto no es a lo que me refiero. Desearía que mi abuelo estuviera aquí para ver la vida que tenemos ahora. Desearía poder hablar con él por teléfono una vez más y decirle: ‘¿Ves? Te lo dije. Tu hija está bien. No más ratas en el apartamento. No más dormir en el suelo. No más estrés. Ahora estamos bien. Estamos bien'”, concluye Romelu Menama Lukaku Bolingoli.

Profundamente emocionado, su abuelo le respondería: “Ahora ya no tienen que comprobar tu documento de identidad. Ahora ya saben nuestro nombre”.