Thibaut Courtois vuela, su mano izquierda raspa el balón lo justo para evitar el gol de Neymar Júnior y el fútbol, por un instante, da la sensación de romperse en mil pedazos. Pero lo realmente extraordinario es lo que sucede después. El portero belga cierra los puños, deja ir un grito por la boca que muere pronto y acto seguido vuelve a poner la misma cara que tenía en el minuto 3, el minuto 27 o el minuto 54 de partido. Ese gesto insípido que a uno se le queda cuando, sencillamente, está concentrado haciendo su trabajo, ya sea arreglando una lavadora, archivando las facturas en el fichero o clasificando a su equipo para las semifinales de un Mundial.

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Hay algo que supera el impacto de una jugada espectacular: el deje protocolario, ordinario, excesivamente corriente que se apodera del rostro de aquel que la protagoniza. Como si aquello que acaba de producirse fuera una más entre las muchas cosas sencillas que las personas deben abordar todos los días: atarse los cordones, beber un poco de agua, cambiar una coma de sitio. Lo más normal del mundo.

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Hubiese estado bien que, después del Bélgica-Brasil, algún periodista le hubiese preguntado a Courtois que cómo se le había ocurrido hacer esa parada en el tiempo de descuento, y que este, con los ojos clavados en los de su interlocutor, hubiera respondido: “¿Pero qué esperabais? ¿Que la dejara entrar?”. En la misma línea, también alguien podría haberse interesado por los nervios de acero con los que Ivan Rakitić resolvió la tanda ante los rusos, a lo que el centrocampista de Croacia podría haber contestado: “Pero es que si lo metía, pasábamos, ¿sabes?”.

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Las personas muy profesionales me producen esa clase de terror que en el fondo no es más que una forma perversa de fascinación. Jamás llegarás a ser como ellos, ni siquiera actuando, y esa distancia insalvable que separa tu angustia de su temple te genera horror y asombro a partes iguales. Hace unos días leí en un periódico gratuito de esos que regalan en el metro que Kit Harington, el actor que interpreta a Jon Snow en Game of Thrones, necesita comerse tres golosinas antes de grabar una toma, porque de otra manera no es capaz de tomarse en serio su papel. Por un momento imaginé qué pasaría conmigo si aplicase el mismo método al ponerme con la corrección de un texto, o antes de entrar a una reunión con mi jefe. Estuve diez segundos rumiando, dando vueltas sobre el mismo eje. Luego doblé el diario y lo abandoné en el asiento vacío de al lado, desconcertado.

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Aparte de goles, pifias, sorpresas, declaraciones memorables o lanzamientos de penalti, las Copas del Mundo también dejan postales. Imágenes que, por una razón o por otra, se hacen virales, concentran todas las miradas, y se ganan el derecho a pasar a la historia. El de Rusia, de momento, propone como legado dos fotografías que desprenden una luz especial, aunque radicalmente distinta. Por un lado está la que captura a Neymar llorando después de marcarle un tanto a Costa Rica; un tanto que no solo pareció sencillísimo, sino que además lo fue (eso también podría decirlo el VAR). Y por otro la que muestra a Harry Maguire departiendo tranquilamente con su pareja minutos después de haber sido uno de los protagonistas del pase de Inglaterra a semis, al batir a la salida de un córner a Olsen. El tipo, un grandullón de ojos tristes que hace dos veranos tenía que conformarse con seguir la Eurocopa de su selección como un aficionado más, literalmente, dando brincos en las gradas de los estadios franceses, debería estar muriéndose de la emoción mientras les cuenta a sus seres queridos cómo acaba de cumplir el sueño de su vida, si no fuera porque allí, acodado en el cristal que separa los asientos del césped, más bien da la impresión de estar hablando sobre la última entrevista de Broncano a Yung Beef o de cómo hay que cocer los puerros para que queden en su punto. Con una parsimonia del carajo.

Cómo no enamorarse de Harry Maguire. Esa es la cuestión.

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“Por fuera es todo frío y distante -añadió-. Pero, por dentro, es todo frío y distante”. (El miedo más profundo, Harlan Coben)

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Este torneo también será recordado por haber empezado como un Mundial y haber acabado como una Eurocopa, con cuatro combinados del viejo continente enfrentándose en la parte final del cuadro. Como apunta Francisco Cabezas en una de sus brillantes crónicas escritas en suelo ruso (aunque quizá esté muriéndose de calor, desde el primer día de campeonato no he podido parar de imaginármelo aporreando el teclado con una ushanka cubriéndole la cabeza), cuando lleguemos a Catar, dentro de cuatro años, se cumplirán dos décadas desde la última vez en la que una selección americana fue capaz de levantar el trofeo. Una sequía que, en mi intimidad, justifico a partir de los avatares del temperamento. Ante la enorme (y muy envidiable) pasión con la que las naciones del otro costado del Atlántico suelen vivir este tipo de acontecimientos, se ha impuesto la rigurosidad casi científica con la que los europeos van despedazando a enemigos y avanzando rondas, como si clavaran el bisturí con una mano y con la otra se colocaran bien el flequillo.

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Como si no prestaras demasiada atención a lo que estás haciendo. Como si resolvieras un trámite. Como si copiaras doscientas veces la misma frase en la pizarra. Como si la cosa no fuera contigo. Como si simplemente hubieras nacido para cumplir este tipo de encargos. Así se conquistan ahora las Copas del Mundo.

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Hace justo un año, el escritor italiano Alessandro Baricco, con el fin de elaborar un reportaje sobre uno de los mejores deportistas de todos los tiempos, se desplazó a la zona del sudoeste de Londres, donde se celebra el torneo de tenis más famoso del mundo: Wimbledon. Después de horas de osbervación, escribió lo siguiente: “La diferencia fundamental entre Roger Federer y los demás tenistas del planeta no es la que resulta más evidente, es decir, el hecho de que, a la larga, sea él quien gane. Eso es un corolario, tal vez una coincidencia, a menudo una consecuencia lógica. La verdadera diferencia entre él y los demás, como todo el mundo sabe, es que los otros juegan al tenis, mientras que él hace algo que tiene más que ver con la respiración, o con el vuelo de las aves migratorias, o con la fuerza renovada del viento en la mañana. Algo escrito desde hace tiempo ‒inevitable‒ en el curso de las cosas. Algo natural”.