“Somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por alguna distinción física nuestra, sino porque estamos elevados por su gran altura”. Bernardo de Chartres.

 

Me atrae sobremanera la figura de Gareth Southgate. No porque vista ese chaleco que, canonizado como el icono de la excelente Copa del Mundo que están completando los Pross, se ha agotado en todos los grandes almacenes ingleses; sino porque me hace pensar en John Keating, el idealista profesor que encarnó el añorado Robin Williams en El club de los poetas muertos. A Southagte me lo imagino en el vestuario, reuniendo a sus futbolistas justo antes de saltar al terreno de juego del Estadio Luzhnikí para enfrentarse a su propio pasado y a la selección de Croacia con el objetivo de conseguir un billete para la final intercontinental por primera vez en la historia del balompié inglés desde aquel lejano verano de 1966.

Uno a uno, les mostraría antiguas imágenes de cada uno de aquellos héroes que en 1966 alcanzaron la gloria al proclamarse campeones del mundo. Desde Gordon Banks hasta Bobby Charlton, pasando por Bobby Moore, por Martin Peters, por Nobby Stiles o por Geoff Hurst, el autor del hat-trick más célebre del fútbol inglés. “Carpe diem, aprovecha el momento. ‘Coged las rosas mientras podáis’, ¿por qué usa esta frase Walt Whitman? Porque seremos pasto de los gusanos; porque, lo crean o no, todos los que estamos en esta sala un día dejaremos de respirar, nos enfriaremos y moriremos. Quisiera que se acercaran aquí y examinaran estas caras del pasado. Las han visto, pero no se han parado a mirarlas. No son muy distintos a ustedes. El mismo corte de pelo, repletos de hormonas igual que ustedes. Invencibles, como ustedes se sienten. Todo les va viento en popa, se creen destinados a grandes cosas como muchos de ustedes. ¿Creen que quizá esperaron hasta que ya fue tarde para hacer de su vida un mínimo de lo que eran capaces? Porque estos muchachos están ahora criando malvas. Pero si escuchan con atención, podrán oír cómo les susurran su legado. Acérquense, escuchen. ¿Lo oyen? ‘Carpe diem, aprovechad el momento. Haced que vuestra vida sea extraordinaria'”, les diría Southgate a sus soñadores discípulos, emulando aquella célebre escena en la que Keating les habla a sus alumnos de la estadounidense Academia Welton delante de una vitrina olvidada en la que conviven viejas fotografías y vetustos trofeos, dos elementos que certifican el implacable (e inalterable) paso del tiempo.


“‘Carpe diem, aprovechad el momento. Haced que vuestra vida sea extraordinaria’. Es el momento de heredar la tierra”

 

“Thoreau dijo: ‘Muchos hombres viven en una silenciosa desesperación’. No se resignen a eso, escapen. Es el momento de heredar la tierra”, sentenciaría el técnico de Watford justo antes de que sus pupilos salieran del vestuario. Entonces, sabedores de la inigualable oportunidad que tienen ante sí de “ser verdaderamente un dios”, “de hacer de la vida, de ahora en adelante, un poema de nuevas alegrías”; los futbolistas ingleses, protagonistas de carreras que empezaron a forjarse en categorías modestas en su mayoría, caminarían hacía el césped del Luzhnikí bajo la atenta mirada de un país que ansía volver a ser grande.

Cada uno lo haría a su aire, como en aquella brillante escena en la que Keating, el protagonista de un filme que conecta la belleza de la literatura con la pasión por el fútbol (1, 2), trata de convencer a sus utópicos alumnos de la necesidad de trazar su propio camino para contrarrestar la dificultad de mantener las propias convicciones frente a los demás. Jesse Lingard y su inseparable sonrisa caminarían con estilo tonto; Jordan Pickford, con la satisfacción de haber acabado con el estereotipo del guardameta inglés irregular; y Dele Alli, con la indescriptible alegría de poder cumplir un sueño tras haber tenido que pelear para superar una infancia terrible. El bueno de Harry Maguire (“Cómo no enamorarse de Harry Maguire. Esa es la cuestión”, apuntaba ayer Marcel Beltran) andaría con calma, como si estuviera a punto de hacer el más intrascendente de los recados. Igual que Harry Kane, el poderoso capitán de los Pross, que se dirigiría hacia los focos tranquilo, saboreando la enorme trascendencia del momento; convencido de poder contribuir con un tanto al “poderoso drama” que es la vida.

 

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Por todo esto, en casa vamos con Inglaterra. Y más aún tras la amarga despedida de Bélgica. Yo empecé con Argentina y Carla, con Egipto; pero la suerte decidió abandonarnos demasiado pronto. Lo cierto es que tampoco nos fue mucho mejor ni con Uruguay, primero, ni con Rusia, después. Y, después de tres semanas condicionando los planes al calendario de la Copa del Mundo, aquí estamos ahora: ella, maravillada por las jugadas de estrategia de Inglaterra, asombrada por la potencia de Harry Kane y enamorada de John Stones por su parecido con Thomas Shelby; yo, comiéndome las uñas mientras contamos los minutos que restan para que empiece el encuentro, para que podamos empezar a entonar el It’s coming home.

“Si fuéramos racionales, nunca volveríamos a enamorarnos”, canta Nega en Mi novia es de derechas. Y es que el Mundial es precisamente esto: el epicentro de la irracionalidad. La Copa del Mundo es emocionarte por un país con el que no tienes ninguna conexión.

No tengo absolutamente nada en contra de Croacia o de Francia; es más, me captivan la relación tan antinatural que protagonizan Luka Modric e Ivan Rakitic y la historia de Kylian Mbappé; pero la pasión que despierta el Mundial puede llevarte a defender ante ojos atónitos que la tierra será un lugar más justo si el domingo Harry Kane alza el cetro intercontinental al cielo de Moscú. De hecho, una victoria de los pupilos de Gareth Southgate es ya la única esperanza a la que se agarra a mi equipo del Fantasy, en horas bajas tras la inesperada despedida de Romelu Lukaku, Eden Hazard, Kevin De Bruyne y compañía. Un equipo que ahora capitanea el propio Kane, bien flanqueado por Harry Maguire, Kieran Trippier y un Ashley Young en el que confío ciegamente porque en el FIFA 07, junto a Jermaine Jenas, les ponía unos centros increíbles a Dimitar Berbatov, Jermain Defoe y Robbie Keane. La pregunta es inevitable, ¿qué edad tendrá ahora si ya jugaba con él en 2007? Prefiero no buscarlo, prefiero no constatar que los años no pasan en vano. Acabo de mirarlo, ya tiene 33 años. Joder.

 

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“A pesar de todo lo que les digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo. Les contaré un secreto: no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana. Y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio y la ingeniería son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida, pero la poesía, la belleza, el romanticismo y el amor son las cosas que nos mantienen vivos”.

Y el fútbol también, señor Keating. No se olvide del fútbol; oh capitán, mi capitán.