La cara de Jordan Pickford, el rostro de un niño que se parece a un hombre, enseña durante los encuentros una expresión fronteriza, que navega entre la concentración y la pillería. Su faz pálida, norteña, miraba al lanzador del penalti mientras con las manos meneaba el larguero para despistar, en una especie de baile tribal de la calle, un conjuro de barrio, de liga amateur. Funcionó. Como también resultó el llevar una chuleta con las intenciones habituales de los lanzadores colombianos pegada al botellín de agua, o el dar un pasito adelante, al borde del reglamento, para hacerse aún más grande en el momento del lanzamiento. Ese chico nacido a las afueras de Sunderland, en un lugar llamado Washington, hace 24 años, fue quien le dio la oportunidad a Dier de acabar con el maleficio inglés en las tandas de penalti, una suerte de la que los Three Lions no habían sido capaces de salir vivos en toda su historia mundialista. Uno diría que fue el destino el que lo puso ahí, en el lugar indicado, en el momento preciso, aún habiendo podido elegir entre miles de aspirantes a héroe inesperado. Pero la suerte poco tiene que ver con todo esto; es el argumento de los que carecen de argumentos, y Jordan Pickford los tiene. O cree que los tiene, lo que para el caso, es lo mismo. Al final, detrás de la mayoría de la historias individuales que deja un Mundial, no hay más secretos que trabajo y fe.

Este es uno de esos relatos. 

Unido a las categorías inferiores del Sunderland desde los ocho años, cuando rondaba la mayoría de edad empezó acumular cesiones, una retahíla de nuevas experiencias que duraría cinco años y que siempre sería ascendente. Solo podía tener ese rumbo, hacia arriba, claro, pues el primer préstamo del que sería objeto lo iba a llevar hasta el espacio exterior, más allá del sistema profesional inglés. Un Darlington con problemas económicos y deportivos que se encaminaba a un descenso inevitable y que solo se podía permitir recibir talentos jóvenes le abrió las puertas y le dio la titularidad en enero de 2012. Su entrenador, Craig Liddle, lo había visto con 12 años en la cantera del Sunderland y no se había olvidado de él. El resto del equipo y de la parroquia del club del noreste conoció a un meta con unas condiciones técnicas que le auguraban un buen futuro, siempre que fuera capaz de mantener la cabeza en su sitio. Porque aquello era la vida real. Y Pickford, que solo tenía 17 años, saltaba sin red desde la academia, no al vacío, pero sí a lo desconocido. De repente, muchos de sus rivales eran futbolistas creciditos que no tenían la menor intención de mostrar piedad al imberbe de 17 años. “Aprendí mucho de los golpes que me daban tipos ya veteranos”, confesó el mismo Jordan sobre aquella época. Aprendió, y aprendió rápido. Porque tal y como recuerda su técnico en el Darlington en un artículo de The Guardian,”no temía gritarle a tipos que casi le doblaban la edad si creía que estaban haciendo algo mal; de ninguna manera les tenía miedo”. 

Hace algo más de seis años, pues, el crío que acabaría con la maldición de Inglaterra, el elegido, se fue a la ‘mili’ para atajar disparos y balones aéreos que guardaban la célebre mala leche amateur. Su debut en la Conference Premier, quinto escalón inglés, no fue para nada apacible: derrota por 0-1 ante el ambicioso Fleetwood Town, que en su plantilla, aunque aquel día estaba fuera del equipo, contaba con un delantero llamado Jamie Vardy. Siete años mayor que Pickford, Vardy apuraba sus opciones de convertirse en profesional. Y, en efecto, el Leicester estaba a punto de llamar a su puerta. El resto, título de Premier League mediante, es historia. Como lo es un dato singular: el día en el que Inglaterra acabó ante Colombia con su pesadilla, mientras trataba de sobrevivir en una prórroga que no habría deseado por nada en el mundo, en uno y otro extremo del campo, en la portería y la punta del ataque, formaban futbolistas que hace poco más de un lustro coincidían en non-league. 

Non-league, ese inabarcable sistema lleno de mundos inhóspitos que guarda las esencias románticas del viejo juego inglés que la Premier League ha blanqueado. Un universo donde parece que llueve más, donde el césped tiene pinta de estropearse más y donde los cánticos parecen proyectar mucho más olor a cerveza. Planetas fríos en los que curtirse, en los que el tiempo corre a otra velocidad y se puede madurar de golpe. Allí donde el joven Pickford perfeccionó esa personalidad segura de sí misma con la que sus allegados le definen. De apariencia altiva, incluso creída, pero afable a la vez en el juego en corto, esa doble vertiente le ayudó a saborear del momento de más responsabilidad de su vida deportiva, cuando Bacca le encañonaba desde los once metros y él sacaba una mano de ninguna parte. Días antes, el portero belga Courtois había cuestionado su altura (un nada desdeñable 1,85), pero él dejó que los hechos hablaran –“se trata de acertar en el momento indicado, y yo lo hice”-. Y qué más le daba lo que dijeran. Cosas peores había vivido en un campo de fútbol. Por ejemplo, la mismísima tarde en la que se convirtió en héroe, cuando, segundos después de hacer una de las mejores paradas del torneo a tiro de Uribe -otro Air Jordan-, Yerry Mina lo llevaba de cabeza a la prórroga. 

Del desahuciado Darlington, donde se hartó a sacar balones de sus propias redes -en sus primeros cinco partidos recibió once goles- pasó al Alfreton Town, en la misma categoría, también non-league, otra aventura corta pero intensa, esta vez más protegido, en un club con aspiraciones. Allí jugó doce partidos, de los cuales salió imbatido en un total de cinco. Aquella prueba dejó ciertas cosas claras, sobre todo, que su personalidad era la adecuada para explotar su talento. Porque tenía las condiciones, pero sobre todo era lo suficientemente fuerte para desarrollarlas sin que le temblaran ni las piernas ni las manos. Y Pickford se manejaba perfectamente en ese entorno que debería resultar tan hostil para un chaval recién salido de la escuela. Tanto, que el Alfreton intentó ficharlo después de aquella cesión. Pero el Sunderland fue el que siguió guiando su progresión. 

La League Two con el Burton Albion, la League One con el Carlisle United y el Bradford City, la Championship con el Preston North End… Y el debut en la Premier League, de la mano del Sunderland, a principios de 2016. El club de su vida estaba en apuros, y Pickford ya sabía lo que era partir desde abajo: había jugado en las cinco principales categorías del fútbol inglés y no tenía ni 22 años. Pero su progresión no acabaría ahí. De hecho, hoy aún no ha terminado. El Everton pagó casi 30 millones de euros por hacerse con sus servicios hace un año, en plena expansión de la burbuja de precios -lo que lo convirtió en el tercer portero más caro de la historia-. Y no satisfecho con haber llegado a la Premier League y con haberse convertido en un futbolista cotizado, fue nombrado al término de la temporada mejor jugador del curso en el Everton.

El siguiente paso en su ascenso sin techo era la selección. Un puñado de amistosos y ya era titular en un Mundial. Con Inglaterra. La Inglaterra de las nuevas caras, de los jóvenes que saltaban de cesión en cesión, curtidos en lo más bajo para aprender a disfrutar del momento en el que se les ofrece lo más alto.

La nueva Inglaterra, como en la canción de Billy Bragg. 

https://www.youtube.com/watch?v=aCfRcgoPxTw