Ayer compré a Mascherano por cinco pesos. Fue en el ‘tianguis’ de los martes, el mercadillo que se pone a dos manzanas de mi casa. Yo iba buscando fruta madura y terminé con un mediocentro acabado. Al Jefecito me lo ofreció una señora que mostraba su mercancía en una mesa de playa como si fuera la marchante de un barco negrero. El que le guste, güerito. Y con los nervios del que compra esclavos por primera vez, agarré al argentino por el pecho y ni siquiera le di la vuelta para mirarle el lomo. Me lo llevo, dije, y ya en casa me di cuenta de que esa calva de albañil no cuadraba con la mella que tengo en la página albiceleste del álbum. ¡A mí el que me falta es Otamendi! Y me sentí como al seleccionador al que se le lesiona Messi, mira al banco y no ve a nadie. O todavía peor, los ve a todos y se santigua para ver si hay algún dios de guardia por ahí arriba que también sepa tocarla y esté dispuesto a bajar al barro.

Quizá por eso, en México los cromos se llaman estampas, como en mi pueblo, porque mientras están ahí pegados, esos trozos de papel gentrificados parecen capaces de obrar cualquier milagro. Milagros como el mío que tengo treinta y dos años, éste es el séptimo Mundial que recuerdo y todavía hago colecciones de cromos. Así es la iglesia de Panini y sus misterios. Sin embargo, algo dentro de mí me dice que no está bien que alguien que ha visto jugar a Zubizarreta en Estados unidos con una camiseta que parecía la carta de ajuste de La 2, empleé el dinero que podría servirle en una jubilación en rellenar una página con dieciocho coreanos. Por eso, cuando voy a comprar sobres nunca repito el mismo establecimiento. Me acerco avergonzado a un kiosko y digo con voz de padre: “deme cinco del Mundial y por esta semana que se conforme con esos”. Eso, que se conforme el niño imaginario al que se los llevo, el hijo que no tengo o el chaval que se pulía en la Papelería Requena los veinte duros que le daba su abuelo para ver si le salía de una vez el tipo que le faltaba de Bolivia.

 

Tengo treinta y dos años, éste es el séptimo Mundial que recuerdo y todavía hago colecciones de cromos. Así es la iglesia de Panini y sus misterios

 

No es que sea nostalgia, pero el Mundial es el único momento en el que echo de menos el colegio. No siendo un alumno de tercero de primaria, mis posibilidades de cambiar estampas se reducen a Andrés, un señor de cincuenta años que se autoeditó en 2010 un libro de estadísticas de los mundiales, y Ariel, su hija, a la que sólo le quedan 13 escudos para acabarse todo el álbum. Aunque a decir verdad, una vez me abordó una señora en Polanco, uno de los barrios más fresas de la Ciudad de México, con su taco de cromos en la mano y sus pendientes de perla en la oreja, para ver si yo también los coleccionaba y podíamos llegar a un acuerdo provechoso para ambas partes. Uno puede ser todo lo del PRI que quiera pero que te queden dos de Francia para terminar la página puede volverte un socialdemócrata de toda la vida. Por cosas como esas, ahora vivo con el dilema de si es lícito o no hacerme una lista en papel con todos los jugadores que me faltan para bajar el próximo martes al mercado negro que descubrí ayer a dos esquinas de mi departamento y ponerme a tapar huecos como si fuera un premiado de la lotería.

Por un lado, comprando estampas incentivo de algún modo la precaria economía de esos temporeros del adhesivo que han proliferado las últimas semanas por toda la ciudad. Por otro, abrazar al capitalismo del sobre es darle una estocada al modelo de intercambios -tengui/falti sile/nole- establecido en mi cabeza desde la escuela. Ahora comprendo los dolores de tripa que debe tener Lopetegui cuando se pone a escribir nombres en una libreta. Qué hacer, qué decisión tomar. ¿Intentar cambiar al enésimo Morata que me ha salido -porque a este mundial de pega sí que va- por alguien como Salah o pagar por el egipcio lo que me pide la señora, que a pesar de su lesión sigue siendo una ganga? Sé que mezclar deporte con política es un pecado que sale caro, pero confieso que me hace gracia pensar en todos esos ofuscados que esperan una victoria de su equipo para restregar a los rivales su orgullo nacional, cuando debajo de mi casa venden el escudo de su patria a sólo cincuenta pesos.